Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | septiembre 7, 2010

Enmascarado Invitado: Bogotá, un viaje en el tiempo…

Bogotá, un viaje en el tiempo…

Dos veces al día, diez veces a la semana e infinitas veces al año hago un recorrido en bus que atraviesa una gran parte de nuestra enorme ciudad. En un principio repudiaba las largas horas que implicaba mi ineludible transporte, pero contra todo pronóstico, he llegado a encariñarme con el recorrido. Aunque un 99% de las veces lo hago por la séptima, a veces, en un afán, tomo el transmilenio, y su nueva y desconocida ruta me tiene pegado a las ventanas como si hubiera algo constantemente pasando ahí afuera. Entonces, en que se basa mi súbito enamoramiento del tan aparentemente inútil tiempo en buses?

Lo que veo yendo de norte a sur y de sur a norte tantas veces al mes es un ajiaco tremendo de arquitecturas distintas. Me nutre de sentimientos indescriptibles ver, a cada esquina un estilo diferente, construcciones que nos hablan ahora en el siglo XXI, ý otras que lo hicieron a los primeros de nuestros antepasados. Los edificios modernos, aparentemente simplongos, que van desde la 80 en adelante, son en realidad joyas de la arquitectura de herencia “salmónica” de la que tanto se ha inspirado nuestra ciudad. Es una ciudad de ladrillo, comentan muchos visitantes.

En reversa hacia la calle 70, se pasa por las “modestamente clasudas” casas inglesas (las de ladrillo, de dos o tres pisos y con chimeneas protuberantes) en las que vivieron tantos de nuestros abuelos. Más atrás en el tiempo y ya por la calle 60 y pico van apareciendo más y más de aquellas en que vivieron sus padres, las casas republicanas. Majestuosas construcciones en piedras claras o pintadas, con columnas y cornisas adornadas… que no capan la bandera de Colombia.

Es indescriptible el estupor que me produce, verlas, “viejas glorias” como se titula la poco conocida obra fotográfica del publicista Juan José Ortiz Arenas, quien en mi opinión capta con suma sensibilidad esta nostalgia tan profunda que pretendo transmitirles. Sentir realmente la herencia cultural que tiene nuestra ciudad, pues no está sino a punto de cumplir ni más ni menos que medio milenio. Una de las capitales más antiguas de América.

Pero aún falta. Por la 40 se retomó, a principios del siglo XX el estilo colonial, dando fruto a unas casas pintorescas, blancas, y con tejas rojas que se alcanzan a ver desde la séptima incluso.  Cruza uno el centro internacional, siempre bajo la protección de nuestra Notredame sabanera y se adentra uno, ahora, y nuevamente en un principio con el peor de los tedios pero ahora con el mayor júbilo, en la carrera 13. El tráfico fue desviado de la séptima, ahora en obra por el transmilenio, a la mucho más modesta carrera 13. Una calle que, por su relativa menor importancia ante la séptima fue positivamente ignorada por  nuestro afán modernizador y contiene aun muestras intactas de lo que fue la arquitectura de los 1800s.

Quiero recordar ahora lo dicho por Armando Silva: El desarrollo arquitectónico de Bogotá puede ser evidenciado progresivamente en el recorrido de sur a norte por la calle séptima, la famosa Calle Real.

Sirve perfecto ver la ciudad como una cebolla. No por lo maloliente claro, pues nuestra ciudad se caracteriza por ser la más pulcra del país, sino porque los estilos arquitectónicos van viendose literalmente construidos como capas, una lindando con otra de manera casi quirúrgica,  a medida que la ciudad crece. Y el tedioso viaje por la séptima, visto a través de estos lentes, termina convirtiéndose en un viaje regresivo y progresivo por el tiempo.

Pero nos falta, claro, el famoso centro. Es más bien poco de la pintoresca construcción colonial que aún persevera en las calles de Bogotá, fuera, claro, de la Candelaria y sus alrededores. Pero aun vemos, sobre todo por las calles más tranquilas, una que otra casita baja, techo de tejas, pequeñas ventanas y siempre de dos colores, con ese aire a finca de Tabio que alguna vez tuvo nuestra infante ciudad.

Ahora, de lo que ha leído puede decirme que estoy haciendo sonar a Bogotá como una París, pero falta que tenga en cuenta la principal, tenebrosa e irreverente, más especial característica de nuestras intricada ciudad. Su joyas arquitectónicas  son todas panaderías, restaurantes, papelerías. Tienen panfletos de rumba pegados en sus fachadas o las ventanas tabladas. Es cómico. Sus exteriores, alguna vez gloriosos tienen hoy un aire tremendo de fatiga, un aire gris que para algunos se convierte en un cuero tan grueso que puede llegar a prevenir el deleite que de otra forma les produciría mirarlas. Este manto de inusual utilitarismo es lo que caracteriza la idiosincrasia bogotana. Lo que no sirve, que no estorbe y por eso la séptima hacia la treinta está llena de edificios enormes y mugrientos. Afortunadamente estas casitas de la trece continúan sirviéndole a pequeños negocios de los más diversos tipos, y por esta razón, por cascadas que estén, ahí siguen. No hay que criticar dicho uso, ni mucho menos. Me parece más sabio y complaciente, reírse, como espontáneamente, y para sorpresa de mis vecinos de viaje, suelo hacerlo al notar que una casa con escudo familiar sobre su entrada es ahora una tienda de buñuelos.

Vuelvo a hacer sonar bonita la ciudad: aun me falta hablar, por ejemplo, de las enormes casonas que se ven  por la calle 82, en las que ahora solo tienen gusto de vivir los bienaventurados embajadores, o las construcciones eclesiásticas francesas que alumbran con aire culto rincones discretos de la ciudad, esos edificios bajos, usualmente color crema con el techo alto y plano arriba y generalmente azul, el Gran Vatel, la magnífica construcción del año 24, que es ahora nuestro preferido parqueadero: el de la Bagatelle.  En fin.

No es sino que usted, conjunto ciudadano, suba unos grados su mirada. Del andén a las ventanas, y sin discriminar sus encantos, se nutra de la cantidad de lenguajes tan complejos y diversos que nos hablan los muros pues representan lo que fuimos y lo que somos como sociedad.

Lo dejo entonces para que mañana, o tal vez hoy, mientras maldice su tiempo sentado con las piernas espichadas, sienta orgullo de su ciudad.

P.S.: Las fotos son… lo que les falta por descubrir, el mapa y la maquina del tiempo

Juan Ferrero

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Responses

  1. Magnífica descripción de la sociedad Bogotana.

  2. Me encantó el artículo, que manera tan profunda de ver la ciudad, descubrir la belleza que nos rodea y que casi nunca vemos, es increíble saber lo que ven algunos ojos privilegiados y poderlo leer en una combinación entre el lenguaje moderno y el que podría encontrar en una obra literaria. Felicitaciones al autor!!

  3. ME ENCANTA!


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