Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | marzo 12, 2012

Quema de vagones

Este artículo fue escrito para la revista virtual Censurados:Cero y fue publicado en esta revista el 12 de marzo del 2011. 

Quema de vagones

Hace años, cuando le pregunté a mi abuela qué pasó el viernes 9 de abril de 1948 me contestó que quemaron el tranvía de Bogotá.

El pasado viernes 9 de marzo del 2012 se tiraron (¿quiénes?) las estaciones de Transmilenio que pasan por la Caracas.

Fue mi abuela la que me llamó a que prendiera la televisión para que viera lo que estaba pasando. No le contesté, estaba en cine. Total, yo vivo por la séptima y no uso Transmilenio. (¿A mi qué?)

El Tranvía, en cambio, inaugurado en 1892 cogía toda la séptima hasta Chapinero. A lo mejor si no lo hubieran quemado lo habrían expandido y hubiera llegado hasta la 170 o algo así y entonces yo podría montar en tranvía para ir a la Universidad, lástima que lo quemaran. Obviamente no lo volvieron a construir, la quema fue una excusa para no seguir con él y en 1951 lo acabaron del todo, echaron asfalto sobre los rieles y, supongo, sembraron la primera semilla para la sagrada institución Germania – Javeriana – Toberín, que me transporta todos los días.

Montar en bus es una aventura. Me encanta – de verdad.

Me encanta que apenas yo estiro el brazo y le hago signos de que ¡por favor voy tarde y tengo clase de 7!  el conductor del bus verde atraviese los tres carriles de la 7ma en diagonal, y haga que 5 carros frenen en seco porque sino los aplasta.

Me parece lo máximo que el conductor me haga señas de que está repleto, pero que si me monto por detrás a lo mejor quepo si el no cierra la puerta – yo me agarro duro – y arrancamos cruzando en otra diagonal hacia la izquierda (porque la derecha por definición es más lenta) con mi morral azul al aire de las 6 de la mañana y yo bien cogidita, porque soy súper torpe pero aquí no puedo darme el lujo de caerme. El bus despide una humarada negra bastante sospechosa y dibuja en el cielo su recorrido, como un tren de caricatura.

 Eventualmente alguien se baja, yo puedo subirme de verdad, saco el billete de 2000 y – ojo – se lo entrego a alguien que esté en el pasillo y mi feliz billete va de mano en mano, por todo el bus, hasta la caja. El conductor se paga los 1450, pone en el buzoncito ese los 550 de cambio (obviamente todas son monedas de 100) y mis vueltas viajan de mano en mano hacia mi, que ya estoy un poco más acomodada porque una señora muy amable me ofreció cargarme el morral. Yo voy feliz escuchando música con mi iPod y, a pesar de que procuro no sacarlo, nadie, nunca jamás, ha tratado de quitármelo.

Como soy súper torpe y bajita, a pesar de que trato de agarrarme bien de una silla o de las barras, suelo bambolearme como nadie cada que el bus frena o gira duro – que no es nada a menudo, no – y me da pena pegarle a todo el mundo, pisarla etc. A un amigo con el que me encuentro caminando a la 7ma le decía una vez que para mi era como jugar Twister mientras montaba en un carro de Crash, esos carritos de carreras del juego de play. Pero nadie me regaña, al contrario, me sostienen el morral o me dejan sentarme cuando alguien se para. Todos vamos juntos en las mismas, el señor de corbata, el muchacho que va para el colegio militar como de la calle 50, la señora que trabaja en algún apartamento en Rosales, el que va para las obras de la 60 y los estudiantes como yo. Vamos juntos en ese viaje.

 Por eso me gusta montar en bus, porque siento que “vamos juntos” y como vamos juntos, no me roban mis 550 pesos, ni nos miramos distinto por como vamos vestidos. También me gusta, lo reconozco, porque se que no es mi única opción. Los fines de semana me muevo en el carro de mis papás y algún que otro día un amigo me recoge entre semana, porque si estoy muy cansada mi papá me recoge cuando sale del trabajo y no tengo que devolverme en bus.

Pero, en fin, el bus se va desocupando de gente que va a trabajar – se bajan muchos en la 100, en la 72 y más adelante en el Centro Internacional, a la altura del Tequendama – y se va llenando de “pelaos” como yo. Por tarde, cojo asiento en la 45 cuando se bajan todos los que van para la Javeriana, la Gran Colombia o la Piloto. Abro la ventana porque el calor es infernal y ahí me distraigo mirando hacia fuera hasta que llegue mi parada, donde el bus queda prácticamente vacío y el conductor se parquea, compra un salpicón y le pide una copia de ADN al man de la esquina. Ahí mismo arranca, tiene que llegar al otro extremo de la 7ma rápido, para alcanzar a recoger a la otra gente que entra a trabajar/clase como a las 8:30 o 9.

Porque obviamente el señor – que es un animal manejando – casi nunca  tiene un contrato, un sueldo fijo, alguien que le diga a qué hora salir y a qué hora no y por eso va como alma endiablada haciendo zigzag por la séptima, en plena guerra del centavo poniendo en riesgo la vida de todos los pasajeros. Por eso tiene al hijo de 7 años de asistente para que sea el que de las vueltas – practicará matemáticas – y él pueda estar alerta pescando pasajeros. Tampoco creo que pare muy seguido a lavar el bus ni la cojinería – al menos no se nota.

Transmilenio es un esfuerzo – a lo mejor incompleto, insuficiente, incómodo, caro – por dignificar algo tan básico como el transporte público. Porque el conductor tenga prestaciones sociales y porque ese niño no vaya más bien al colegio. Porque la gente tenga el derecho (tangible, no en papel, como tantos en este país)  a montarse en buses seguros y medianamente limpios, a esperar el bus en una estación con techo cuando llueve, a estar seguro de que el conductor tiene pase, a tener la certeza de que las probabilidades de que lo  atraquen a uno adentro sean pocas (lo del ratero de bolsillo si no hay nada que hacer, pero pasa “hasta en los mejores países”). Porque a mi, así como me encanta montar en bus en horas pico, no me gusta nada cuando va vacío, no hay un “vamos juntos” que me proteja, solo un monstruo de latón donde cualquier cosa puede pasar.

