Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | mayo 24, 2010

Contacto pulsivo

Contacto pulsivo

La noche del viernes pasado entré a un local con un amigo y nos sentamos en una mesa esquinera en la terraza. En el sitio, que escogimos por que pone rock viejo durante toda la noche, descubrí que el mecanismo de atención era bastante moderno: El servilletero que normalmente sirve para anunciar un nuevo plato de la carta o para invitar a los clientes al Happy Hour tiene en su base tres botones que sirven para llamar al mesero, pedir la cuenta o cancelar el servicio anteriormente solicitado.

Podrán imaginarse lo maravilloso que encontré el mecanismo y el esmero que puse en espichar el botón para llamar a la poca carismática joven que nos atendía y pedirle la carta. Luego de elegir unas bebidas que nada de especial tenían volví a espichar el maravilloso botón para hacerle saber nuestra de elección. Más tarde volvimos a accionar el mecanismo para pedir una picada. Yo imaginaba una pantalla en algún lugar dentro del local donde se encendía un bombillo que indica al mesero que debe acercarse a la mesa tal. Algo así como la luz que se enciende en el pasillo de un avión cuando un pasajero solicita la atención de una asistente de vuelo.

¡Pero no! Al ver el entusiasmo excesivo que ponía en mi empresa accionante del moderno mecanismo, mi compañero, que según aclaró fue en su momento un cliente asiduo, me explicó qué pasaba luego de que yo espichara el botón. Pues verán, los meseros de ese lugar tienen un reloj enorme que vibra, si señores, vibra, cada vez que alguien solicita atención por medio de los botones. La pantalla del invasivo aparato indica que mesa llama y qué solicita (cuenta o atención).

Me sentí apenada por mi intensidad, sorprendida, eventualmente indignada. A ese punto ha llegado la vibración que pusieron de moda los celulares y que ahora reemplazan el simple acto de mirar a los ojos y decir (sin necesidad de pronunciar palabra): “¿Puede venir un momento?”. No, ahora le vibra la mano (sabrá solo ella como evitar que se le derramen las bebidas) como si de llamar a un perro se tratara, como jalándole el collar-pulsera desde la distancia, con una correa invisible. Más que razones válidas tenía para expresar tan poca alegría en su quehacer.

Luego intenté pedir la cuenta sin espichar el botón sin ningún éxito. Mis vecinos de mesa acaparaban su atención y ella prefería, comprensiblemente, asegurar que su muñeca dejara de vibrar en vez de atender a la loca que hacía señas incomprensibles en la mesa de la esquina. Total, a lo mejor ya olvidó que se puede solicitar su atención con meros gesto

De viajar con mi tía por países cuya lengua desconocíamos por completo me había quedado una enseñanza: pedir la cuenta es igual en todos los idiomas, no es más que hacer como si se firmara en el aire. Error, ya no es así. Ahora, el idioma universal son las vibraciones de los aparatos electrónicos que poco a poco dejan el contacto visual atrás y ponen en riesgo la posibilidad de que mi bebida llegue a la mesa sin que un cliente apresurado la derrame a control remoto.

Oruga

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