Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | diciembre 15, 2010

Tarjeta roja para los bogotanos

Tarjeta roja para los bogotanos

Recuerdo con bastante nostalgia un proyecto que lanzó la alcaldía (de Mockus, creo) hace ya varios años. Se trataba de unas tarjetas con el símbolo “universal” de (des)aprobación: el pulgar hacía arriba o hacía abajo. El propósito de esta campaña era indicarle a los ciudadanos cuando uno consideraba que habían hecho algo mal en la vía pública.
En ese entonces yo tendría más o menos cinco años y me parecía divertidísimo aprobar o reprobar el comportamiento de las personas. Hoy en día ya no existen estas tarjetas, así que desahogo mi disgusto en Twitter, donde la mayoría de mis “trinos” están relacionados con el caos capitalino al que me enfrento a diario.

Mucho de lo que he escrito en la red social gira en torno a la pésima gestión que, considero, ha hecho la alcaldía de Samuel Moreno. Todos los bogotanos estamos familiarizados con salir hora y media antes de la casa para llegar a tiempo a nuestro destino “por si hay trancón”; también sabemos que cuando llueve es mejor quedarse en casa, no para no mojarse sino porque la ciudad colapsa al mínimo asomo de una nube negra (además, cuando llueve es un peligro a la propia vida, pues en cualquier calle puede uno correr con la suerte de caer en uno de los cráteres que comienzan a caracterizar a Bogotá y que, por supuesto, pueden durar meses sin ser reparados); somos conscientes de que ir al aeropuerto toma más tiempo de lo que duran, en promedio, los vuelos que salen de El dorado; evitamos en la medida de lo posible la 26, la décima, la autopista, la 15, la 100 y la 127, entre otras, pues sabemos que el trancón en estas vías suele ser monumental. A cualquier hora. Además, también tenemos que lidiar con la infinidad de desvíos que han proliferado a lo largo y ancho de la ciudad a raíz de las obras que pueden durar meses sin señal de estar avanzando.

Sin embargo, he llegado a pensar que a pesar del desastre vial que es Bogotá, no toda la culpa la tiene Samuel. Pienso que en gran medida el verdadero problema no es Bogotá – son (¿somos?) los bogotanos. 

Hace poco venía desde el centro hacia mi casa en el norte. Decidí desviarme de mi usual trayecto por la circunvalar, que estaba vuelta nada a causa de los derrumbes, y bajé por la calle 26 para tomar la quinta y luego bajar a la séptima. Allí me encontré con un típico trancón bogotano y los conductores más hostiles a los que me he enfrentado en los seis meses que llevo al volante. Primero, un señor que no me dejaba entrar a la quinta, y que se pegaba cada vez más y más al vehículo que llevaba delante para no dejar que nadie se le metiese al frente. Llegué a pensar que el hombre estaría dispuesto a golpear al carro con tal de no dejar que nada ni nadie pudiese pasar. Luego, una serie de conductores que, a pesar de que había puesto la direccional, no me dejaban cruzar a los carriles de la derecha que necesitaba tomar para poder bajar a la séptima. Por ello me vi obligada a atravesarme por toda la carrera quinta cuando llegué a la esquina por la que debía voltear (ocasionando que los mismos conductores se pegasen del pito, como si hacer ruido fuese la solución a su falta de civismo). Momentos después, cuando finalmente llegué a la séptima, vi cómo un taxista  atropellaba a una señora que se había lanzado a cruzar la calle por la mitad de la vía y con el tráfico en movimiento. Fue entonces que recordé las tarjetas que tanto me gustaban en los 90’s, y que resultarían sumamente útiles en este momento, pues es claro que la actitud de los bogotanos en la vía pública no hace sino empeorar la situación que ha propiciado la administración Moreno.
Hay un letrero en la carrera séptima, más o menos a la altura de la calle 99, que dice “Al manejar, utilice el sentido común.” Pienso que, primero, es gracioso que a la gente le tengan que recordar el uso del sentido común. Utilizarlo es, en sí mismo, sentido común (por redundante que suene). Así mismo, puede llegar a inducir úlceras el presenciar el comportamiento de los bogotanos que omiten por completo el sentido común. He aquí algunas de las cosas que hacen los bogotanos que empeoran la situación que atraviesa la ciudad y que demuestran por qué es necesario un letrero como este:

1. Si me diesen una moneda por cada vez que una persona utiliza la direccional para indicar que quiere pasarse a mi carril, no me alcanzaría ni para el pasaje de un bus (menos un TransMilenio, cuyo costo en alza es inversamente proporcional a la calidad de su servicio). No entiendo por qué a los bogotanos, en especial a los que manejan vehículos de transporte público, se les dificulta tanto utilizar la direccional y prefieren lanzarse a como de lugar al carril al que desean pasar. No es necesario un riguroso estudio de una universidad famosa en el exterior para saber que utilizar la direccional ayuda a prevenir accidentes y, por supuesto, sirve para aliviar los trancones.

2. No dejar pasar a las personas que indican la necesidad de cambiarse de carril. El bogotano promedio piensa que el mundo gira en torno a él, razón por la cual piensa que dejar pasar un carro supone tres horas más de trancón, cuando en realidad no dejar pasar a otro vehículo ocasiona atravesados, tráfico lento o estático, accidentes, etc.

3. Hacer parar al bus que estaba quieto dejando/subiendo pasajeros a cuatro metros. Esta es la gente a la que más quisiera sacarles la tarjeta de no aprobación. No entiendo por qué las personas no se toman la molestia de caminar un par de metros hacia el bus para abordarlo en lugar de hacerlo parar varias veces en una distancia tan corta y perfectamente caminable. Una vez más, creo que es porque el bogotano promedio piensa que el mundo está a su servicio y el bus debe parar donde él quiera que pare sin tener que moverse un milímetro más de donde está parado. Por supuesto, esto ocasiona que los carros y demás buses que transitan detrás se avienten (sin direccional, claro) al carril de al lado para sobrepasar al bus que para cinco veces en el espacio de tres metros.

4. Lo mismo sucede con las personas como la señora atropellada. Caminar unos pocos metros hacia la cebra más cercana parece mucho más sensato que lanzarse sin discreción al tráfico en movimiento.

5. Los “vivos” (¿colombiano que se respete se las da de vivo?) que se inventan un segundo carril para girar, en lugar de hacer fila en el que está diseñado para ese propósito. Suele suceder que el tráfico que sigue derecho se estanca porque tiene un carril menos por el cual fluir, gracias al vivo que no va a tener que hacer fila.

Hay infinidad de atrocidades que cometen los bogotanos a raíz de su egoísmo y ganas de ser los primeros y los más vivos. Este tipo de cosas hacen que una ciudad que ya de por sí es bastante difícil, se vuelva casi imposible de tolerar. Uno de mis trinos hace poco decía: “Si sólo hubiera huecos y calles cerradas todo estaría bien. Pero además toca lidiar con uds, bogotanos ineptos.” Los insultos a un lado, creo que en efecto Bogotá sería más sobrellevable si los bogotanos fuésemos más solidarios y entendiésemos que tanto el ejecutivo en su camioneta como el estudiante del Twingo se enfrentan a el mismo trancón, los mismos huecos, la misma lluvia, las mismas calles cerradas, etc. Ir manejando a la defensiva, pensando en que YO debo llegar, YO debo salir del trancón, YO debo pasar primero, sólo lleva a que Bogotá sea cada día más desesperante. De manera que, por ahora, la actitud que exhiben los bogotanos se merece una tarjeta roja, con un pulgar hacía abajo, porque no toda la culpa la tiene Samuel.

P.

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