Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | marzo 8, 2012

(Querer) Ser mujer

Este es un artículo que escribí hace un rato para otro medio, con base a algo que ya había aparecido por aquí (no lo publiqué). Pero hoy, día de la mujer, me lo pongo aquí porque eso de ser mujer no pasa solo un día al año, así que no importa que no lo haya escrito para hoy.

Oruga

 

(Querer) Ser mujer

 Las defensoras de los derechos de las mujeres nos acusan, ¨a las jovencitas de ahora¨, de no valorar lo suficiente nuestra libertad. Señalan que a pesar de que podemos controlar nuestra propia vida, seguimos obsesionadas con encontrar ¨un hombre¨. Así, como prueba del fracaso del feminismo, señalan la supervivencia del ánimo seductor y sensual en las mujeres jóvenes que se ven por la calle. Este mismo atributo lo condenan otros por ser objeto de tentación y lo usan incluso para justificar violaciones a los derechos de las mujeres (¨es que tenía una falda muy cortas¨).

Los unos nos quieren con burka, las otras sin pintalabios ni tacones. Prefiero la segunda opción, pero tampoco me encanta. La pregunta ahí es cómo entendemos (y cómo queremos) ser mujer las jóvenes de pleno siglo XXI.

Yo entiendo el feminismo de mi generación como el resultado de dos momentos principales: el primero tenía como meta principal reivindicar la igualdad de género. En este se defendía sobre todo la igualdad intelectual (tanto hombres como mujeres pensamos). Con base a esto, entonces, se argumentaba que éramos merecedores de los mismos derechos: era una lucha por la igualdad formal. Entonces, para evidenciar esta igualdad, las mujeres asumimos cualidades que tradicionalmente – lo que quiera que esto signifique – estaban en los hombres: usar pantalón, pelo corto, fumar en público, etc.  Así, durante un momento usar falda o medias veladas podía ser visto como una forma de contradecir el movimiento pro-igualdad.

El segundo momento, mucho más reciente, no solo lucha por el reconocimiento de la igualdad en muchas cosas sino del reconocimiento de la diferencia en muchas otras. Así se busca, por ejemplo, que se reconozca que las diferencias biológicas crean circunstancias especiales que merecen atenciones especiales. Me refiero al embarazo, por ejemplo, al hecho de que las mujeres son sexual y físicamente más vulnerables e, incluso, a los efectos de los enormes flujos hormonales de nuestro cuerpo. Estas diferencias hacen necesaria la aparición de tratos diferenciados, como políticas que busquen garantizar la protección frente a abusos sexuales en el trabajo, licencias de maternidad, instalaciones sanitarias con ciertos mínimos (no podemos orinar paradas), etc. Es “Iguales en lo igual y diferentes en la diferencia”.

Lo bonito del reconocimiento de estas diferencias es que significó volver a ganar características que habían sido sacrificados, no en vano, en el primer movimiento feminista. Ya no es necesario ocultar la fragilidad, las curvas, la dicha de poder ser mamá, las deliciosas idas al salón de belleza. Estos rasgos han ido perdiendo su connotación de inferioridad y sumisión para convertirse en la libre expresión de una forma de ser. Hemos en suma, ido recuperando la sensualidad, ese maravilloso atributo femenino.

De todo esto ha surgido, que en el siglo XXI las definiciones se ampliaron y hay muchas formas de ser mujer, así como hay muchas formas de ser hombre y muchas formas de ser que no son ni de hombre ni de mujer exclusivamente – casi todas. Así, ellos pueden vestirse de rosado, llorar en una película, estudiar arte, sufrirse una tusa y seguir viendo partidos de rugby mientras toman cerveza. Las niñas podemos estudiar física pura, fumar en espacios públicos, caminar solas por la calle, opinar y pensar.

Pero no me malentiendan, no creo que ser mujer de pronto se haya vuelto facilísimo, ni creo que esta sea una forma generalizada de entender a las mujeres en el siglo XXI.

