Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | agosto 17, 2010

Reacción al carro bomba en Bogotá – Entre la indiferencia y la resistencia

La semana termina con un carro bomba en Bogotá.El mes inicia con cifras astrónomicas de asesinatos causados por robos de celular. Cae la noche y nos han robado el morral en la universidad, el mercado en frente a un CAI, y los zapatos al bajarnos de Transmilenio. Debo confesar que no sé muy bien como reaccionar ante semejante cadena de hechos. No sé si haya algo parecido a una reacción ideal ante ellos. En realidad, la confusión es la sensación que parece reinar.

La vida en Bogotá está llena de placeres, recompensas y momentos de plenitud, pero situaciones como las citadas anteriormente me dejan acongojada y decepcionada de la ciudad en la que he elegido vivir. Cuando 102 personas mueren por resistirse a ser atracadas es que algo anda mal. Cuando nos roban un mercado algo anda muy, muy mal. Y aún así la vida continúa. Entiendo la posición de aquellos que dicen que la vida no puede paralizarse por acciones de los violentos, pero no se puede confundir la páralisis con la negación de lo sucedido. Yo no crecí oyendo bombas cada semana, ni con parientes secuestrados. Yo crecí en la burbuja de una Bogotá que sigue existiendo para cada vez menos. La Bogotá sórdida y real se me vino encima. El día de la bomba de la semana pasada lloré amargamente, no sólo por la bomba como tal y lo que ésta podía significar, sino por la sorpresa que me causó el ver que la vida sigue. Se recogen los escombros, se barre el piso, se reemplazan ventanas y ya está. Entre la indiferencia y la resistencia hay una enorme brecha que no puede ser cerrada. Resistir activamente es una cosa y otra bien distinta es sumirse en la inacción.

Alguna vez alguien me habló sobre como podíamos sufrir de “compassion fatigue” – una situación en la cual muchos se encuentran hoy en día. Nos proyectan imagenes macabras de alrededor del mundo. Ya los desastres de otros no nos tocan como antes. Y para como están las cosas, tampoco nos culpo. Aún así, creo que llegado este momento, podemos empezar a admitir que lo que nos está pasando no es normal. Lo que estamos viviendo no tiene que ser así. El morir por evitar un robo de celular es un absurdo. El morir de hambre en cambio también. Sé que Colombia es un país complejo. Pero también sé que se puede mejorar. El problema es decidir por donde empezar. Lo poco que sé es que espero no acostumbrarme jamás a un despertador bomba y espero no llegar nunca a decir que robaron a alguien “porque dio papaya”.

Conejo

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