Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | enero 29, 2012

Cerezos de año nuevo (…chino)

Cerezos de año nuevo (…chino)

2012, Año del Dragón

Hay una historia de “El libro de las virtudes para niños” (seguro la grandísima mayoría de ustedes lo tenían: era grande y amarillo) que se llama algo así como El cerezo de George Washington. En ella, cuentan que cuando el presidente de Estados Unidos era niño su padre le regaló un hacha. El niño salió dichoso a jugar y a cortar malezas y, mientras la blandía por todos lados, cortó un pequeño cerezo que su padre había traído de un viaje, y que cuidaba con bastante esmero.

Aterrado, pero consciente de su error, Washington hijo fue al despacho de su padre y le contó lo que había sucedido. Su padre visiblemente molesto le señala cómo destruir el cerezo le tardó solo 5 segundos de descuido y cómo, en cambio, cuidarlo y lograr que creciera le había tardado a él (el padre) mucho esfuerzo y tiempo. No obstante decía que prefería tener un hijo valiente y noble (que confesó su error y estaba dispuesto asumir las consecuencias) antes que un bosque lleno de cerezos. Se abrazaban y mi mamá o papá me decían que ahora si a dormir. Algo así era la historia.

“Destruir tarda solo un minuto mientras que construir algo puede tardar la vida entera”. Es parecido con algo que hablaba recientemente con unos amigos, respecto a SOPA y ACTA y los libros piratas del centro y lo paradójico que es que lo ilegal (lo malo) sea más barato que lo legal (lo bueno). En general es así, sin prejuicio de que en el caso de la música pues a lo mejor los calificativos de malo y bueno no apliquen, pero uno siempre podrá robarse la boleta e ir al concierto… Son medidas o consecuencias sociales las que suben el precio de “lo malo” las que pretenden reequilibrar la balanza: la cárcel, una multa, un castigo, irse a la cama sin postre… pero pareciera que el valor de sólo hacer las cosas bien no es suficiente o, si en el fondo nos parece bien, es demasiado caro.

Y así, cuando destruir es más fácil y construir más difícil podemos terminamos por hacer de destruir una práctica común. Destruimos las opiniones y acciones de la gente con comentarios cargados, sin tener lo más mínimo en cuenta cuánto esa persona tardó en hacer algo, y así quedamos como unos duros que todo lo saben, todo lo conocen. Lo hacemos sin notar que habrá veces en las que valdría detenerse a pensar si vale la pena. (Por darnos de machos jardineros que cortan malezas no nos damos cuenta de los cerezos chiquitos y los mochamos)

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“Pero es que uno no puede detenerse por herir susceptibilidades” le oí decir a dos personas en estos días. A la primera persona le dije que tranquilo, a la otra que estaba loco, eran contextos distintos. Creo que hay que tratar (¿por qué no?) de no andar tumbando cerezos a menos que en serio estén en nuestro camino (y estemos convencidos de que el nuestro es un buen camino), cuestión de respeto y humildad a lo mejor. Habrá cerezos que, ni modo, toca replantar y eso funciona y está bien. Hay otros que a lo mejor vale la pena dejar. Habrá algunos que no se nos habían ocurrido y que a lo mejor por dárnoslas de valientes  y osados con un hacha nueva, podríamos atacar algo importante, incluso de buena fe, como Washington hijo, lo que pasa es que al cerezo caído no lo hace menos caído que no haya habido mala intención. Todo sin perjuicio, claro de que a la maleza si es mejor quitarla.

Disfrazarse, por ejemplo, de Nazi en Halloween le causó tremendo problema al Príncipe Harry de Inglaterra hace varios años. Él ni siquiera tumbó un cerezo, solamente le clavó un alfiler a uno gigante que en Europa está bien plantado: el respeto absoluto por un pasado triste y tenebroso – que es una gran forma de no olvidarlo nunca. No eran susceptibilidades y por muy Halloween que fuera, ese tema no va, nunca, en chiste. Ese es un cerezo que nadie puede tocar. (En Colombia, ¿tenemos de esos cerezos?)

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Un profesor mío dice todos los días: “La única forma de que aprendan ustedes (adolescentes) es haciéndolos sentir mal. Por eso en mi clase se van a sentir mal”. También dice que “la función de la educación no es hacer que alguien sepa cosas que no sabía sino hacer de alguien, alguien que no existía.” La primera cita la detesto, la segunda me gusta.

Creo que se equivoca en la primera. Creo que, si bien tiene razón y haciendo sentir mal se aprende, hay una forma más efectiva de hacer la conversión que él tanto quiere (aunque, a lo mejor no siempre funciona y un poco de expiación no viene mal). Creo que los mejores profesores son aquellos que le muestran sus estudiantes algo diferente, algo que mostrado por ellos tiene cara de ser maravilloso y apasionante, y lo hacen a uno desear y sentirse capaz de convertirse en eso. Esos son los grandes maestros.

(Leer a Camilo Jiménez me hizo sentir que quizá era uno de esos…) Yo afortunadamente he tenido varios así. Washington papá era uno de esos: prefirió cuidar los cerezos de su hijo y dejar que cayera uno que, en últimas, no era tan importante.

Ser “valiente y noble”…ser un buen/a guardabosques… respetuoso/a… En fin, por ahí van mis reflexiones del primer fin de semana del año del Dragón. Algo dispersas e inconexas lo sé, prometo poner más conectores e hilar mejor mis ideas en la próxima entrada.

(Feliz año)

Oruga.

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