Por un lado, tanta libertad no deja de ser difícil de manejar. Ahora que vemos un mundo de posibilidades abierto en el que se supone que podemos ser mujeres queremos hacerlo todo. (Muchas, no todas) no estamos dispuestas a abandonar la historia de amor del Siglo XIX, encontrar al perfecto Mr. Darcy, ir a bailar, el beso apasionado frente a la casa en una noche de luna llena pero tampoco estamos dispuestas a abandonar las conquistas del Siglo XX: queremos doctorado, sueldo, trabajo, expresarnos. Da un poco de miedo saberse tan capaz, saber que por primera vez en dos milenios de historia occidental somos casi tan dueñas de nuestro  futuro como, se supone, lo han sido los hombres (aunque esto último también podría estar sujeto a un gran debate). La libertad puede ser un encarte, si, pero uno que quizás valga la pena.

Por otro lado me dirán, y con razón, que mi feminidad optimista y apoderada choca apataratosamente contra la realidad. Abrimos el periódico y vemos que seguimos en una sociedad que sigue siendo patriarcal. Una sociedad en la que las mujeres seguimos siendo el principal remplazo a los electrodomésticos (y no al revés) y la mejor manera de arreglar algún tipo de disfunción en estos artefactos de atención y entretenimiento (ojo van y opinan, niñas) es un puñetazo.

Mi abuelo decía que la mejor forma de amansar a una mula era poniéndole tanto peso en la espalda como para que ya no pudiera cargarlo y se doblegara. A muchas mujeres y niñas las siguen tratando así.

En esto, Bolillo no es más que el chivo expiatorio. También, como ya pasó hace unos días ya nadie habla de eso… Lina, quien argumenta que sufrió de acoso sexual en su lugar de trabajo y ha sido “víctima” de los medios de comunicación, es solo una de tantas en situaciones similares, solo que ella se atrevió a hablar (ver columna Catalina Ruiz-Navarro). No creo que sean muchos/as quienes no conozcan a alguien o que hayan sufrido algo similar, si no ha sido en carne propia. Tampoco creo que no sean pocas las que, como la víctima del otro comentado suceso, guardaron silencio. No creo que sean pocas las que hayan pensado lo mismo que la Senadora (representante del pueblo) que salió a decir que, seguramente, se lo tenía merecido, que dio papaya, que así es como tiene que ser.

La libertad, entonces, que las niñas de ahora creemos tener no está tan garantizada ni es tan reconocida: no solo por la Federación sino, incluso, por nosotras mismas. ¿Cuántas violaciones sin ser denunciadas? ¿Cuántos insultos? ¿Cuántos abusos? ¿Cuántas de ¨nosotras¨ que creen en algún lugar profundo que un hombre puede pegarle a ¨su mujer¨ cuando esta se lo merezca, que de pronto no era para tanto? Que golpeen, humillen o irrespeten a alguien, hombre o mujer, nos debería indignar a todos y todas. Es que nos están pegando/acosando/irrespetando a todos y a todas. Eso deberíamos tenerlo claro.

El feminismo no fracasó, entonces, porque el maquillaje haya sobrevivido. No fracasó porque el discurso sí ha ido calando en la sociedad y lo evidencia la oleada de manifestaciones públicas y privadas que condenaron los hechos y las más exóticas manifestaciones. No fracasó tampoco porque muchas ¨jovencitas¨ nos sentimos orgullosas de ser como somos. Eso no implica, no obstante, que no falte luchar aún por verdaderas garantías y por verdadero reconocimiento y educación para muchas otras mujeres, mujeres que en muchos casos prefieren o creen sinceramente merecer el trato de una mula doblegada (y lo defienden). Quizás el mayor reto que enfrentamos ahora es, entonces, que todavía nos falta convencernos a nosotras mismas, convencernos de que está bien ser mujer.

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