Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | febrero 20, 2011

“(t) de y” – En función del tiempo

“(t) de y” – En función del tiempo

El nombre de la rosa, una increíble novela de Umberto Eco, empieza una tarde con William, un monje intelectual, caminando por un sendero con su aprendiz. Se dirigen a un monasterio en lo alto de una montaña a dónde William – célebre por su astucia – ha sido llamado para ayudar a resolver un misterioso asesinato (estamos en plena la Edad Media). De pronto, en lo alto de la montaña, William divisa la Abadía y le dice al joven: “Estaremos ahí para el anochecer” y éste último se emociona, pues ha terminado la larga espera que lo acompañó durante el viaje (estamos hablando de varios días a pie) y está ansioso por empezar lo que será una gran aventura llena de intriga y peligro.

Ahora, en el párrafo anterior hay algunos elementos que quisiera analizar. Primero, que en la Edad Media los medios de transporte eran escasos e ineficientes – en comparación a los de ahora. Segundo, que la distancia caminando “hasta el anochecer” debe ser algo así como ¿máximo unos 8 kilómetros? Digamos que la distancia entre la 116 y Monserrate. Tercero, unas 2 horas más de caminata no son nada en comparación con varios días andando. Así, resulta que el análisis medianamente juicioso de estos elementos revela no obstante que la relación entre ellos (eficiencia, como resultado de la distancia y duración) es medianamente equilibrada.

Pasemos, ahora a evaluar los mismos tres elementos en Bogotá, siglo XXI, nada de monjes a pié, sino gente tratando de llegar del punto de trabajo-estudio al lugar donde viven y viceversa, haciendo uso del transporte público o de carros particulares.

Un carro o bus podría cubrir la citada distancia en unos 10 minutos a una modesta velocidad de 50 km/h. De acuerdo, sumémole más por uno que otro semáforo, vías, policías acostados, etc. Está bien: 20 minutos. En Bogotá no obstante ese trayecto durará una hora (60 minutos), en un buen caso. Así, la respuesta a ¿cuándo llegaremos maestro? sigue siendo la misma que dio William al joven aprendiz: antes del anochecer. Y si usted sale en hora pico, no sea tan optimista. Hasta ahí llego la eficiencia.

Hay, sin embargo, otros elementos a considerar. Para William no era problema demorarse un par de horas en llegar al monasterio porque se quedaría allí una larga temporada (digamos un mes). Si William caminó 6 días unas 7 horas diarias tardó 42 horas en transportarse para el citado mes.  El carro  bogotano en cuestión hará su trayecto (8km) al menos dos veces al día, 5 veces a la semana, esto asumiendo – erróneamente – que es el único movimiento que hace. Esto implica, entonces que para una semana tenemos que gastar unas 10 horas. Al mes, son 40 horas en transportarse. Añadiendo el margen de error ya mencionado podemos fácilmente deducir que en la Edad Media los monjes tenían una capacidad de movilidad mayor que los bogotanos, puesto que hay que además que añadir que no necesitaban moverse del punto al que llegaban mientras que el bogotano sí.

Entonces, más allá de lo muy problemático que esto resulte – además porque es posible que William pasé mucho más de un mes en la Abadía, lo que agravaría la comparación – quisiera demostrar con esto lo poco respetuosos que somos con nuestro tiempo.

Porque más allá de los evidentes problemas administrativos y gerenciales que existen en la capital hay una seria tendencia social a perder el tiempo y despreciar el tiempo de los demás. Así, al señor que construye sobre la circunvalar no le preocupa ocupar un carril para descargar arena a las 8 de la mañana, creando un caos vehicular y alargando el trancón 30 minutos. Al alcalde no le importa abrir 600 obras al tiempo – necesarias, de acuerdo, pero mal planeadas estratégicamente hablando – y hacernos a todos perder unos 2 o 3 días del mes en movernos por Bogotá. Al dentista no le importa citarme a las 3 y atenderme a las 4 y media (por favor, haga las citas que pueda manejar), a Pepe no le importa mandarle a Juan su parte del trabajo a media noche  y a mí no me importa llegar a una invitación que era a las 9 a la media noche. Guardando las proporciones, culturalmente no respetamos el tiempo ajeno – si respetamos el tiempo propio o no es algo que cada cual debería evaluar.

Más ejemplos:

A los transportadores, por ejemplo, tampoco les importó que en su intención de protesta afectaran el tiempo de una gran porción de la población de Bogotá y varias otras ciudades y, increíblemente, la población afectada era tan grande que estaba indefensa y no se podía organizar efectivamente como para defenderse (porque atraviésesele usted a un taxista y dígale que no puede pasar para que vea como en 5 minutos hay 20 taxistas dispuestos a arrasar con usted y el carro). Su derecho a protestar es absolutamente legítimo pero la forma como lo ejercieron dejó la duda de si ese era en realidad el derecho que tenían, o si más bien el simple y grosero ejercicio de la facultad de bloquear Bogotá porque podían y hacer pataleta. Tuvo que venir el gobierno blandir la espada del “interés general prima sobre particular” negociar, charlar, calmar los ánimos… ¿coinciliar?

A la alcaldía, otro ejemplo, no le va a empezar a importar el tiempo de los bogotanos cuando destroce la 7ma, mande todo el tráfico por las avenidas 13 y circunvalar – ya colapsadas y diga que es necesario un sistema de transporte, que los contratos ya están dados, etc. Y lo curioso es que pareciera que el interés particular primó siempre sobre el general en esas obras…

—-Un profesor mío decía en estos días que ese irrespeto por el tiempo de los demás  era una patología de la sociedad actual, que éramos los del “maybe attending” que deja al organizador de cualquier evento sin saber cuántas empanadas comprar, cuántas sillas poner, si invitar más o dejar así. E esto va ligado al irrespeto del tiempo (y esfuerzo) ajeno.

¿Qué hacer? No sé, votar bien y encadenarse en la 7ma. (Insisto). Pero más allá es quizá una cuestión de entender que estamos todos en el mismo barco, en el mismo trancón y además de vencer los obstáculos que vienen de arriba (sin alusiones), mirar los que vienen de abajo: hacer car-pooling, tener la verdadera determinación de llegar a tiempo, de concretar citas, de manejar lento por la derecha, adelantar por la izquierda, no orillarse en vías principales, no hacer doble fila… Disminuir el impacto propio, llamémoslo ecología vial. Porque en últimas es el mismo cuento que el del planeta: en el trancón vamos todos y, a diferencia de William, que tenía un alto índice de eficacia y fluidez relativa, el nuestro no parece que vaya a empezar a avanzar próximamente…

 

Oruga

 

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