Pero nuestra reacción es medio cavernícola y nada que ver con esa “dignidad” de la que hablaba en el párrafo de arriba. Nos parece súper chévere ser rudos e indiferentes y andar por ahí rompiendo vidrios y saqueando cajas fuertes y mostrando (me partiría el alma escribir demostrando) que en este país solo hay un “vamos juntos” a las 6 de la mañana cuando se trata de cuidar un billete de 2000. De resto, nada, no es conmigo, nunca es conmigo. Aquí es la ley del más vivo, del más fuerte, del más pendejo. Va quien sabe quién y rompe todo y los que quedan en la nada son los usuarios de menos recursos que no pueden pagar taxi ni tienen carro ni un papá que los recoja cuando salga del trabajo. (Además con lo rápidos que somos con las arreglos en esta ciudad a lo mejor es a mis hijos a quienes les toca volver a ver el TM de la Caracas)

Quién sabe a cuál es la lógica detrás de todo… Que donde hubo fuego cenizas quedan y salga de las cenizas volando un Fénix precioso, todo perfecto. Rezarán los titulares: ¡el metro de Paris aparecido en Bogotá! Todo porque ellos fueron brillantes y nos mostraron – pero ya sabíamos – que saben romper vidrios. Se olvida que como en las torres naipes, destruir solo requiere un soplo, pero armarlas es un ejercicio que demanda toda la energía y concentración del mundo. Y tiempo y paciencia…

Pero cómo van a saber, acá rara vez se construye algo y por eso mi abuela se lamenta hasta el día de hoy que quemaran el tranvía cuando ella tenía poco más que mi edad.

Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | marzo 8, 2012

(Querer) Ser mujer

Este es un artículo que escribí hace un rato para otro medio, con base a algo que ya había aparecido por aquí (no lo publiqué). Pero hoy, día de la mujer, me lo pongo aquí porque eso de ser mujer no pasa solo un día al año, así que no importa que no lo haya escrito para hoy.

Oruga

 

(Querer) Ser mujer

 Las defensoras de los derechos de las mujeres nos acusan, ¨a las jovencitas de ahora¨, de no valorar lo suficiente nuestra libertad. Señalan que a pesar de que podemos controlar nuestra propia vida, seguimos obsesionadas con encontrar ¨un hombre¨. Así, como prueba del fracaso del feminismo, señalan la supervivencia del ánimo seductor y sensual en las mujeres jóvenes que se ven por la calle. Este mismo atributo lo condenan otros por ser objeto de tentación y lo usan incluso para justificar violaciones a los derechos de las mujeres (¨es que tenía una falda muy cortas¨).

Los unos nos quieren con burka, las otras sin pintalabios ni tacones. Prefiero la segunda opción, pero tampoco me encanta. La pregunta ahí es cómo entendemos (y cómo queremos) ser mujer las jóvenes de pleno siglo XXI.

Yo entiendo el feminismo de mi generación como el resultado de dos momentos principales: el primero tenía como meta principal reivindicar la igualdad de género. En este se defendía sobre todo la igualdad intelectual (tanto hombres como mujeres pensamos). Con base a esto, entonces, se argumentaba que éramos merecedores de los mismos derechos: era una lucha por la igualdad formal. Entonces, para evidenciar esta igualdad, las mujeres asumimos cualidades que tradicionalmente – lo que quiera que esto signifique – estaban en los hombres: usar pantalón, pelo corto, fumar en público, etc.  Así, durante un momento usar falda o medias veladas podía ser visto como una forma de contradecir el movimiento pro-igualdad.

El segundo momento, mucho más reciente, no solo lucha por el reconocimiento de la igualdad en muchas cosas sino del reconocimiento de la diferencia en muchas otras. Así se busca, por ejemplo, que se reconozca que las diferencias biológicas crean circunstancias especiales que merecen atenciones especiales. Me refiero al embarazo, por ejemplo, al hecho de que las mujeres son sexual y físicamente más vulnerables e, incluso, a los efectos de los enormes flujos hormonales de nuestro cuerpo. Estas diferencias hacen necesaria la aparición de tratos diferenciados, como políticas que busquen garantizar la protección frente a abusos sexuales en el trabajo, licencias de maternidad, instalaciones sanitarias con ciertos mínimos (no podemos orinar paradas), etc. Es “Iguales en lo igual y diferentes en la diferencia”.

Lo bonito del reconocimiento de estas diferencias es que significó volver a ganar características que habían sido sacrificados, no en vano, en el primer movimiento feminista. Ya no es necesario ocultar la fragilidad, las curvas, la dicha de poder ser mamá, las deliciosas idas al salón de belleza. Estos rasgos han ido perdiendo su connotación de inferioridad y sumisión para convertirse en la libre expresión de una forma de ser. Hemos en suma, ido recuperando la sensualidad, ese maravilloso atributo femenino.

De todo esto ha surgido, que en el siglo XXI las definiciones se ampliaron y hay muchas formas de ser mujer, así como hay muchas formas de ser hombre y muchas formas de ser que no son ni de hombre ni de mujer exclusivamente – casi todas. Así, ellos pueden vestirse de rosado, llorar en una película, estudiar arte, sufrirse una tusa y seguir viendo partidos de rugby mientras toman cerveza. Las niñas podemos estudiar física pura, fumar en espacios públicos, caminar solas por la calle, opinar y pensar.

Pero no me malentiendan, no creo que ser mujer de pronto se haya vuelto facilísimo, ni creo que esta sea una forma generalizada de entender a las mujeres en el siglo XXI.

Por un lado, tanta libertad no deja de ser difícil de manejar. Ahora que vemos un mundo de posibilidades abierto en el que se supone que podemos ser mujeres queremos hacerlo todo. (Muchas, no todas) no estamos dispuestas a abandonar la historia de amor del Siglo XIX, encontrar al perfecto Mr. Darcy, ir a bailar, el beso apasionado frente a la casa en una noche de luna llena pero tampoco estamos dispuestas a abandonar las conquistas del Siglo XX: queremos doctorado, sueldo, trabajo, expresarnos. Da un poco de miedo saberse tan capaz, saber que por primera vez en dos milenios de historia occidental somos casi tan dueñas de nuestro  futuro como, se supone, lo han sido los hombres (aunque esto último también podría estar sujeto a un gran debate). La libertad puede ser un encarte, si, pero uno que quizás valga la pena.

Por otro lado me dirán, y con razón, que mi feminidad optimista y apoderada choca apataratosamente contra la realidad. Abrimos el periódico y vemos que seguimos en una sociedad que sigue siendo patriarcal. Una sociedad en la que las mujeres seguimos siendo el principal remplazo a los electrodomésticos (y no al revés) y la mejor manera de arreglar algún tipo de disfunción en estos artefactos de atención y entretenimiento (ojo van y opinan, niñas) es un puñetazo.

Mi abuelo decía que la mejor forma de amansar a una mula era poniéndole tanto peso en la espalda como para que ya no pudiera cargarlo y se doblegara. A muchas mujeres y niñas las siguen tratando así.

