Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | diciembre 19, 2012

Editorial de La Edición de Paz del periódico AlDerecho

Los miembros y lectores de AlDerecho pertenecemos a una generación que creció con miedo. Nacimos durante el auge del narcotráfico y dimos nuestros primeros pasos en la época de las bombas. Los más afortunados no tenemos mayores recuerdos de esto, pero otros recordamos por ejemplo que en casa, siempre debía haber una ventana abierta para que las ondas de las bombas cercanas no tumbaran los vidrios, que nunca debíamos decir a un extraño en qué trabajaban nuestros papás o que un tío que fue a la finca tuvo que quedarse allí mucho tiempo, que llegó flaco y taciturno y que, nosotros (la familia) nunca pudimos volver. Crecimos, en fin, oyendo hablar (si no viviendo) la bomba del club el Nogal, la toma del avión de Avianca, “las pescas milagrosas”, el fallido proceso de paz del Caguán, el miedo de ir más allá de la Calera y el pesar de no conocer las carreteras del país, de las que nuestros papás tanto hablaban. Luego, el discurso de seguridad cambió un poco las cosas: lo nuevo era que la guerra la podíamos ganar y nuestros papás nos sacaron a pasear en carro por lugares donde ya se podía pasear.

Pero, en realidad a muchos todavía nos confunde pensar en “Colombia”: esa paradoja geográfica donde se junta gente muy distinta entre si (y tan parecida al mismo tiempo), paisajes bellísimos e infinitamente diversos, donde se juntan el siglo XXI en plena expresión y culturas ancestrales resguardadas en lugares remotos. Ese lugar de sonrisas y olor a tinto fresco y ese mismo lugar donde las más terribles y sanguinarias crueldades se cometen y se olvidan. Ese lugar al que se puede ir a veces y al que otras mejor no, donde hay preguntas que es mejor no hacer y donde hay cosas que es mejor no contar. Colombia es tanto la respuesta a muchos de nuestros llamados como el origen de muchas de nuestras preguntas, preguntas que por ese miedo tan nuestro ya ni siquiera sabemos que deberíamos hacernos.

Una de esas preguntas, que hoy, para nosotros, está más vigente que nunca, gira en torno a la paz. Desde niños, nos ponemos camisetas blancas, marchamos, liberamos palomas y cantamos canciones pidiendo por la paz. Pero son raras las veces que hemos encarado la pregunta e intentado definir qué es paz, qué incluye paz, qué estamos dispuestos a ceder y qué no, si se hace por la guerra, si es contrario a la guerra, si es mejor o peor que la guerra. Quizá, en últimas, lo que soñamos e intuimos como “Paz” no sea otra que no tener más miedo, quizás eso es ser libre.

Aceptamos entonces el reto que Julieta Lemaitre nos propuso en la inspiradora entrevista que nos concedió y, en esta edición, asumimos un riesgo: abordamos el tema de la Paz, ese lugar común donde pocos parecen estar de acuerdo. No tenemos una visión institucional y por eso quisimos dar cabida a sus comentarios, de profesores y estudiantes. Creemos que darles voz, a ustedes, en este tema es una excelente forma de construir una noción de paz que sea nuestra. Creemos también que es una primera pregunta fundamental y básica – si no en términos prácticos, si políticos e ideológicos – para soñar el país que, así suene a cliché, está en nuestras manos. 

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