Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | abril 16, 2012

Tres puntos en la Orinoquía

Tres puntos en la Orinoquía

 Este artículo fue escrito para Censura20.com. 

Mavecure 429

Por Oruga”

Una de las formas para hacer un mapa (sin GPS), según me explicó esta Semana Santa un geólogo mientras montábamos en voladora por el Río Guaviare, es fijando dos puntos imaginarios en el terreno, que llamaré A y B, midiendo la distancia entre ellos y ubicándolos respecto a la posición de las estrellas en ese momento, creando una especie de triángulo entre la estrella y los dos puntos. A partir de ahí, cualquier otro punto, llamado C, puede ubicarse respecto a los dos primeros con relación al cielo conocido, pues se puede conocer la distancia y el ángulo entre los puntos y él. Es Pitágoras y trigonometría básica llevada al espacio. Así hacían mapas antes de Google Earth.

Trazaré, entonces, tres puntos tocados por una línea gigante: el Orinoco. Con ello dibujaré un poco, a través de su gente, la tierra de la Vorágine y de los Pasos Perdidos y como la vi la semana que pasó.

Punto A. Aterrizaje en Puerto Inírida

Puerto Inírida, capital del departamento del Guainía, tiene cerca de 14’000 habitantes. Tiene colonias considerables de ecuatorianos (que manejan el comercio de chinchorros, ropa y zapatos), costeños, paisas y bogotanos. La población “local” es más bien indígena, pero que vive la vida del “colono”. Son indígenas sikuanis, puinaves y piapocos. Satena tiene un vuelo directo de Bogotá unas cuatro veces a la semana. En él lleva, además de los pasajeros, el periódico. Hay otros vuelos periódicos desde Villavicencio, un avión que lleva los víveres llega los jueves y otras cosas llegan por carretera y por río. De hecho, el transporte en el Guainía es fundamentalmente fluvial. La carretera más larga tiene 14 kilómetros. Llegar desde Bogotá en carro (con algún trecho en ferri) tarda cerca de 9 días, dependiendo del clima.

En Puerto Inírida no hay industria local propiamente. Están las entidades del gobierno, los establecimientos públicos y el comercio que en todo asentamiento humano se desarrolla: almacenes, restaurantes, un par de hoteles, venta de artesanías, etc. De eso viven sus habitantes.

Es un pueblo típico colombiano. Bastante bonito, con una calle principal que lleva del malecón/puerto al parque, donde hay una iglesia y donde venden raspado y salpicón. Al atardecer los frentes de la casa se llenan de adultos en mecedoras que ven jugar a los niños, cada uno con su respectivo helado o colombina.

Punto B. Río abajo, pero hacia el norte: Nacional el Tuparro. (8 horas de lancha)

El tráfico fluvial organizado y rápido es venezolano. Como mi grupo era gigante, la jugada era, entonces, cruzar el Orinoco navegando en una lancha más bien lenta y llegar a Venezuela a uno de los varios puertos que existen (oficiales y clandestinos). Una vez ahí, planeabamos coger lo más parecido que hay a una flota náutica, donde nos prestan chalecos -que sabrá alguien cuando lavaron por última vez- y navegar, río abajo, por esas autopistas increíbles que son los ríos de la Selva de la Orinoquía (Son ríos negros, como Coca Cola, porque tienen una proteína que se llama tinina y porque no cargan sedimentos)

En el Tuparro hay un asentamiento ilegal que se llama Mantequero –donde, por cierto, comimos mantecada de naranja porque, cómo nos aclaró una de las colonas paisas, allá todos tienen horno – que es donde acampamos. Hay televisión, mesa de pool y un camión que pensé que era de decoración (por lo viejo) hasta que fue el que nos acercó al centro de visitantes. No hay colegios, no hay hospital. Los niños corren felizmente y juegan con nosotros. Su noción de dinero es en bolívares y no en pesos colombianos. Uno, al que le dicen“negro”, me pregunta, cuando cae una bola de billar, qué número es ese. Es un 7, como tu edad, le respondo.

El centro de visitantes queda a unas dos horas a pie de Mantequero. Es una casa frente al río y sus playas, donde unas piedras enormes reflejan la luz del sol resistiéndose a dejarse llevar por el río.

Hay dos guardaparques. La chica es algo menor que nosotros, concluimos, aunque a todas luces se ve mayor que yo. Es su primera temporada en el parque y está bastante aburrida. Los guardaparques pasan 45 días en el parque y 15 en casa. Ella está en el día 20. Uno busca trabajo, trabaja y aguanta, nos dice. No tiene libros -a lo mejor no le enseñaron en el colegio lo increíbles que son- y nos mira con algo de sorpresa cuando comentamos lo increíble que es estar allá. Su compañero, algo mayor, vive enamorado de la naturaleza y del parque. Es nativo del amazonas y alguna vez trabajó con un grupo de científicos.