En esto, Bolillo no es más que el chivo expiatorio. También, como ya pasó hace unos días ya nadie habla de eso… Lina, quien argumenta que sufrió de acoso sexual en su lugar de trabajo y ha sido “víctima” de los medios de comunicación, es solo una de tantas en situaciones similares, solo que ella se atrevió a hablar (ver columna Catalina Ruiz-Navarro). No creo que sean muchos/as quienes no conozcan a alguien o que hayan sufrido algo similar, si no ha sido en carne propia. Tampoco creo que no sean pocas las que, como la víctima del otro comentado suceso, guardaron silencio. No creo que sean pocas las que hayan pensado lo mismo que la Senadora (representante del pueblo) que salió a decir que, seguramente, se lo tenía merecido, que dio papaya, que así es como tiene que ser.

La libertad, entonces, que las niñas de ahora creemos tener no está tan garantizada ni es tan reconocida: no solo por la Federación sino, incluso, por nosotras mismas. ¿Cuántas violaciones sin ser denunciadas? ¿Cuántos insultos? ¿Cuántos abusos? ¿Cuántas de ¨nosotras¨ que creen en algún lugar profundo que un hombre puede pegarle a ¨su mujer¨ cuando esta se lo merezca, que de pronto no era para tanto? Que golpeen, humillen o irrespeten a alguien, hombre o mujer, nos debería indignar a todos y todas. Es que nos están pegando/acosando/irrespetando a todos y a todas. Eso deberíamos tenerlo claro.

El feminismo no fracasó, entonces, porque el maquillaje haya sobrevivido. No fracasó porque el discurso sí ha ido calando en la sociedad y lo evidencia la oleada de manifestaciones públicas y privadas que condenaron los hechos y las más exóticas manifestaciones. No fracasó tampoco porque muchas ¨jovencitas¨ nos sentimos orgullosas de ser como somos. Eso no implica, no obstante, que no falte luchar aún por verdaderas garantías y por verdadero reconocimiento y educación para muchas otras mujeres, mujeres que en muchos casos prefieren o creen sinceramente merecer el trato de una mula doblegada (y lo defienden). Quizás el mayor reto que enfrentamos ahora es, entonces, que todavía nos falta convencernos a nosotras mismas, convencernos de que está bien ser mujer.

Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | enero 29, 2012

Cerezos de año nuevo (…chino)

Cerezos de año nuevo (…chino)

2012, Año del Dragón

Hay una historia de “El libro de las virtudes para niños” (seguro la grandísima mayoría de ustedes lo tenían: era grande y amarillo) que se llama algo así como El cerezo de George Washington. En ella, cuentan que cuando el presidente de Estados Unidos era niño su padre le regaló un hacha. El niño salió dichoso a jugar y a cortar malezas y, mientras la blandía por todos lados, cortó un pequeño cerezo que su padre había traído de un viaje, y que cuidaba con bastante esmero.

Aterrado, pero consciente de su error, Washington hijo fue al despacho de su padre y le contó lo que había sucedido. Su padre visiblemente molesto le señala cómo destruir el cerezo le tardó solo 5 segundos de descuido y cómo, en cambio, cuidarlo y lograr que creciera le había tardado a él (el padre) mucho esfuerzo y tiempo. No obstante decía que prefería tener un hijo valiente y noble (que confesó su error y estaba dispuesto asumir las consecuencias) antes que un bosque lleno de cerezos. Se abrazaban y mi mamá o papá me decían que ahora si a dormir. Algo así era la historia.

“Destruir tarda solo un minuto mientras que construir algo puede tardar la vida entera”. Es parecido con algo que hablaba recientemente con unos amigos, respecto a SOPA y ACTA y los libros piratas del centro y lo paradójico que es que lo ilegal (lo malo) sea más barato que lo legal (lo bueno). En general es así, sin prejuicio de que en el caso de la música pues a lo mejor los calificativos de malo y bueno no apliquen, pero uno siempre podrá robarse la boleta e ir al concierto… Son medidas o consecuencias sociales las que suben el precio de “lo malo” las que pretenden reequilibrar la balanza: la cárcel, una multa, un castigo, irse a la cama sin postre… pero pareciera que el valor de sólo hacer las cosas bien no es suficiente o, si en el fondo nos parece bien, es demasiado caro.

Y así, cuando destruir es más fácil y construir más difícil podemos terminamos por hacer de destruir una práctica común. Destruimos las opiniones y acciones de la gente con comentarios cargados, sin tener lo más mínimo en cuenta cuánto esa persona tardó en hacer algo, y así quedamos como unos duros que todo lo saben, todo lo conocen. Lo hacemos sin notar que habrá veces en las que valdría detenerse a pensar si vale la pena. (Por darnos de machos jardineros que cortan malezas no nos damos cuenta de los cerezos chiquitos y los mochamos)

.    .    .

“Pero es que uno no puede detenerse por herir susceptibilidades” le oí decir a dos personas en estos días. A la primera persona le dije que tranquilo, a la otra que estaba loco, eran contextos distintos. Creo que hay que tratar (¿por qué no?) de no andar tumbando cerezos a menos que en serio estén en nuestro camino (y estemos convencidos de que el nuestro es un buen camino), cuestión de respeto y humildad a lo mejor. Habrá cerezos que, ni modo, toca replantar y eso funciona y está bien. Hay otros que a lo mejor vale la pena dejar. Habrá algunos que no se nos habían ocurrido y que a lo mejor por dárnoslas de valientes  y osados con un hacha nueva, podríamos atacar algo importante, incluso de buena fe, como Washington hijo, lo que pasa es que al cerezo caído no lo hace menos caído que no haya habido mala intención. Todo sin perjuicio, claro de que a la maleza si es mejor quitarla.

Disfrazarse, por ejemplo, de Nazi en Halloween le causó tremendo problema al Príncipe Harry de Inglaterra hace varios años. Él ni siquiera tumbó un cerezo, solamente le clavó un alfiler a uno gigante que en Europa está bien plantado: el respeto absoluto por un pasado triste y tenebroso – que es una gran forma de no olvidarlo nunca. No eran susceptibilidades y por muy Halloween que fuera, ese tema no va, nunca, en chiste. Ese es un cerezo que nadie puede tocar. (En Colombia, ¿tenemos de esos cerezos?)

.   .   .

Un profesor mío dice todos los días: “La única forma de que aprendan ustedes (adolescentes) es haciéndolos sentir mal. Por eso en mi clase se van a sentir mal”. También dice que “la función de la educación no es hacer que alguien sepa cosas que no sabía sino hacer de alguien, alguien que no existía.” La primera cita la detesto, la segunda me gusta.

