Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | octubre 6, 2012

La cruel penalización

Últimamente se habla mucho del aborto. Algo tiene que ver, creo, con la aparentemente inevitable reelección del Procurador Ordóñez (y el hecho de que el Presidente no haya ternado a nadie aún lo convierte en partidario de que esto suceda).

Pues bien, el debate del aborto tiene dos polos principales: el que señala que es un pecado mortal y que la vida empieza desde la fecundación del óvulo y, el otro, que señala que toda mujer en todo momento debe tener el derecho a abortar (a veces, incluso, pareciera plantearlo como una obligación para algunas) y que la vida solo empieza cuando se nace.

El segundo polo, no lo defiende nadie con demasiada fuerza. En general, las posiciones “pro abortistas” (aunque el término pro choice americano es mucho más acertado) defienden un derecho limitado, digamos aplicable solo a un primer momento de formación del feto, y nunca cuando este ya esté casi lo suficientemente desarrollado para ser un bebé independiente.

El otro extremo no admite la posibilidad de un aborto en ningún caso. Supone como valor máximo el respeto a la vida humana y más si esta es inocente y por tanto descalifica cualquier posible razón. Esta segunda posición suele ser representada por la Iglesia Católica y sus más fieles seguidores, como el Procurador (aunque no todos).

Ahora, si me preguntan a qué religión pertenezco diré que a la católica. Pero si me preguntan si soy religiosa diré que no tanto (se saldrá mi hippie interior y diré “más bien soy espiritual”). Pero a veces si me gusta entrar a una Iglesia y “saludar”, me gusta el sonido de una multitud orando y frecuentemente me encuentro dirigiéndome a un Interlocutor infinito y bueno que no todo lo hace (no sé si todo lo puede), pero todo lo entiende.

Dicho esto, me he confesado dos veces en la vida, voy más bien poco a misa, nunca pude aprenderme el credo y no me se la vida de ningún santo. Ah, claro, y soy pro choice, pro libertad sexual y reproductiva, no tengo ningún problema con el divorcio y defiendo el Estado laico, etc. (y le digo padre a un sacerdote y me tiene sin cuidado que haya o no un crucifijo por ahí). A lo mejor, si le preguntan a un católico ferviente él dirá que yo no soy católica (en verdad, no me parezca una pelea que valga la pena dar), pero si me preguntan a mi pues, si creo.

Creo que mi posición frente al aborto no se contradice con los valores religioso-espirituales católico-hippies, aunque no se fundamenta en ellos en absoluto. Probablemente en algún momento mi proceso deductivo esté mal o haya alguna premisa que me salté y me hizo llegar a un lado tan distinto. Al fin de cuentas, desconozco miles de cosas de la religión y de la iglesia. Pero ahí va:

La religión, como el derecho, es un sistema normativo y regulador de relaciones sociales, algo que los seres humanos necesitamos para sobrevivir como especie (el hombre es el animal político, dicen). Lo bonito de la religión católica, creo, es que Jesús era compasivo y enseñó eso (aún si no se es creyente eso se puede aprender). El ordenamiento jurídico nuestro, de manera parecida, consagra la solidaridad como valor fundante.

Por otro lado, quiero tener hijos (más de uno, ojalá). Quiero ir a partidos de fútbol, hacer fiestas de cumpleaños, cantar con ellos en el carro y caminar cogiendo una manito pegajosa por el parque. Quiero que un día, una personita me diga mamá. Y con todo, soy pro choice.

A mi modo de ver, el problema con un juicio absoluto que condene el aborto (o la píldora post day o, incluso, el sexo pre matrimonial) es que es una condena a priori, que no tiene en cuenta las circunstancias del caso concreto. Este tipo de juicio corre el peligro (y lo hace en varios casos) de castigar lo que busca proteger: una vida humana inocente. Es el típico caso de una niña de 11 años que queda embarazada en una violación, una chica de 16 que si sus papás se enteran de que quedó embarazada la van a moler a palos y la van a botar a la calle, condenándolos a ella y a su hijo a una vida mucho más difícil y cruel, pero que en caso contrario podría acabar bachillerato y hacer una carrera. También el caso de una mujer cuya vida corre peligro por tener el niño, o de un bebé inviable, donde el nacimiento del bebé será seguido de su muerte (inmediata o poco después) causándole solo sufrimiento al bebé y a sus papás. Pero también es el caso de una chica que siente en lo más profundo de su ser que no puede tener un hijo en ese momento y, ese sentimiento, le parte el alma.

Una persona compasiva y piadosa no puede exigirle a otra que sufra así, desproporcionadamente. Una institución – el Estado – tampoco. La decisión de abortar no es un capricho. A NADIE le va a parecer divertido que le saquen del útero algo, menos un posible hijo. La compasión así entendida – un poco jurídica, qué le vamos a hacer – implica velar por cierta proporcionalidad entre los hechos, las acciones y la consecuencia de los mismos. Una compasión de “pobre tu, pero chupa”, simplemente me parece hipócrita.

Claro, no se trata tampoco de que sea un derecho absoluto, el derecho al aborto. Creo que un embarazo de 7 meses se escapa de esta posibilidad casi siempre, porque ahí ya hay un bebé, además de 7 meses de tiempo en el que esa mujer decidió seguir con su embarazo.

Pero en el caso del aborto que sostengo la única doliente – de verdad – es la mamá que no fue. A nadie más le importa de verdad, a nadie más le duele de verdad. (Es que nadie más se entera.) Y, como a nadie más le hizo daño, no tiene por qué pagarle nada a la sociedad. La responsabilidad penal y civil (la necesidad de pagar por lo hecho) se fundan en que se hizo algo y/o alguien salió perjudicado. Cuando el perjudicado es uno mismo, nadie más se puede meter con autoridad, mi vida es mía. (Mi cuerpo es mío) – y, como supondrán, no creo que un embrión de una semana sea una persona o que tenga los mismos derechos que una mujer.

Una sociedad compasiva – o solidaria – está ahí para acompañar su decisión, cualquiera que sea. No para convertirla en delincuente.

 Oruga

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