Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | marzo 26, 2010

Recorriendo los juzgados bogotanos…

Recorriendo los juzgados bogotanos…

La justicia, en general, es algo difícil de explicar; es algo difícil de entender: es algo muy particular. Es tal vez por esto que no existe una idea clara de lo que este término significa: no es fácil –algunos dirían imposible- comunicar las ideas de forma inequívoca en este campo. Sin embargo, los problemas no se reducen al mundo de lo abstracto. El sistema de administración de justicia en Colombia es una telaraña de instituciones, tribunales, recursos, individuos e interpretaciones; es un aparato complejo que cuenta con grandes contrastes y contradicciones. Es así como es posible encontrar múltiples caras de la justicia.

De un lado, es posible encontrar la cara pulcra y organizada, encarnada en instituciones como el Tribunal Superior de Cundinamarca. Se encuentra ubicado en un edificio de construcción reciente, al frente de la Fiscalía General de la Nación, y está rodeado de espacios amplios y grandes avenidas. Es un panorama agradable a la vista; como dice el refrán “la comida entra por los ojos”. Desde que uno atraviesa una suerte de cámara hermética obligatoria para entrar al edificio uno percibe la majestuosidad de la justicia, la importancia de su existencia, y el imperio de lo “correcto”. Es una sensación imposible de describir, abstracta y subjetiva, pero que está ahí presente, como una sombra escurridiza que nos acompaña a donde quiera que vayamos. Este tribunal se ocupa de los casos y audiencias “importantes” y es común encontrar numerosos guardias del INPEC fuertemente armados a la entrada de una u otra de las salas de audiencias, acondicionadas con imponentes acabados en madera y cómodas sillas. Es así como en un día cualquiera es posible encontrar audiencias contra Ramón Isaza u otros jefes paramilitares, e incluso toparse con algún caso de falsos positivos.

No sucede lo mismo cuando uno atraviesa las puertas del complejo judicial de “Paloquemao”, o de los otros tantos complejos judiciales y juzgados del país que se ocupan de los casos “regulares” y aquellos vulgarmente conocidos como “bagatella”. Paloquemao, a diferencia del Tribunal Superior, se encuentra en un espacio denso y pesado de andar: ubicado en la Cra 30 con Cll 19, uno de los sitios de mayor concentración de tráfico y edificios de la ciudad. Este es un edificio sucio y mal tenido, a pesar de los esfuerzos del equipo de aseo que uno ve trabajando incansablemente dentro del edificio. Las oficinas de los juzgados son reducidas y es posible ver grandes torres de procesos apiñados dentro de las mismas. En este caso las salas de audiencias son menos lujosas y más incomodas, y ya no se ven cuadrillas de hombres del INPEC, sino un tímido policía a la entrada de cada sala. Sobra decir, en este tipo de recintos no se percibe la majestuosidad de la justicia como algo fuera del bien y del mal; aquí se siente una justicia más humana: esto es, imperfecta y arbitraria.

Y aunque la infraestructura y la pulcritud juegan un papel importante, no es solo en este punto donde radican las diferencias. La naturaleza de los asistentes y procesados en Paloquemao contrasta de manera tajante a los que uno encuentra en el Tribunal Superior. Su forma de hablar, vestir y comportarse es la expresión de la diferencia de poblaciones que atiende cada sede judicial. En Paloquemao es frecuente encontrar habitantes de la calle y barrios periféricos de la ciudad, poblaciones que no tienen la capacidad de costearse un abogado, o tienen acceso a aquellos graduados de las mal denominadas universidades “de garaje”.

Todo esto no es de poca monta; la infraestructura y las características de los defensores juegan un rol fundamental dentro del proceso penal. Como decía una Fiscal con la que tuve la oportunidad de conversar, “con la adopción del Sistema Penal Acusatorio la justicia en Colombia se convirtió en una justicia rogada”. Esto, a pesar de ser impactante y sonar absurdo, es una verdad de conocimiento público: bajo el nuevo sistema de procedimiento penal los procesos se mueven en la medida en que las partes del proceso presentan peticiones y recursos (“ruegos”) ante el juez, pero el juez carece de iniciativa en el proceso.

Es así como la forma de hablar de un defensor o fiscal, la capacidad del juzgado para practicar pruebas de manera expedita, la disponibilidad de los defensores de oficio, y la calidad de las sedes judiciales entran todas a desempeñar un papel importante en la correcta aplicación de la ley y la garantía efectiva de los derechos del procesado. Es ahí donde reposa la importancia de todos estos elementos; y de donde surgen las grandes preocupaciones sobre el sistema de administración de justicia colombiano. Es cierto que en algunas sedes, como los Tribunales Superiores y otras altas magistraturas, el sistema funciona de manera adecuada y cuenta con recursos apropiados. Sin embargo, estos casos no son más que la inmensa minoría y atienden a una población reducida que debería considerarse privilegiada en medio de todo.

En la mayoría de los casos y sedes de administración de justicia, los recursos son escasos, los procesos sumamente numerosos, y la calidad de los funcionarios, en ocasiones, no alcanza las expectativas. En Colombia muchos dicen que “la justicia es pa’ los de ruana”, y es posible que tengan razón, pero ahí no se acaba el asunto: es fundamental y absolutamente necesario evaluar en qué condiciones y qué tipo de justicia están recibiendo los de ruana. Pero, sobre todo, es necesario destinar mayores recursos y organizar mejor el aparato estatal de administración de justicia, porque para la gran mayoría de las personas este aparato es deficiente y en muchos casos (vaya paradoja) injusto.

The MadHatter – Alejandro Abisambra

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