Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | julio 3, 2011

Ya pasaron 20 años… Cumpleaños de la Constitución (y de varios alicianos)

Ya pasaron 20 años…

La Constitución cumple 20 años el próximo 4 de julio – no me explico por qué no esperaron un día y no refundábamos la patria en un día que no estuviera ya ocupado – y todo el mundo anda escribiendo de la Constitución del 91 en estos días, de su decimosegundo aniversario, de la maravilla que es, de lo inspirador que fue el movimiento de la séptima papeleta, de los valores que consagra, del país que soñamos, de lo mucho que (nos) falta para que ese sueño se cumpla.

Yo cumplo, también 20 años, el 7 de julio. Apenas tres días después.  Ahora, aclaro que no se me ocurre nada más pretencioso y arriesgado que hablar de las virtudes de la Constitución, sus fallas, sus anécdotas, etc. así que no tengo planeado hacerlo. No obstante, puedo hablar de las mías. Yo, que soy exactamente de la misma edad.

La Constitución de 1991 no significó nada para mí en las primeras 3 o 4 quintas partes de mi vida. Supongo que, como cuando los niños se tapan la cara y creen  que nadie los ve – porque ellos no ven – mi relación con la Colombia antes de 1991 (antes de mí, no de la Constitución), se reducía a anécdotas familiares y clases de historia pero nunca lo percibí como algo que tuviera que ver directamente conmigo. Así, si alguien me hubiera preguntado qué había antes yo no habría tenido más respuesta que una suerte de una nube gris…

Colombia, cuando chiquita, siempre fue una suerte de “por allá”: allá donde matan gente, allá donde secuestran, allá donde hay bombas, allá donde mis papás se morían de miedo que fuéra(mos). Allá, donde les habría encantado llevarme y  allá a donde mi colegio canceló las excursiones durante toda la primaria. El coco era la guerrilla y yo quería ser policía o soldada cuando grande. Crecimos con miedo y no éramos conscientes de ello. Crecimos sabiendo y no sabiendo al mismo tiempo, protegidos y acostumbrándonos lentamente a que el mundo era un lugar peligroso, convencidos que la paz era palomas y camisetas blancas y que, todo el que podía, hacía bien en salir para Miami.

No obstante en mi vida sí había evidencia de esa nueva Constitución: estaba el compañero de clase que podía ir a la biblioteca todas las clases de religión porque él no era católico, estaba la indignación generalizada porque a un niño de otro colegio lo habían querido echar porque se pintó el pelo de verde, estaban las famosas tutelas que enfrentaba el colegio todos los junios, interpuestas por los niños que habían perdido el año (uso cuestionable en varios casos, creo). Mientras tanto también pasaba la bomba en el Nogal, “las pescas milagrosas”, el fin de la zona de distención, por fin un viaje por carretera y, bueno, crecer un poco y ver con buena cara como el futuro del país se nos dibujaba mejor. (De otros sucesos, como la sentencia sobre desplazados, la de salud, la de la dosis mínima – la primera – o el Estado Social de derecho, no me vine a enterar sino hasta hace relativamente poco.) 

Pero fue hasta esos últimos años de colegio y luego ya con fuerza en la Universidad que empecé a pensar, de a poquitos, en el futuro (mío y del mundo). Había varios como yo. Hablábamos en derechos, en que las guerras que estudiábamos ya no eran en 1925 sino hace apenas 20 años. Fue por ahí cuando un día me senté en la mesa del comedor de mi casa y les pregunté a mis papás dónde los había cogido la toma del palacio de justicia, la de la embajada americana, el fin del frente nacional y la séptima papeleta. Le preguntaba a los adultos dónde habían estado, qué habían sentido, cómo había sido. Hablaban del efecto simbólico, de ella como esperanza, como apaciguadora, como mentira, como farsa, como meta – o como algo que hacían otros –  y, lentamente, me (nos) fuí(mos) politizando pro-constitucionalización-mente. Lamenté profundamente pertenecer a una generación “que la tenía fácil”, que no se había indignado ante la injusticia, que podía darlo todo por sentado. El pacto político ya estaba, ya otros habían cambiado el mundo por nosotros.

Craso error. La Constitución es un híbrido programático que oscila entre la que nos llevara hacia la sociedad soñada y entre ser una flagrante promesa incumplida. Admito que una de mis primeras reacciones fue pensar que en 20 años la situación del país no es tampoco tan admirable como para andar por ahí cantando victoria mientras leemos – en la página anterior del periódico – de un montón de asesinatos políticos, escándalos de corrupción, listas de la muerte y, acto seguido, pasamos la página para ver qué hay en cine. También es que no me acuerdo de muchas de las batallas que la Carta ya libró y ganó. Además recordé que yo también cumpliré solo 20 años. Así que quizás exigirle tanto a la Constitución sea un poco ridículo de mi parte, yo que cumpliré 20 y no he hecho mucho.