Creo que se equivoca en la primera. Creo que, si bien tiene razón y haciendo sentir mal se aprende, hay una forma más efectiva de hacer la conversión que él tanto quiere (aunque, a lo mejor no siempre funciona y un poco de expiación no viene mal). Creo que los mejores profesores son aquellos que le muestran sus estudiantes algo diferente, algo que mostrado por ellos tiene cara de ser maravilloso y apasionante, y lo hacen a uno desear y sentirse capaz de convertirse en eso. Esos son los grandes maestros.

(Leer a Camilo Jiménez me hizo sentir que quizá era uno de esos…) Yo afortunadamente he tenido varios así. Washington papá era uno de esos: prefirió cuidar los cerezos de su hijo y dejar que cayera uno que, en últimas, no era tan importante.

Ser “valiente y noble”…ser un buen/a guardabosques… respetuoso/a… En fin, por ahí van mis reflexiones del primer fin de semana del año del Dragón. Algo dispersas e inconexas lo sé, prometo poner más conectores e hilar mejor mis ideas en la próxima entrada.

(Feliz año)

Oruga.

Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | enero 16, 2012

La moraleja de México

En México todos preguntan por Colombia. En qué es diferente, en qué se asemejan, qué nos gusta de su país, qué no nos gusta, si nos deslumbran sus carreteras, si nos impresionan sus barrios de invasión. En el mar de preguntas que nos caen a los colombianos a diario, existe subyacente la noción de que nosotros hemos superado el monstruo del narcotráfico y les pasaremos la varita mágica. Las élites mexicanas expresan abiertamente su admiración por Uribe, Peñalosa lo mencionan en cada conversación como ídolo por su modelo para Metrobús. Lo que pocos parecen entender, es que Colombia no ha logrado erradicar los demonios del narcotráfico, que Uribe está más emproblemado que nunca y que Peñalosa no fue el único artífice de la transformación de la capital bogotana. Lo triste es que esa respuesta no es fácil de recibir. Es más cómodo seguir pensando que en algún rincón del continente ya lucharon contra los secuestros, los asesinatos selectivos, el dinero fácil del narcotráfico, y que ya están del otro lado. Es cierto: en Colombia llevamos décadas combatiendo esos fenómenos, pero no estamos del otro lado, y el camino de la reconstrucción no ha sido fácil. Los nombres han ido cambiando y ahora la lucha es contra las BACRIM, contra la impunidad, contra la tergiversación de las masacres. Aún así, creo que los mexicanos y los colombianos estamos hechos los unos para los otros – conocemos de la corrupción, hablamos español, y tenemos una cierta empatía que nos permite conversar abiertamente sobre lo que nos duele de nuestro país. Nos llevan años luz en orgullo nacional, en estar orientados a rescatar sus colores, sus santos, sus tradiciones y sus comidas. Nos llevan años luz en infraestructura vial, en puentes, avenidas, autopistas. A los dos nos falta el tren – pero ellos tienen montado un sistema de buses que permite atravesar montañas enteras y distancias enormes en el tiempo que nos tomamos en ir a Tunja. Ya quisiera yo que hicieran ellos el Túnel de la Línea a ver si acaban antes del 2020. Quizás lo que ocurrió es que tuvieron tiempo para cogernos ventaja; mientras en Colombia nos dábamos por la cabeza en el S XIX en la Guerra de los Mil Días y en las otras mil batallas que la antecedieron, ellos estaban trayendo arquitectos para hacerles sus mercados, planificando ciudades cosmopolitas, construyendo teatros en Guanajuato, etc. Sí, sé que el tema del Porfiriato es delicado, y dificulta las comparaciones, pero sí siento que el orgullo que sienten por lo propio, y el deseo de proponer soluciones, vendría bien imitarlo en Colombia.

Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | diciembre 7, 2011

De marchas y bombas

De marchas y bombas

Hacía días que no escribía. Y han pasado muchas cosas desde entonces sobre las que habría valido la pena escribir, pasando por el invierno (que ya más que una estación parece es un estado), Occuppy Wallstreet, las manifestaciones estudiantiles, las marchas, el congreso de feminismo… el asesinato de los secuestrados y la marcha de ayer.

Pero voy a escribir sobre salir a la calle a marchar. Yo no salí a marchar. No propiamente por hechos que se me hubieran salido de las manos, pero tampoco porque esté en contra de la marcha… Los estudiantes marcharon todo el mes pasado. Y, bueno, los de OWS no solo marcharon sino que se tomaron la calle. Una marcha podría verse como una mini-toma de la calle.

Pero marchar en casos como el de ayer tiene sus defensores y sus contradictores. En ambos bandos hay gente a la que quiero y admiro mucho. Sobre los motivos de los primeros, los que marchan, no es necesario referirse, sobran. Los motivos de los segundos son quizá más interesantes. Hay un excelente artículo de Carolina Sanín escrita hace unos años pero que, como todo en este país de Cien Años de Soledad, solo era cuestión de esperar un poco para que el ciclo se repitiera y volviera a ser perfectamente válida.

Las marchas – sostienen – son superficiales, sirven de antídoto para el que nunca hace nada, engañan a la multitud haciéndola creer que tiene voz, no son apolíticas (como pretenden serlo) son “inútiles”. Se parecen a la religión, podrían decir muchos. Y qué bonita oportunidad para hablar de religión y marcha cuando ya la mitad de Bogotá parece un almacén de bombillos de colores y toca echarse bloqueador 50 SPF para salir en la noche.

La religión, como las marchas, creo, tienen un alto valor social. Y no, no soy monja, no me confieso casi desde mi primera comunión (que no me lea mi abuela) y voy a misa más bien poco. Pero “creo” y, creer en algo, en lo que sea, es importantísimo. Si no, pregúntenle a Steve Jobs (está bien, a alguno de sus biógrafos). Alguien también dijo que la fe mueve montañas. (Otro que la religión es el opio del pueblo, pero estamos a favor de la dosis personal…)

Entonces, de acuerdo en que las marchas son superficiales y sirven para apaciguar el ánimo de redención del que generalmente es indiferente. Pero, a ese que es indiferente no lo culpo. Indignarse en este país es agotador, hace que uno no quiera volver a salir a la calle, leer el periódico, da mareo. Van 50 años de guerra. Un poquito de indiferencia se necesita para sobrevivir, para salir a la calle y no llorar en casi cada esquina. Entonces salir a marchar una vez cada año o dos es una forma de decir “en el fondo si me importa”. Es como confesarse (el que lo hace de corazón, no como requisito de entrada al Cielo) es decir: si, me equivoqué. Y esto no cambia nada del país pero a nosotros, como sociedad, nos cambia mucho, así sea por un instante y después todo vuelva a ser igual (más trancón).

