Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | junio 29, 2011

Caballero es distinto de machista, marimacha es distinto de feminista. Todo va en los detalles

Caballero es distinto de machista, marimacha es distinto de feminista. Todo va en los detalles.

El otro día iba caminando con un compañero para algún trabajo y llegados a una puerta él se apresuró para abrirla y dejarme pasar. Sonreí y le di las gracias, a lo que él respondió “Algo bueno tenía que tener el machismo, ¿no?”. Evidentemente lo hizo sin ninguna malicia pero no por ello dejé de pensar que estaba totalmente equivocado. El machismo y la caballerosidad no son lo mismo, y señorita no es antónimo de mujer capaz y luchadora.

La distinción, no obstante, parece no ser clara para muchos. Quizás sea otro rasgo del machismo que todavía atraviesa nuestra sociedad. Por un lado, las mujeres no estamos exentas de culpa en esto, nosotras mismas somos bastante machistas en muchísimos casos. Pero,  si los hombres se sienten amenazados por los movimientos feministas es porque no han comprendido que el feminismo ha librado varias batallas por ellos. Pero ante todo, si de algo tendría que haber servido el feminismo es para mejorar el trato inter e intra-géneros. Esto incluye tanto garantizar la participación política de mujeres y hombres, como abrirle la puerta a una señorita y no burlarse de un chico porque se atreva a llorar.

Así, cuando la columna de Maria Elvira Bonilla de lunes pasado termina con este párrafo, refiriéndose a la opinión de la Nobel de literatura Doris Lessing,

“Las jovencitas, dice, no se dan cuenta de que sólo hace dos generaciones que podemos controlar, como mujeres, nuestra propia vida. Ellas creen que todo esto es normal, olvidando que es ésta la verdadera revolución de nuestro tiempo. Han tenido mucha suerte. Las mujeres modernas ahora pueden hacer de todo, pero lo único que quieren es  simplemente encontrar un hombre. Sólo hay que ver la serie Sex and the City para darse cuenta (…). O salir a cualquier calle de ciudad o pueblo, para confirmar que detrás de tanta desnudez provocadora, tanto escote y tanta silicona, no hay otra cosa que el desespero, como dice Lessing  por atraer, por seducir. Tiene razón, sí, las feministas han fracasado, la lycra les ganó la partida.”

no puedo sino discrepar.

Yo entiendo el feminismo actual, el de mi generación el de “esas jovencitas” como la evolución de dos momentos principales: el primero, que se inició ya en el Siglo XIX en Europa, tenía como meta principal reivindicar la igualdad de género: cómo hombres y mujeres somos iguales y, por ello, debemos gozar de los mismos derechos. Este momento se refiere principalmente a la igualdad racional, que las mujeres también somos pensantes y por ello debemos tener también derechos políticos y patrimoniales (derecho al voto, a la renta, a la propiedad, etc.) Este feminismo, para evidenciar esta igualdad, impuso en las mujeres ciertas cualidades que tradicionalmente – lo que quiera que esto signifique – estaban en los hombres: usar pantalón, pelo corto, adiós al maquillaje y a los tacones (a la lycra), etc.  Durante un momento, entonces, usar falda o medias veladas podía ser visto como una forma de contradecir el movimiento pro-igualdad.

Ahora, la segunda etapa de este movimiento social es mucho más reciente y me parece particularmente bonita.  En ella no solo se lucha por el reconocimiento de la igualdad en muchísimos aspectos sino del reconocimiento de la diferencia en muchos otros. Es que afirmar que hombres y mujeres somos iguales del todo es imposible.  Así se busca, por ejemplo, reconocer que las diferencias biológicas crean circunstancias especiales que merecen atenciones especiales. Por ejemplo el embarazo, el hecho de que las mujeres son sexualmente más vulnerables – ¡¡porque los hombres son más fuertes!!–  la discriminación histórica de que hemos sido víctimas e incluso, el impresionante flujo hormonal del que somos víctimas/escenario/como-quieran mensualmente. Estas diferencias hacen necesaria la aparición de políticas que busquen garantizar la protección frente a abusos sexuales en el trabajo, licencias de maternidad, derecho a sentarse en el transporte público si se está embarazado, instalaciones sanitarias con ciertos mínimos (no podemos orinar paradas), etc. Es “Iguales en lo igual y diferentes en la diferencia”.

El reconocimiento de estas diferencias significó volver a ganar ciertos atributos que probablemente habían sido sacrificados, no en vano, en el primer movimiento feminista. Ya no es necesario ocultar la fragilidad (hormonas!), las curvas, el pelo largo, los rasgos de mujer, la dicha de poder ser mamá, las deliciosas idas al salón de belleza. En suma, la sensualidad, ese maravilloso atributo femenino.