Pero una cosa que si le puedo reconocer a la Constitución es la gente de más o menos mi edad somos pro-ella: nos sentimos identificados con varios de los derechos y principios que consagra: que nadie nos quite la libertad de conciencia, el libre desarrollo de la personalidad, el estado laico, el debido proceso. No es algo en lo que  todos se sienten a pensar a menudo, pero ya está ahí. Además seguimos queriendo – cómo los jóvenes que la impulsaron – un “mejor país” e  intentamos caminar en esa dirección.  (Y esto no es evidente. Para muchas personas no es evidente el Estado laico, no son evidentes las prestaciones sociales, no es evidente el carácter deliberativo de la democracia, no es evidente que tener un cargo público no es para cambiar el POT local en favor del lote propio) Claro, ojalá sea más que una fiebre de juventud o algo así, como dicen algunos “grandes”…

Pero creo que hay un error en hablar de la Constitución como si fuera una persona, un bebé, una adolescente. La Constitución es un texto que, eso sí, refleja los valores, principios, límites e intenciones que una sociedad ha escogido para ella. Pero precisamente porque viene de una sociedad, de personas, es que depende es de las personas para realizarse. (Sobre todo al principio) Así, creo que cuando hablamos de los éxitos de la Constitución, hablamos verdaderamente de gente que asumió esas directrices y se la jugó por ellas. Son nuestros papás, profesores, tíos, gobernantes (algunos), etc. Entonces no es que la Constitución hubiera sido bebé, sino ellos eran primíparos, no es que tuviera que aprender a caminar, sino que ellos mismos tenían que aprender a moverse en sus términos. Por eso es que decir que 20 años no es nada porque la Carta “está joven” es quizás una analogía equivocada si pretende servir de excusa. La Carta no puede irse de rumba y no es que sea hora de “sentar cabeza”. Nació sentada, nació porque sentaron cabeza. Entonces en estos 20 años la Constitución (con lo que me refiero a las personas que han blandido su bandera) tuvo que haberse hecho conocer, crear el andamiaje institucional para que – ahí sí – tuviera fuerza casi que propia, se adaptara a las circunstancias, direccionar el país en la dirección que se propuso. En la medida en que lo haya hecho y lo haga en el futuro (20 años siguen siendo poco para tanto) es que creo que se podrá hablar o no de una buena Constitución (y no soy capaz de hacer este juicio). Para todo ello se necesita “voluntad política”, que llaman, y eso es de personas.

Entonces algo que si puedo decir que ha hecho la Constitución en estos 20 años es criarnos a nosotros, una generación empapada en su legado, una generación que ojalá haya crecido aprendiendo a indignarse y a no dar las cosas por sentado. Espero que sea mi caso y, si es así, el balance de mis 20 años no está nada mal: logré escoger qué hacer con mi vida cercana, hice a mis amigos (los mejores), encontré cosas que me gustan, me parecen, me divierten, creé una frontera más o menos no-tan-difusa entre bien y mal y opté por pensar que la-buena-idea-que-era-irse-a-Miami-cuando-se-pudiera, quedaría para las vacaciones. Esa es mi séptima papeleta. Sembraron en mí esa voluntad política.

Ahora que soy mayor de edad y pierdo mi estatus de teen casi al tiempo con la Carta, me toca ver como el congreso aprueba unos 15 proyectos de Ley, cada uno más ambicioso que el anterior, cómo se desbaratan redes corruptas (ojalá para no reproducirse), cómo los movimientos ciudadanos democráticos crecen, cómo se aprueban TLC’s, cómola Corte Constitucional tiene puesta la capa de Superman. Todo esto mientras siguen matando gente, siguen robando plata, mientras somos el país más desigual… Tiene cara de que estamos en un momento crucial.

Seguramente estos primeros 20 años han sido definitorios, todos los psicólogos coinciden en que es una etapa en la formación importantísima, de la que todo depende. Yo creo que le salí menos mal que bien a mis papás (en la medida de lo posible) y tengo fe en que la Constitución también le quedó medio bien a esa misma generación y que ahí va. Pero así como ahora me toca a mí coger mi vida y tal (miedo-ansiedad-expectativa, si preguntan), también es hora de asumir la mayoría de edad y, si se está de acuerdo, la Constitución. Ella es el sueño de muchas personas. Un sueño en progreso que nos entregaron cuando nos dieron la cédula (hace 2 años) y le dicen a uno ciudadano colombiano mayor de edad. A usted le corresponde defenderlo, cumplirlo, cambiarlo, mejorarlo, etc. Es un sueño que solito no se va a realizar. Realizarse es propio de individuos, no de papeles.

“Ánimo – dice un profesor mío siempre que uno se tira un quiz -que esto hasta ahora empieza”.

Para terminar, me deseo (narcisistamente) a mí y a todos los que en estos días hemos cumplido 20 (y  18, 22, 24, 28, 35…) un feliz cumpleaños y mucha suerte. Estos  años que pasaron estuvieron geniales y espero que los que sigan solo sean mejores. A la Constitución le deseo lo mismo: Ánimo y muchos éxitos. Ahí vamos creciendo juntos.

Oruga

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Responses

  1. ¡Excelente!


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