Las marchas tampoco son apolíticas. Pero, siendo realistas, nada lo es. Es un acto político la forma como se saluda a un reciclador, la forma de vestirse, el tuit de todos los días… Entonces si, es una forma de apoyar al gobierno y al ejército. Que tendrán miles de defectos, pero una que otra virtud sin duda. Es también una forma de decirle al soldado que tiene mi edad (porque tiene mi edad y es soldado y no estudiante) “Oiga, todo bien. Gracias”. ¿Gracias por qué? Cada quien verá. Yo, le doy las gracias porque se va al monte para que a mi no me secuestren cuando quiero ir al Cocuy con mis amigos. Por eso también hago thumbs up cada vez que paso por un retén, y porque tiene mi edad.

Y, finalmente, son inútiles. A lo mejor, pero depende de cómo definamos “utilidad” e inutilidad. (El arte es inútil… e infinitamente necesario. El espectro es amplio, ¿si ven?) En un artículo de La Silla Vacía le preguntaron a ex secuestrados y familiares de secuestrados que sentían frente a las marchas y la reacción era mayoritariamente positiva. Eso si, decían que seguía un periodo de desilusión cuando después no pasaba mucho. Pero, en una lógica “utilitarista” a nadie le duelen, a muchos alegra, crea algún sentido de unidad nacional, de “nosotros somos más”… No veo por qué no. Porque tienen toda la razón los que dicen que somos impotentes. Que algo podríamos hacer, claro que si. Pero el día alguien apunta con una pistola, ese día no importa si uno es hijo de un zapatero o del dueño de Nike. A los dos los están anulando como personas dignas de la misma manera. (Y a todo el género humano, pero en fin.)

Es como el niño dios. No existe, son los papás. Pero el otro día me encontré un globo con una carta amarrada a la cola. Como se había mojado, la carta ahora era muy pesada y la bomba no subía. No había niños alrededor y seguro el pequeño autor de la misma estaba lejos de allí. Pero de todas formas quisimos que la bomba volara porque alguien, nada menos que un niño, había puesto en ella sus deseos de Navidad. La carta la cogí (y ya no tenía nada, la lluvia la había lavado) y la puse en algún lugar seguro. La bomba voló alto al cielo ya despejado. Y nada cambió. Pero, en algún lugar, todo cambió. (O a lo mejor no. A lo mejor solo soy una eterna romántica, pero solo así la vida es llevadera. Y es más bonita.)

Entonces cada cual verá si marcha o no. Lo importante es que tanto los unos como los otros parecen estar unidos en lo fundamental. Ya es otra cosa (menos importante) si de ahí deducen salir o no.

Oruga

Dato curioso: esta entrada NO refleja la opinión de todos los alicianos. Uno que otro estará tentado a escribir diciendo cómo esta oruga está loca.

Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | octubre 28, 2011

El negocio del voto en blanco

El negocio del voto en blanco

 ¿Quiere ganarse unos buenos millones, de la noche a la mañana, sin necesidad de meterse en el negocio del narcotráfico? Es muy fácil, usted simplemente tiene que convertirse en Promotor del Voto en Blanco. Sí, así como lo oye (o lo lee); ahora el Voto en Blanco es un negocio, y uno bien jugoso. Resulta que desde la última Reforma Política (sí, esas cosas que se aprueban en el Congreso cada 3 o 4 años y que prometen limpiar la política de todos los males y porquerías que la aquejan) los Promotores del Voto en Blanco recibirán la “reposición de los gastos de campaña” igual que los demás candidatos. En efecto, la Reforma Política de 2011 –Ley 1475 de 2011- establece que los Promotores tendrán acceso a la reposición de gastos siempre que obtengan más del 4% de los votos válidos.

¿Cómo? Sí, está leyendo bien. Eso significa que por cada voto en blanco que se deposite (su voto, el mío, el de todos) los promotores recibirán $1.624 pesos en el tarjetón de Alcalde y Concejo; y recibirán $2.689 pesos por cada voto en blanco en las elecciones de Gobernadores y Asambleas. Suena bien, ¿no? Quiero decir, imagínese que usted es promotor y terminan habiendo 100.000 votos en blanco en las elecciones de Alcalde de Bogotá, Barranquilla, Medellín, o Chipaque –por ejemplo-; en ese caso usted, como promotor, se haría acreedor de enorme y maravilloso monto de $162.400.000 pesos. Con 350.000 votos usted tendría $570’000.000.  Pero, ¿de dónde saldría toda esta plata?, podría preguntarse un cuidadoso y preocupado lector. De nuestros impuestos, claro está; de los suyos, de los míos y de los de todos porque es el Estado el encargado de girar –reponer- estos dineros.

¿Y cuál es el problema de todo esto? Ninguno, en el papel, en el mundo de lo ideal y lo correcto. Lo que pasa es que el mundo de la política –y en eso, señor lector, estará usted de acuerdo conmigo- está muy lejos de ser un mundo ideal y correcto. Por esta razón, que el Estado dé plata a unos “promotores” por cada voto en blanco depositado se presta para muchos problemas. De hecho, como usted ya lo habrá pensado, es un negocio redondo: basta con inscribirse como promotor, y esperar pacientemente hasta después del domingo. En ese momento podrá recibir la plata y salir de su estrechez económica. Pero usted no es el único y ya mucha gente ha pensado en este negocio.

Es así como el Consejo Nacional Electoral se vio obligado a elevar los requisitos necesarios para poder convertirse en promotor del voto en blanco. Sin embargo, sigue siendo fácil convertirse en uno. Simplemente basta con tener el 20% firmas de los electores en capacidad de votar, y este número, según la norma, no podrá ser superior a 50.000 firmas en ningún caso. Ser promotor requiere entonces, a lo sumo, de 50.000 firmas. ¿No es muy complicado, cierto?

No deje que nuestros impuestos se dilapiden entre un montón de promotores que poco o nada han hecho por nuestras elecciones. Y es que ese es el otro problema: se trata de promotores invisibles; ¿o es que usted ha sido bombardeado por las agresivas campañas de juiciosos promotores del voto en blanco? La idea de la reposición de los gastos de campaña es que los candidatos estén en igualdad de condiciones para financiar sus campañas, de forma que los ricos no tengan ventajas en la competencia. Y está bien que los que promuevan el voto en blanco reciban financiación; ¡pero sólo si hacen campaña!

