Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | septiembre 21, 2010

Redes sociales, física y locura

Redes sociales, física y locura

Los físicos, obra del dramaturgo alemán Friedrich Dürrenmatt, es una comedia sobre un físico, “el más brillante que jamás se haya visto”, que elige esconderse en un manicomio para evitar que la civilización se apodere de sus innovadoras teorías y las use para fines destructivos. Así, sacrifica a su familia, su carrera e incluso asesina a su monja-enfermar porque descubre que él en realidad no está loco. Irónicamente, el sacrificio del personaje es en vano, pues es descubierto y sus descubrimientos, potenciales armas de destrucción masiva o libertadoras de la humanidad,  quedan en manos de una loca. La moraleja termina siendo que tal vez es mejor apersonarse de los Frankensteins que creamos, so riesgo de que otro lo haga.

De hecho, todas las innovaciones de la humanidad han servido tanto para perfeccionar la guerra, como para mejorar la calidad de vida de las personas. Es dependiendo del uso que se les que adquieren carácter de “maravilloso” o “macabro”: no es más sino comparar unos juegos artificiales con los cilindros de pólvora tan comúnmente usados en este país. Sin embargo, históricamente, la responsabilidad de aplicar la tecnología dependía ante todo de los gobiernos o de grupos con capitales inmensos. ¿Qué podía hacer un norteamericano corriente de la década de los 40 sobre el uso de la energía atómica? Nada. Hoy, empero, cualquiera puede googlear las instrucciones para hacer una bomba de hidrógeno y toparse con que de la búsqueda resultan casi 6 millones de resultados.

Pero, siendo realistas, son excepcionales – tal vez no pocas – las personas que dedican su tiempo libre a la construcción de armas de destrucción masiva, por lo que no me quiero concentrar en este punto. Son, por otro lado, muchas las que invertimos vergonzosas cantidades de tiempo en Facebook o  en Twitter. Los usos varios que damos a este tipo de aplicaciones o redes (la gente común no las multinacionales o los gobiernos) tienden también a ser de lo más innovadores y diversos: campañas políticas, promoción de marcas, “stalkear” fotos de personas a quienes nunca hemos visto en carne y hueso, mantener el contacto con personas regadas por todo el globo. Ninguno de los anteriores parece tener algún carácter nocivo. Pero también están los polos extremos, que hacen que nos asombremos y que nos indignemos por su mera existencia.

El fin de semana de mitad de agosto fuimos testigos de esta polarización de los usos de las redes sociales. Me refiero a la increíble forma como se propagó por Twitter un mensaje para encontrar donantes de sangre para un muchacho gravemente herido luego de un accidente de tránsito. En efecto, unas horas después acudieron varias personas que habían recibido la cadena a la clínica donde él se encontraba y, efectivamente, ayudaron a estabilizar la salud del joven. El mismo fin de semana, sin embargo, en Puerto Asís, tres jóvenes – de exactamente la misma edad que el muchacho bogotano – murieron asesinados luego de que una “lista de muerte”, en la que ellos estaban incluidos, fuera publicada en Facebook un par de días antes.

Usos varios bastante opuestos, ¿no? Y claro, existirán regulaciones, políticas que desarrollen las mismas redes sociales, juicios sobre posibles amenazas, clásico conflicto entre libertad de expresión y orden público o discurso de odio, etc. – en este tipo de casos, si la seguridad de la persona corre peligro hay, legalmente, cabida a la censura- pero, no creo que ese sea el punto. Tal vez el socialismo virtual lo que necesita es no solo que todos los usuarios puedan acceder a la información existente – música, libros y videos o instrucciones para armar bombas de hidrógeno- sino también que participen activamente en controlar o domar a ese monstruo que ya es una parte tan importante de nuestro día a día – como los usuarios de Twitter que salvaron una vida.

En Los físicos, los descubrimientos del personaje principal terminan en manos de una loca no clínica, pero de esas peligrosas que tanto abundan. Y él, el único que habría podido intentar revertir ese inminente peligro – quién sabe si con éxito – termina asumiendo la locura.

Y yo me pregunto: ¿Triunfará la locura de Puerto Asís o el heroísmo de los donantes bogotanos?

Oruga

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