Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | abril 27, 2010

De la que se salvó Colombia…

De la que se salvó Colombia…

Al hablar de democracia normalmente se hace referencia directa a las elecciones, a las libertades personales, a la libertad de expresión, el derecho de hacer oposición, a la división de poderes, y muchas otras categorías características de un Estado democrático. Sin embargo, poco se habla de lo que es tal vez uno de los elementos más importantes de la democracia: el acuerdo entre los diferentes actores sociales y políticos sobre las reglas de acceso y permanencia en el poder.

Sin esto, todo lo anterior queda sin piso. De poco sirven unas elecciones en las que nadie sabe cómo se determinará el ganador, o quién puede postularse a la carrera electoral. Bastante inútil resulta un poder judicial en el que no está claro como se nombran los jueces; o un órgano de control que no sepa a quién controlar. Inaplicables son las libertades individuales en un contexto en el que no se sabe quién manda, o cómo llegar al puesto de mando. En el mismo sentido, no podría ostentarse el status de opositor ni gozar de las garantías y derechos esto acarrea; sin un mando oficial no existe oposición. No se puede hacer oposición democrática a un poder que no es legítimo ni reconocido; en este contexto se está más bien ante un conflicto no democrático y abierto por el poder en el que todo vale.

De acuerdo con esto, y a pesar de la gran importancia para la democracia de las elecciones y demás derechos, todos estos se encuentran supeditados al acuerdo sobre las “reglas de juego”; sobre los mecanismos de elección y la estructura del aparato estatal. El desacuerdo sobre estas reglas básicas genera caos. Es precisamente esto lo que pasa hoy por hoy en Nicaragua. El presidente de ese país, Daniel Ortega, ha expedido en la última semana una serie de decretos que prolongan los períodos de algunas de las magistraturas más importantes Nicaragua que ya se vencieron o están próximos a vencerse. Todo esto, por supuesto, con la intención ulterior de perpetuarse él mismo en el poder; Ortega quiere que los magistrados a los que les extendió su periodo avalen su reelección –de forma poco legítima, vale decir-.

El caso nicaragüense es el ejemplo perfecto de las consecuencias que genera la violación de las reglas de acceso al poder. En este momento Nicaragua sufre de una polarización extrema, y el órgano legislativo de ese país ha sido incapaz de sesionar por culpa de manifestantes violentos que impiden y torpedean el acceso de los senadores al edificio de la Asamblea Nacional –con la complacencia del Gobierno Ortega-. Por su parte, el legislativo nicaragüense desconoce la validez de los decretos emitidos por el presidente y desconoce la legitimidad de gran parte de la rama judicial. En resumen, la situación es crítica.

Al ver y leer todo esto en las noticias no puedo evitar pensar de la que se salvó Colombia. El referendo reeleccionista y el silencio del presidente Uribe frente a su segunda reelección eran una amenaza clara hacia las reglas de acceso y permanencia en el poder; eran una violación de esos consensos básicos esenciales para la sostenibilidad de cualquier sistema que quiera llamarse democrático. Es por eso que el fallo de la Corte Constitucional es afortunado y oportuno, en la medida en que garantiza la estabilidad de la democracia colombiana. Debemos estar contentos porque Colombia probó que a pesar de no estar exenta de la tendencia latinoamericana de gobernantes aferrados al poder, sí cuenta con una Corte y un poder judicial sólido que protege nuestra –aún débil- democracia.

The MadHatter

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