Lo invito, entonces, a que no vote en blanco en estas elecciones. Lo que antes era una opción válida ahora se ha pervertido y transformado en un lucrativo negocio. Si ninguno de los candidatos lo convence (lo cual es muy posible en la política) no vote en blanco, más bien anule su voto. Es mejor tachar 2 candidatos en el tarjetón –y anular el voto- que fomentar el negocio descarado del voto en blanco.

Nota: Para las presentes elecciones sólo existe un grupo promotor del voto en blanco según fuentes de la Registraduría. Este grupo, que promueve el voto en blanco para el Concejo de Santa Marta, fue el único que cumplió todos los requisitos entre los 68 grupos promotores que se habían inscrito en un principio.

The MadHatter

Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | octubre 27, 2011

El otro lado de la moneda: ¿De qué se supone que van a vivir los músicos?

El otro lado de la moneda: ¿De qué se supone que van a vivir los músicos?

El pasado 20 de octubre, se llevó a cabo en la Universidad de los Andes un foro sobre la piratería virtual, ley Lleras, derechos de autor y acceso a la información.

En el evento participaron diferentes expertos de varias áreas.  En resumen, el panel estaba dirigido a presentar cómo internet ha revolucionado el tráfico de información y ha permitido que muchas personas tengan acceso a música, libros y demás productos a través de la red de forma gratuita (y frecuentemente ilegal).  En los paneles se habló de cómo esto beneficia a poblaciones excluidas y vulnerables como los ciegos o los niños con bajos recursos. Asimismo, se hablaba de cómo el control a este “tráfico” de contenidos es prácticamente imposible y controles como el de la ley Lleras ya habían sido superados antes incluso de que empezara el debate en el senado (proyecto de ley que aparentemente se va a archivar). El foro apuntaba, en esta etapa, a que el derecho a la información y a “hacer parte del mundo” de muchísimas personas se vería vulnerado de penalizarse su uso. Tangencialmente se habló, como alternativa, de subsidios estatales que pagaran los derechos para liberar los contenidos al interior de un país.

La discusión se volvió interesante cuando se empezó a hablar del tráfico de contenido creativo, como música o cuentos. Así, la primera pregunta es si poder acceder a la música de Queen y bajarla a mi computador es un derecho fundamental…

Pero los panelistas enfocaron la discusión hacia la masiva producción de contenido que tiene hoy en día la red, hasta el punto en que el 60% de los usuarios se consideran “productores” y como esta producción, creativa, surge principalmente de reciclar y reutilizar contenido previo como películas o canciones. La creatividad, argumentaban, sí es un derecho y no puede ser vulnerado por leyes que penalicen el acceso a la materia prima: canciones películas. Argumentaban, además, que la producción de contenido es una forma de expresar la admiración por cantantes, directores, etc. y que penalizarla sería casi una forma de desagradecer la admiración que los fanáticos-productores sienten hacia los artistas. 

Cuando llegó el punto de que alguien defendiera la posición contraria, la que pelea por derechos de autor fuertes y protegidos, José Gaviria patinó y solo alcanzó a concluir que la “discusión no era en blanco y negro”.  Iván Benavides, otro representante de la industria, se inclinó más bien a resignarse ante este panorama y plantear que los músicos deben vivir de la “creación de nichos” que los cuiden y protejan….

Pero la defensa de este punto de vista es más compleja y tiene argumentos de fondo que vale la pena tener en cuenta. Por un lado, como atinó a decir Gaviria, no es en blanco y negro principalmente porque los costos de acceso a la música legal, al menos, son altísimos. El consumidor habitual tiene entonces la enorme tentación de bajar música gratis de forma ilimitada o de pagar 40000 pesos por 10 canciones. Ante esto, también se habló tangencialmente de cómo nuevas formas de comercialización como Amazon o iTunes sirven para atenuar esta enorme diferencia y, como evidencia, está el enorme éxito de su negocio.

Iván Benavides, argumentó que hoy en día los músicos viven de conciertos y que la piratería es una forma de promoción gratuita, que hace que haya quién compre boletas. Así, lo que empieza a suceder es que alrededor de los artistas y bandas se crea una “comunidad de apoyo” que asiste a sus conciertos, de menor escala. Argumentó, además que vivir de la sola música es algo que en realidad no pasa, que de sus ingresos, solo el 15% corresponde a la música que produce y que, de resto, deben buscarse alternativas.

Justo aquí es donde quisiera meter la cucharada. Este tipo de argumentos parece desconocer el montón de tiempo y esfuerzo que demanda ser músico y producir “materia prima creativa”. Parece desconocer el enorme valor que esta sola actividad tiene. Estamos hablando de estudios que señalan que se requieren unas 10000 horas de práctica  para ser medianamente bueno (eso son unos 10 años estudiando 3-4 horas diarias) que, en este escenario, dejan de ser viables – uno o se dedica a eso o no – y el hecho de que todo el mundo tenga derecho a la creatividad o a la información desprestigia a aquel que se dedica a perfeccionar su disciplina artística.

Pareciera que la gran desventaja de la industria musical está en que el producto es “traducible” a un lenguaje de información y que, por tanto, se puede multiplicar y esparcir vía internet sin mayor problema y de forma gratuita. Asimismo, todo el mundo puede hacer música desde su computador pero no todo el mundo puede hacer buena música, porque esto requiere tiempo y trabajo.

¿Cómo funcionaba esto en el pasado?

Históricamente, para poder vivir de la creación musical, los músicos eran patrocinados por grandes señores feudales, porque la única forma de escuchar música era tener un músico en casa. Esto protegía al músico y satisfacía al consumidor. Hacia el Siglo XIX, los músicos se emanciparon y vivieron de sus conciertos, pero esto era rentable porque sólo en conciertos se podía escuchar música. Más adelante, la posibilidad de grabar y reproducir música hizo que el músico ya no fuera indispensable a la hora de escuchar música, lo que generó una enorme industria que fue rentable durante muchos años y que disminuyó los costos de disfrutar de la música, haciéndola popular y accesible. Este proceso de “esparcimiento” alcanzó un punto inimaginable recientemente y, ahora,  la música se consigue gratis y ya ni el músico es indispensable ni recibe necesariamente ingresos por su música, solo por sus conciertos. A estos, como señaló Benavides, si van unas 100 personas es un exitazo. ¿Quién y cómo va a pagar por esas 10000 horas de práctica que se requieren para producir “materia prima” de calidad? Pareciera que ser un buen artista dejó de ser posible.

