Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | abril 27, 2011

Más reflexiones de un país alejado

Más reflexiones de un país alejado

De lo más impresionante, era que luego de haber pasado la cola del mundo – y saber que más es larga y que no llegamos ni a la mitad – era ver como en un derrumbe alguien (¿quién?) había puesto una cinta de peligro. Y es impresionante porque a veces se nos olvida lo muy alejado que está “el resto del país” o, quizás, lo muy alejados del país que estamos nosotros.

Porque uno se monta en un carro y sale del siglo XXI para meterse en una zona atemporal en donde viven igual hace unos 100 años y todos usan ruana y sombrero, sin importar si estamos en el más alto páramo o en un valle de clima temprano. Y es precioso. Cascadas en la carretera, cañones impresionantes, pueblitos coloridos con sus iglesias y casas blancas con balcones de colores, parques llenos de flores, gente amabilísima. También están los adefesios de pueblos de ladrillo y latón ampliados pero, en general, somos un país de lo más pintoresco.

Pero es precisamente también el problema. A los que vivimos por acá nos encanta ser pintorescos, pero serlo allá. Si a alguien acá le dicen que vamos a regalar hoodies en Boyacá a diestra y siniestra, probablemente a más de uno le dé un ataque porque qué sería de ese paradisiaco cuadro del folclor colombiano sin ruanas. Se nos olvida, claro porque nos ponemos ruana una vez al mes máximo, y para estar en una chimenea, y no sabemos que eso pesa como el diablo si se moja, se demora siglos en secarse, no se puede lavar – y por eso huele a chivo… Si nos dicen que vamos a ampliar las carreteras y doble calzada, nos lamentamos por la pérdida de los Willys, y lo bonito que es andar un rato por despavimentada, entre árboles gigantes y pasando por lindos riachuelos y si, el paseo de olla es encantador. Además, está el problema de que las carreteras traen consigo burdeles y corrupción para las sociedades y cosas horrorosas que pueden corromper el inocente alma del campesino colombiano. Suena a cuadro de publicidad socialista de la URSS. Lo que no contamos, es que por ahí también pasan camiones de leche, de papa, de arroz, ambulancias, flotas, policías, servicios públicos.  O, quizás y peor, sabemos que eso también entra y que amenazaría con acabar el paisaje pintoresco que nos encanta para pasar las semanas de vacaciones. Prueba de que a lo mejor estamos condenando con demasiada fuerza este tipo de acciones es que los boyacenses que viven alrededor de la doble calzada – muy buena, por cierto – todavía usan ruana.

Muy probablemente no lo hacemos es de malos ni egoístas, es un claro desconocimiento de muchos factores de la situación, es que somos ignorantes…es pensar que en la incomodidad de los demás pueda estar nuestra “identidad nacional”. En Villa de Leyva – que en parámetros del campo es la civilización en su máxima representación – un señor local nos contaba de su trabajo y tal y yo le pregunté que a qué se dedicaba el concretamente. “Al ganado y al ordeño” me dijo y yo, inocentemente le respondí que “qué chévere”. Me contestó – muy amablemente, por cierto – que sí, que era muy chévere para el que venía a verlo una semanita, par de veces al mes. Pero que al campesino le tocaba todos los días de la vida, que las vacas no admitían festivos, enfermedades, vacaciones o chincheras… muy chévere, ¿no?

Y allá, donde no hay festivos ni enfermedades que valgan como excusa para dejar de luchar por sobrevivir, había cintas de peligro, volviendo al inicio. Alguien – ¿el gobierno? – alcanza a llegar a los confines del mundo, por trochas impresionantes y le da a una señora que parece una uvita pasa y puede tener cualquier edad entre 50 y 100 años una cédula y, mal que bien, un sisbén. Y todo esto lo logra en un país que no tiene vías, que se derrumba en invierno, que es asediado por muchísimos factores violentos. Mal que bien allá hay un soldadito – que es un pelao un par de años mayor que yo, pero no muchos – me muestra sus pulgares en calidad de saludo y me regala un sticker del ejército nacional.

Si se puede llegar, entonces. Se puede y, en realidad, en muchos – ojalá la mayoría – existe esa voluntad. Lo que pasa es que a veces nos agarramos de fetichismos ridículos, de la ciega salvaguarda folclor y no sé que más (cuando lo cierto es que pocos de mi generación conocen un bolero o un bambuco)… La cultura evoluciona y cambia – lo hace por naturaleza – y actuar contra natura puede ser peligroso, no es sino ver los estragos del invierno que podrían haberse amortiguado de haber respetado las cuencas de los ríos y los humedales….

Oruga

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