Nos cuentan que tienen un cronograma, una rutina de recorridos periódicos y una plantilla donde registran todas sus observaciones. Lamentan que de Venezuela crucen, a menudo, a cazar o a cautivar animales para su tráfico. Para ellos es casi imposible controlarlo – son, a fin de cuentas, dos jóvenes de 20 años sin mayor herramienta que la autoridad que su camisa azul les da-. También cuentan que la gran mayoría del presupuesto, que no es mucho, se les va en gasolina para dar vueltas y para hacer mercado en Venezuela.

A lo largo del viaje vamos descubriendo que, en esta zona de la Orinoquía, lo que en Colombia es nada, en Venezuela es el Estado de Amazonas, capital Ayacucho. Allá hay carros, tiendas, mercados, estaciones del Ejército Bolivariano, afiches de Capriles, gente que baja al río para hacer wake-board y panaderías donde venden roscones. Lo comprobamos cuando, en nuestro cambio de embarcadero en “Morganito” (así se llama el puerto venezolano), nos coge un aguacero y decidimos ir a escamparlo al pueblo, a 5 minutos de distancia, mientras nos tomamos una gaseosa frente a una plaza que bien podría ser de cualquier pueblo colombiano. De vuelta al puerto vemos que, de nuestro lado del río, sólo hay selva.

Punto C. De vuelta en Puerto Inírida, río arriba, es decir hacia el sur: Mavecure (dos horas de lancha)

Los cerros de Mavecure son los más altos de una cadena de piedras antiquísimas (en términos geológicos) que han ido saliendo a flote en esta zona de la selva. Son tres: Pajarito, El mono, y El diablo.

Siempre que se sale o entra de Puerto Inírida hay que pasar por un control de la policía: cédula, profesión y a qué vienen. Nos dicen que está tranquilo, que hay minería informal, pero que no es de grupos organizados, que no nos alejemos mucho y que vayamos con maña. Pasamos el control y nos montamos en voladoras, esta vez chiquitas. El grupo va dividido y en la nuestra no hay techo. Giovanni y Tomás (Turu, en su nombre en puinave), nuestros guías y acompañantes, se ríen de nuestro pánico al sol y recurrente necesidad de hidratarnos, además de las mazorcas que parecemos por las picaduras. A ellos, nos dicen, la naturaleza les dice cómo protegerse y curarse.

En el rió nos encontramos, un par de veces, brigadas de la Marina, que preguntan quiénes somos y a qué venimos. En uno de los encuentros nos orillamos y visitamos su campamento provisional, cerca de un asentamiento. Había un mico que se llamaba Andrés. Los muchachos –de nuevo, poco mayores que yo, pero no demasiado– van armados hasta los dientes y tienen lanchas camufladas y con armas impresionantes. Vienen de todos los rincones del país y no dicen cuántos son ni para dónde van. Hacemos lo mismo que ustedes, dicen, caminar por ahí a ver qué encontramos. Juegan con los niños del asentamiento y se despiden de nosotros cuando nuestra lancha se aleja.

La llegada a Mavecure es imponente. A sus pies hay una comunidad puinave, donde viven cerca 35 familias, que antiguamente se consideraba hija de la montaña. Ya no. En el centro del asentamiento hay un internado –porque las distancias en el Guainía y Vichada son tales que los colegios funcionan como internados (sí, los públicos)- que está cerrado y donde nos dejan colgar nuestras hamacas.

¿Que por qué está cerrado? Ellos no saben bien. Los profesores iban a llegar en febrero, pero en la comunidad siguen esperando. En el colegio, cuando funciona, hay una especie de sistema de primaria, etnoeducación. Las clases son en lengua nativa y los niños aprenden español allí. Para hacer el bachillerato, los niños se van a Puerto Inírida y allí se quedan casi siempre, en el mundo occidental. Eso está muy bien, nos dicen con orgullo, nuestro jóvenes ya no son analfabetos y salen adelante en el mundo.

Cuando pregunto por sus prácticas, ritos, costumbres, lo que me quieran contar, aclaran que ahora los Puinaves son evangélicos y que por eso mucho de lo que quiero saber se ha perdido. Una señora alemana, de apellido Miller, vino hace unos 70 años e hizo una expedición evangelizadora muy exitosa (todas las comunidades de la zona son evangélicas). Hay, sin , un movimiento joven que busca rescatar las antiguas costumbres. Mi guía, que tiene 25 pero parece de 38 y creyó que yo tenía 14, no hace parte del movimiento y se pierde cuando le pregunto sobre las prácticas ancestrales. Esto nos lo cuenta sin pesar ni con un orgullo particular: es algo que es así y que es parte de la vida, como la ropa occidental que usa (camiseta azul) y que una americana que nos acompaña señala mientras le pregunta por qué no usa sus ropajes. Esta es nuestra ropa, le responde.

Al otro día embarcamos rumbo a Puerto Inírida, mientras en el atracadero ondea una bandera de Colombia roída por el tiempo. Caigo profunda y amanezco en Puerto Inírida. Al otro día volamos de nuevo a Bogotá. Mi vecino de puesto es un ingeniero electrónico que iba a instalar la máquina de rayos X, pero no le llegaron los repuestos. Tendrá que volver, pero le quedó gustando: es tranquilo y bonito. A lo mejor él vuelve y se queda, quien quita.

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