Entonces, sobre el derecho de los consumidores a apropiarse del contenido y recrearlo no tengo la menor duda, pero la pregunta que no lograron resolver en el foro es cómo hacer del negocio de la música una opción de vida rentable. Sobre todo porque, de ser no solucionarse de alguna manera, la calidad de la materia prima va a bajar (por experiencia puedo decir que la vida doble de músico nocturno y persona normal de día si afecta la calidad de, al menos, el producto musical) y, por tanto, la calidad del material con el que el “prosumidor” va a poder expresarse va a empeorar El derecho que buscamos proteger terminaría por afectarse también.

La discusión es compleja, y llama a los fanáticos a verdaderamente apoyar a sus artistas favoritos, comprar la música y, por favor, no piratear, sino usar otros medios gratuitos como Youtube o el más discutido Grooveshark. Ser artista si tiene un enorme contenido altruista y emocional pero de todas formas tienen que comer y, que por esa necesidad, nos quedemos sin músicos de calidad (y escritores y cineastas) sería una enorme lástima.

La discusión ciertamente no es en blanco y negro, pero que no nos pase como a Paulino Moska en su canción con ese mismo nombre:

“Pero ustedes sabe señores, muy bien cómo es esto;

no nos falló la intención, pero sí el presupuesto….”

 

Como alternativa, creo que hay que rescatar los toques tangenciales que se hicieron en el foro sobre formas de comercialización alternativas como iTunes o Amazon o incluso de subsidios estatales. Creo, que en la industria musical hay muchos intermediarios que suben costos (locales, disqueras, compañías que hacen las cajas de los CD`s) y que hoy en día, gracias a los avances de la tecnología, grabar es más fácil y muchos músicos locales pueden hacer sus propios álbumes, de buena calidad, dejando de necesitar la intervención de las grandes disqueras y otros intermediarios. Así, quizás, si se quitan los intermediarios innecesarios y se crearan bases de datos grandes donde el consumidor pueda comprar directamente el producto al artista los costos bajarían a tal punto que el mercado legal volvería a ser atractivo para el pro/consumidor.

 

Oruga

 

Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | octubre 17, 2011

En busca de resultados rápidos

(En busca de) Resultados rápidos

Rapid results aproach es una estrategia con el mismo nombre en en la que un grupo de personas escoge un proyecto y lo ejecuta en 100 días. En África se ha usado para mejorar la infraestructura de aldeas aisladas de Ghana, Sudán, Sierra Leona y otros países, construyendo puentes, caminos, escuelas o incluso montando puestos de atención de salud para enfermos de VIH. Su éxito ha sido tal, que es una de las estrategias líderes recomendadas por el Banco Mundial y ha empezado a implementarla en sus propios proyectos.

La premisa de la que parte es que, en lugares como estos, el mayor obstáculo para el desarrollo es que no se utilizan las herramientas existentes. Los presupuestos tardan siglos en aprobarse, el dinero desaparece, los materiales nunca llegan o se roban y, si cambian las directivas, los proyectos que habían logrado estancar se estancan. (¿Suena conocido?). Lo que toca hacer se vuelve, entonces, problema “de otro”. En últimas, el punto de partida es que ante los panoramas desoladores que estas aldeas enfrentan se acaba la motivación y confianza para empezar cualquier tipo de empresa y, como consecuencia, nada pasa y nada cambia.

Así, su objetivo es dirigir el enfoque del desarrollo social y económico hacia la concreción de resultados y enfoques que favorezcan la intervención activa de las comunidades, buscando desestancar la capacidad de implementación.

 Rapid results, que fue inventado hace 40 años por un consultor de negocios llamado Robert Schaeffer, funciona más o menos así: Un facilitador se sienta con un grupo de interés (compañía, junta de acción comunal, comunidad) y, por consenso, deciden qué quieren hacer: encuentran un problema y un fin deseado. Luego deciden cómo llegar al fin deseado teniendo en cuenta los medios de los que disponen (industria local, profesiones de los dueños, presupuesto), es decir que desarrollan una estrategia de implementación.. Todo esto, teniendo como límite temporal 100 días.

La idea detrás del apretado límite de tiempo es que sea abarcable temporalmente (hacer planes concretos o sacrificios a dos años es bastante más difícil y exigente que a tres meses, lo sabemos todas las que alguna vez hemos hecho una dieta exitosamente) y, además, obliga a las comunidades a priorizar y concentrarse en la consecución de objetivos concretos, evitando proyectos gigantes que pueden ser también importantes, pero que no son implementables. Es una lógica de “grano de arena”, en que de a poquitos se logra mucho.

Con esta estructura básica, lo que se busca (y logra) es movilizar a la comunidad entera para alcanzar el objetivo deseado en el término de tiempo estipulado. El facilitador se concentra en canalizar ideas y dar ejemplos de empresas anteriores, pero sin entrometerse demasiado en la identificación de problemas, metas y estrategias. Esto implica desarrollar estrategias creativas y poco convencionales y, probablemente, cambiar el esquema de vida diaria durante tres meses. Así, en casos en los que se trataba de construir una escuela y no había suficiente producción de ladrillos y los que se habían se los robaban, la aldea organizó concursos locales de producción, de modo que en los hogares se hacían los ladrillos, y las mujeres dormían sobre los depósitos para cuidarlos.

Aquí está el link de la organización: http://www.rapidresults.org/

Aquí hay una columna sobre su capacidad y los obstáculos a la hora de lograr un impacto a largo plazo, así como de enfrentar problemas estructurales e institucionales: http://opinionator.blogs.nytimes.com/2011/10/05/refused-and-confused/?ref=opinion

Me parece una forma interesante y alternativa de enfrentar el estanco institucional en el que a veces vivimos. A propósito, por ejemplo, de  las olas de invierno, que este fin de semana hicieron de las suyas, y de que ya llevamos otras 14000 familias damnificadas. Todo esto sin haber logrado atender la emergencia anterior. Esto seguro no funciona para hacer un transmilenio… ¿pero qué tal para reconstruir escuelas, viviendas, iglesias, hospitales?

Así, cuando no se trata solamente de una tendencia a la corrupción preocupante sino, también, de que es de verdad difícil, actuar desde abajo, empoderar a la gente y demostrar que de pronto si se puede, podría tener grandes efectos. (Nota: NO es tomar justicia por mano propia, más bien de tomar “manos a la obra”. Nota 2: podría ser una idea para el montón de candidatos que hay por ahí)

De pronto, solo de pronto, no todo son leyes y decretos, y tampoco bastan.

