Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | junio 10, 2010

Elección y diligencia, marco introductorio

Elección y diligencia, marco introductorio

Luego del olvido – más bien, de las merecidas vacaciones – les tengo dos “reflexiones” de los últimos días que pronto usaré para discutir un poco la segunda vuelta electoral. ¡Me cuentan!

LA PARADOJA DE LA ELECCIÓN

Por recomendación de una amiga, vi hace poco una video-conferencia en TED de Barry Schwartz, un psicólogo y economista americano que enseña en la Universidad de Swarthmore. Básicamente, la tesis que defiende Schwartz se centra en resaltar lo problemático de la infinitud de opciones ante las que se enfrenta el americano promedio – aunque creo que aplica para cualquier clase media- alta y alta de cualquier parte del mundo – a la hora de hacer cualquier escogencia. El problema radica en que, ahora cualquier posible fracaso o descontento es responsabilidad directa del individuo, puesto que se debe a su propia decisión. Lo anterior, aplica para escoger plato en un restaurante de una gran carta (puede o no resultar menos sabroso que el del vecino) hasta para elegir si hacer carrera antes o después de contraer matrimonio. Schwartz, destaca que, hace años, cuando las opciones eran menos, la culpa por el descontento era fácilmente achacable al entorno. (Si, no está buena la comida, pero no había más).

Así, básicamente, Schwartz defiende que es más fácil alcanzar la felicidad si uno se enfrenta a menos opciones (no ante la carencia total de las mismas). Además, sostiene que el ser humano puede ser más funcional y puede ocupar su pensamiento en cuestiones más trascendentales si se no debe preocuparse por escoger una de las 20 cremas de dientes que le ofrece el supermercado.

LA DILIGENCIA

En la conferencia, Schwartz menciona una palabra que me ha obsesionado últimamente: la “diligencia”. Dice Schwartz, que ahora da menos trabajo a sus alumnos, no porque estos sean menos diligentes (anoto que Swarthmore es de los mejores colleges de Estados Unidos) que los de antaño sino porque estos tienen más cuestiones de importancia personal en qué ocuparse.

Como venía diciendo, la “diligencia” ha sido uno de mis descubrimientos de este año. Descubrí la diligencia no como “Prontitud o prisa” o como “Trámite de un asunto administrativo”, sino más como “cuidado y actividad en ejecutar algo” más específicamente, como “poner todos los medio para conseguir un fin” – como un buen pater familias.

El derecho romano define la diligencia como tomar todas las previsiones para que el negocio se desarrolle exitosamente y negligencia, su antónimo, como evitarlas. La definición me impresionó porque creo que condensa la conducta deseable de cualquier ser humano que pretenda lograr algo y, sobre todo, porque enmarcado en estos dos conceptos pude analizar desde una nueva óptica mi forma de actuar y el de las personas a mi alrededor.

No creo que alguien sea diligente o negligente, pero creo que, según las circunstancias, se actúa negligente o diligentemente. Y siento que en Colombia preferimos la negligencia leve; es decir, que no cumplimos con todas las previsiones para que “el negocio se cumpla satisfactoriamente” sino con solo las estrictamente necesarias y que, en cambio, en países como Alemania o Estados Unidos tienden a actuar diligentemente, quizá en exceso.

La afirmación anterior es, evidentemente severa y excesivamente generalizadora, pero creo que sí existe al menos la tendencia a esto. Por ejemplo, en Alemania, a una cita a las 5 de la tarde se llega por definición a las 4:55. En Colombia se llega a las 5:10. El alemán toma todas las precauciones para llegar antes a la cita, previniéndose de cualquier contratiempo, y, si es el caso, esperar afuera hasta el momento acordado. Nosotros, en cambio, calculamos fríamente para llegar justo a la hora y en pegarnos una corridita al final para llegar solo 10 minutos tarde, socialmente aceptados. Si hay un contratiempo, llegaremos media hora tarde. (Ahora, estoy más que convencida de que también existen muchos alemanes negligentes y muchos colombianos diligentes, repito que no es una regla general)

Lo que me causa curiosidad de lo anterior es que el cálculo que efectúa el alemán diligente para llegar temprano necesita casi del mismo esfuerzo mental que el cálculo que efectúa el colombiano para llegar raspando. Así que es más una cuestión cultural que realmente una vía fácil: ser negligente.

Lo anterior resulta curioso ante la nacional “cultura del atajo”. Para actuar por la vía subterránea sí que tendemos a prever todos los posibles obstáculos, es decir, “somos muy vivos”.  Entonces, parece que actuamos diligentemente para lo no debido y negligentemente para lo debido.

¿Qué tiene que ver esto con la “paradoja de la elección”? Que me parece (y me sorprende), que en el fondo nos consuela saber que tenemos la culpa de nuestros fracasos. Si algo falla en nuestros planes y no fuimos absolutamente diligentes, entonces la culpa puede recaer en nosotros. No necesariamente pero siempre, pero cabrá la duda de “si yo hubiera hecho tal cosa, a lo mejor habría resultado”. Es como si no nos gustara enfrentarnos al destino y decir: “si, nada que hacer” (aunque sí nos gusta hacerlo!!) y decimos, “claro, no preví por acá, es que era ilegal, me faltó hacer tal vuelta”. Nos echamos la culpa a nosotros mismos y asumimos, casi subconscientemente la posibilidad de que la culpa del posible fracaso sea únicamente nuestra. Amablemente eximimos al mundo de su posible responsabilidad.

Ahora, lo anterior NO es del todo cierto. Más bien, por pura pereza terminamos haciendo casi el mismo esfuerzo pero mal enfocado, adquiriendo responsabilidad pero, igual, echándole la culpa a factores externos.

SEGUNDA VUELTA ELECTORAL

Todo lo anterior lo quiero enfocar en dos preguntas: ¿Qué está pasando en la segunda vuelta electoral? Y ¿cómo y por qué vamos a elegir a los colombianos al próximo presidente? – ésta última la tendrán resuelta, supongo, un 50% de los que votaron en la vuelta pasada- . Pero aún quedamos los que no votamos por los candidatos “finalistas”. Más concretamente, me interesa la “diligencia” de los candidatos y la paradoja de la elección a la que nos enfrentamos.

La “paradoja” es fácil. Los que no votamos ni por Mockus ni por Santos estamos exentos de conciencia y podemos echarle la culpa al resto, como diría Schwartz, tenemos más posibilidades de ser felices. Los que votaron por ellos, pues, tendrían que asumir las consecuencias.

Oruga

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