El antagonismo tradicional, que asignaba ciertos roles y comportamientos a los sexos, sin posibilidad de que convivieran en armonía se diluye lentamente. El rosado era para las niñas y el azul para los niños, el arte y la música eran para educar y entretener a las señoritas, mientras que la guerra, el deporte, la política y la ciencia eran tareas de machos. El romance era una herramienta del macho para atraer a su hembra, el sexo era un símbolo de demostrar el poder del macho. Con decir que a mi papá no lo dejaron estudiar música porque eso era para las niñas de la casa y que en las incómodas charlas de educación sexual con mi abuela (juro que no son iniciativa mía) todo eso es “espantoso”. [Ahora si bien esta es la concepción tradicional prueba de que nunca fue del todo acatada es que entre los grandes músicos y literatos ha habido más hombres que mujeres o que el amor que hombres han sentido hacia mujeres desató guerras épicas]

Recientemente, estudios científicos señalan que la masculinidad y feminidad son como ingredientes que en cada individuo – incluidos los hombres – están repartidos en diferentes cantidades y en diferentes aspectos. Esto implica necesariamente la convivencia de aspectos femeninos y masculinos en hombres y mujeres. Así, la reivindicación de los rasgos femeninos en el cuadro de “lo respetable” y “lo valioso” también favorece a los hombres– si se lo toman bien. Los hombres pueden usar rosado, pueden llorar en una película, pueden estudiar arte, pueden sufrirse una tusa y pueden seguir viendo partidos de rugby mientras toman cerveza. Las niñas pueden estudiar física pura, pueden fumar en espacios públicos, pueden caminar solas por la calle, pueden opinar y pueden pensar y opinar. Todo esto usando vestido y leyendo poesía. Los niños pueden hacerse el manicure y las chicas claro pueden jugar fútbol (sino miren a la admirable selección nacional femenina).

Ahora, todo esto es problemático. Sigue siendo ventajoso, pero así como arregla muchas cosas se tiró muchísimas otras. ¿Si a una niña le gusta un niño, lo invita a salir, coquetea incansablemente o se resigna a que se alineen los astros? (¿Todavía se vale coquetear?) – en estas dos mi respuesta sería pro invitación y pero coqueteo, pero yo qué sé, de pronto entro en el campo de acción del niño – ¿Si me arreglo para una entrevista, estoy fortaleciendo mi autoestima porque sentirme-bonita-anula-una-variable-de-inseguridad – o estoy tratando de usar mi presentación personal para fortalecer mis (in)capacidades racionales? ¿Si se es inteligente toca ser feo, y para ser bonito toca dejar de pensar? ¿Ser “linda”, entonces, va en contra de la igualdad género? Y, por el otro lado: ¿Si un niño confiesa que le partieron el corazón, es un marica- lo que quiera que eso signifique?

La libertad no es necesariamente más fácil de manejar que el cautiverio, las mujeres bien lo sabemos (unas más que otras). Sobre todo porque todavía perviven un montón de prejuicios sociales que antes al menos estaban contenidos en los juegos de roles establecidos.

Las “jovencitas de hoy” somos quizás demasiado ambiciosas, y eso nos mata. (Muchas, no todas) no estamos dispuestas a abandonar la historia de amor del Siglo XIX, encontrar al perfecto Mr. Darcy, ir a bailar, el beso apasionado frente a la casa en una noche de luna llena. Tampoco estamos dispuestas a abandonar las conquistas del Siglo XX: queremos doctorado, sueldo, trabajo, expresarnos, pensar. Total, queremos hacer malabares y nos sabemos con las puertas abiertas para hacerlo. Y eso da miedo. Da miedo saber que por primera vez en dos milenios de historia occidental somos más dueñas de nuestro futuro de lo que lo hemos sido nunca. Da miedo tener que escoger, tener que saber que lo que pase probablemente habrá sido nuestra culpa. Pero es un error pensar que porque sea más difícil antes estaba mejor y que tanta libertad es un encarte inútil. Es un encarte, si, pero uno que quizás valga la pena.

La acusación de la lycra es demasiado simplista. Creo ser mujer en el siglo XXI no puede implicar que tengamos que acabar con todo lo que fue ser mujer antes. Significa que la definiciones se ampliaron y que hay muchas formas de ser mujer, así como hay muchas formas de ser hombre y que hay muchas formas de ser que no son ni de hombre ni de mujer exclusivamente – casi todas.

Nos tiramos los juegos de roles, o en proceso de eso estamos, cualquier niña con un mejor amigo o cualquier niño con una mejor amiga sabe de qué estoy hablando, y nos toca improvisar. La paradoja entre igualdad y diferencia no deja de ser confusa, creo pero se basa en el respeto. No tiene nada de machista abrirle la puerta a una niña, si no es un “hágale a ver”, así como probablemente no sea necesariamente una sumisión femenina hacerle un masaje al novio/compañero/lo que sea, porque de pronto ella lo quiere y él está cansado. En toda relación tiene que haber detalles afectuosos y creo que en aceptar esto hay un reconocimiento de la propia vulnerabilidad (de una parte “femenina” de nosotros que quiere que nos quieran). Reconocer al otro como igual, incluso en esto, es una muestra de respeto. Decir por favor, gracias, ser educado, abrir la puerta, preguntar ¿cómo le va? Dar un abrazo, llamar a preguntar qué tal … todos esos son rituales tontos sin los cuáles vivir es intolerable.

Hacer de ellos almohaditas que hagan del tosco mundo un lugar maravilloso – porque puede serlo – y no cárceles y reglas irrisorias de comportamiento-  es una ganancia de los últimos años.

Un caballero lo sabe y una señorita también.

Oruga.

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