Oruga

Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | octubre 12, 2011

A propósito del Nobel de literatura y la discusión del aborto

A propósito del Nobel de literatura y la discusión del aborto

Un poema del Nobel de literatura: (en inglés)

THE HOUSE OF HEADACHE

by 

  I woke up inside the headache. The headache is a room where I have to stay as I cannot afford to pay rent anywhere else. Every hair aches to the point of turning gray. There is an ache inside that Gordian knot, the brain, which wants to do so much in so many directions. The ache is also a half-moon hanging down in the light-blue sky; the color disappears from my face; my nose is pointing downward; the entire divining rod is turning down toward the subterranean current. I moved into a house built in the wrong place; there is a magnetic pole just under the bed, just under my pillow, and when the weather chops around above the bed I am charged. Time and again I try to imagine that a celestial bonesetter is pinching me through a miraculous grip on my cervical vertebrae, a grip that will put life right once and for all. But the house of headache is not ready to be written off just yet. First I have to live inside it for an hour, two hours, half a day. If at first I said it was a room, change that to a house. But the question now is this: Is it not an entire city? Traffic is unbearably slow. The breaking news is out. And somewhere a telephone is ringing.

(Translated, from the Swedish, by John Matthias and Lars-Hakan Svensson.)

A propósito de la discusión del aborto de ayer en la comisión primera del senado, yo agregaría que la jaqueca es un país. O un congreso, los “padres de la patria martillando en nuestras libertades”, en nuestro cuerpo. No se trata de ser pro-aborto, se trata de ser pro-elección. (Interesantes la columna de Uprimny, sobre los fetos y la de Cecilia Orozco, sobre los nobilísimos congresistas que impulsan el proyecto.)

Como bien dijo Florence Thomas en su columna de hoy, me duele (ser)  una mujer -¿una niña, un futuro, un ideal?- en todo el cuerpo. Qué jaqueca.

Nota de las 6 de la tarde: como en el poema, se nos bajó la jaqueca porque se cayó el proyecto.

Oruga

Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | octubre 3, 2011

Latinoamérica, la última canción de Calle 13

Latinoamérica, la última canción de Calle 13

 

La última canción de Calle 13 ha sido un boom mediático. Varios periódicos la han colgado en la versión online de sus páginas principales. Muchísimos de mis contactos en Twitter la “tuitearon” y no faltaron los que la colgaron en Facebook.

Latinoamérica, la séptima canción del último disco de Calle 13, Entren lo que quieran, cuenta con la colaboración de Totó la Momposina, de la brasilera Maria Rita y de la ministra de cultura peruana Susana Baca. Además, ya está nominada al Grammy Latino. El video fue filmado en Perú y las imágenes del video son verdaderamente preciosas

Ahora, justamente a las imágenes es que me quiero referir. El video, pegado arriba, hace una secuencia de diferentes paisajes, rostros y lugares del continente. Son todos paisajes exóticos y que, a los que vivimos y crecimos acá, no dejan de evocarnos “lo nuestro”, de recordarnos un hogar, una infancia, un viaje, una identidad, identidad que justamente se basa en ser infinitamente diversa.

La letra de la canción, por su parte se refiere a las múltiples injusticias “de las que ha sido víctima esta tierra”:

“Soy lo que dejaron, soy toda la sobra de lo que se robaron. Un pueblo escondido en la cima, mi piel es de cuero por eso aguanta cualquier clima. Soy una fábrica de humo, mano de obra campesina para tu consumo”

Evoca, también un montón de cosas de las que, con razón, no sentimos orgullosos, obras literarias, goles famosos… Y al final de ver el video y escuchar la canción uno termina con el pecho hinchado de patriotisimo, la cara pintada con una bandera y con toda la intención de salir a luchar lanza en ristre contra todo el que se oponga contra nuestros campesinos con sombrero.

Todo esto es bueno, no lo dudo. Nada como sentirse parte de algo para defenderlo, protegerlo, cuidarlo (ese es de pronto el problema con nuestros espacios públicos…) pero creo que esconde una realidad y una filosofía, y una concepción de nosotros mismos,  que es sumamente egoísta, quizás, y equivocada.

Latinoamérica retrata pueblos con calles despavimentadas y polvorientas, que me atrevo a decir desde ya y sin conocerlos que con toda seguridad no tienen acueducto, no hay una universidad, el hospital no tiene los mejores equipos y la gran mayorías de las casas tiene piso de tierra pisada, no de baldosa y mucho menos de madera.

Las caras que retrata el video son las nuestras, si, pero son caras que viven en condiciones dificilísimas, en selvas húmedas y sin soñar con aire acondicionado. Son caras que me encanta reconocer, pero son caras de las que no querría ser dueña.

Ahí es donde creo que está nuestro culturalismo egoísta. Creo que peleamos por lo equivocado: por proteger las alpargatas a veces pecamos y evitamos que lleguen a las altas montañas los tenis Nike con cámara de aire, tenis que yo considero imprescindibles para salir a correr porque sino de verdad que me ampoyo. Por proteger las hamacas, sacrificamos llevar una sábana de muchos hilos de algodón (¡y en tierra fría un edredón!) Por proteger la minería ambiental en un pueblo perdido en el chocó, se nos olvida que esos mineros sonrientes no tienen sisben, no van al colegio y son muy probablemente parte del 25% de la población analfabeta. Para mi, snob por naturaleza, que no me hubieran mostrado nunca una buena novela habría significado el fin.

Me dirán, de pronto, que son unas por otras. Y sí, de acuerdo. Pero se trata de que cada cual pueda elegir, no nosotros los que vivimos en las ciudades y somos mal que bien privilegiados y nos enorgullecemos de preservar nuestra cultura pero allá en el campo, acá en la ciudad todos bien cómodos – y eso. (Hágame el favor, qué más privilegiado que poder bloggear en Latinoamérica o en Colombia, donde una quinta parte de la población es analfabeta). En Suecia, ese campesino que uno ve todo crespito y con la nariz roja es la máxima expresión de lo autóctono pero yo puedo jurar que tiene salud y educación garantizada y ni hablar de calefacción en su casa.

Entonces, por si queda la duda, si, muy orgullosa de ser colombiana, como decía la canción de alguna gaseosa. Pero no porque seamos la maravilla. Más bien porque a mi la vida me ha dejado escoger – como a Residente. Pero de ahí a afirmar que estamos hechos, falta mucho.

Estaremos hechos cuando todas puedan escoger si andar de morral o de mochila y, garantizado, varios escogeremos la mochila, por puros románticos.

Oruga

« Newer Posts - Older Posts »

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: