En México todos preguntan por Colombia. En qué es diferente, en qué se asemejan, qué nos gusta de su país, qué no nos gusta, si nos deslumbran sus carreteras, si nos impresionan sus barrios de invasión. En el mar de preguntas que nos caen a los colombianos a diario, existe subyacente la noción de que nosotros hemos superado el monstruo del narcotráfico y les pasaremos la varita mágica. Las élites mexicanas expresan abiertamente su admiración por Uribe, Peñalosa lo mencionan en cada conversación como ídolo por su modelo para Metrobús. Lo que pocos parecen entender, es que Colombia no ha logrado erradicar los demonios del narcotráfico, que Uribe está más emproblemado que nunca y que Peñalosa no fue el único artífice de la transformación de la capital bogotana. Lo triste es que esa respuesta no es fácil de recibir. Es más cómodo seguir pensando que en algún rincón del continente ya lucharon contra los secuestros, los asesinatos selectivos, el dinero fácil del narcotráfico, y que ya están del otro lado. Es cierto: en Colombia llevamos décadas combatiendo esos fenómenos, pero no estamos del otro lado, y el camino de la reconstrucción no ha sido fácil. Los nombres han ido cambiando y ahora la lucha es contra las BACRIM, contra la impunidad, contra la tergiversación de las masacres. Aún así, creo que los mexicanos y los colombianos estamos hechos los unos para los otros – conocemos de la corrupción, hablamos español, y tenemos una cierta empatía que nos permite conversar abiertamente sobre lo que nos duele de nuestro país. Nos llevan años luz en orgullo nacional, en estar orientados a rescatar sus colores, sus santos, sus tradiciones y sus comidas. Nos llevan años luz en infraestructura vial, en puentes, avenidas, autopistas. A los dos nos falta el tren – pero ellos tienen montado un sistema de buses que permite atravesar montañas enteras y distancias enormes en el tiempo que nos tomamos en ir a Tunja. Ya quisiera yo que hicieran ellos el Túnel de la Línea a ver si acaban antes del 2020. Quizás lo que ocurrió es que tuvieron tiempo para cogernos ventaja; mientras en Colombia nos dábamos por la cabeza en el S XIX en la Guerra de los Mil Días y en las otras mil batallas que la antecedieron, ellos estaban trayendo arquitectos para hacerles sus mercados, planificando ciudades cosmopolitas, construyendo teatros en Guanajuato, etc. Sí, sé que el tema del Porfiriato es delicado, y dificulta las comparaciones, pero sí siento que el orgullo que sienten por lo propio, y el deseo de proponer soluciones, vendría bien imitarlo en Colombia.
I woke up inside the headache. The headache is a room where I have to stay as I cannot afford to pay rent anywhere else. Every hair aches to the point of turning gray. There is an ache inside that Gordian knot, the brain, which wants to do so much in so many directions. The ache is also a half-moon hanging down in the light-blue sky; the color disappears from my face; my nose is pointing downward; the entire divining rod is turning down toward the subterranean current. I moved into a house built in the wrong place; there is a magnetic pole just under the bed, just under my pillow, and when the weather chops around above the bed I am charged. Time and again I try to imagine that a celestial bonesetter is pinching me through a miraculous grip on my cervical vertebrae, a grip that will put life right once and for all. But the house of headache is not ready to be written off just yet. First I have to live inside it for an hour, two hours, half a day. If at first I said it was a room, change that to a house. But the question now is this: Is it not an entire city? Traffic is unbearably slow. The breaking news is out. And somewhere a telephone is ringing.
(Translated, from the Swedish, by John Matthias and Lars-Hakan Svensson.)
Las marchas – sostienen – son superficiales, sirven de antídoto para el que nunca hace nada, engañan a la multitud haciéndola creer que tiene voz, no son apolíticas (como pretenden serlo) son “inútiles”. Se parecen a la religión, podrían decir muchos. Y qué bonita oportunidad para hablar de religión y marcha cuando ya la mitad de Bogotá parece un almacén de bombillos de colores y toca echarse bloqueador 50 SPF para salir en la noche.
¿Cómo? Sí, está leyendo bien. Eso significa que por cada voto en blanco que se deposite (su voto, el mío, el de todos) los promotores recibirán $1.624 pesos en el tarjetón de Alcalde y Concejo; y recibirán $2.689 pesos por cada voto en blanco en las elecciones de Gobernadores y Asambleas. Suena bien, ¿no? Quiero decir, imagínese que usted es promotor y terminan habiendo 100.000 votos en blanco en las elecciones de Alcalde de Bogotá, Barranquilla, Medellín, o Chipaque –por ejemplo-; en ese caso usted, como promotor, se haría acreedor de enorme y maravilloso monto de $162.400.000 pesos. Con 350.000 votos usted tendría $570’000.000. Pero, ¿de dónde saldría toda esta plata?, podría preguntarse un cuidadoso y preocupado lector. De nuestros impuestos, claro está; de los suyos, de los míos y de los de todos porque es el Estado el encargado de girar –reponer- estos dineros.
Es así como el Consejo Nacional Electoral se vio obligado a elevar los requisitos necesarios para poder convertirse en promotor del voto en blanco. Sin embargo, sigue siendo fácil convertirse en uno. Simplemente basta con tener el 20% firmas de los electores en capacidad de votar, y este número, según la norma, no podrá ser superior a 50.000 firmas en ningún caso. Ser promotor requiere entonces, a lo sumo, de 50.000 firmas. ¿No es muy complicado, cierto?
El pasado 20 de octubre, se llevó a cabo en la Universidad de los Andes un foro sobre la piratería virtual, ley Lleras, derechos de autor y acceso a la información.


Me da envidia la suerte de los niños. A mi, no me han venido a contar qué quieren los alcaldes y, confieso, no he sido lo suficientemente juiciosa como para hacer la investigación exhaustiva que implica revisar las propuestas de campaña de 11 candidatos (he mirado unas 2). Por ahora, me guío por los colores de sus carteles y la simpatía o no que me generan sus caras. Me gusta que Parody sea mujer, lo de la cinta pegante de Mockus me divierte, David Luna se ve simpático, me parece que Aurelio y Petro tienen casualmente un parecido físico, hay uno que no me acuerdo que cree que quitar el pico y placa es viable (…) y sé de las diferentes rutas que cada uno propone para el metro. Más o menos así veo la alcaldía.
Ahora, yo crecí viendo películas de Disney e intuitivamente relaciono el ¨matrimonio¨ con algo bueno. Pero, el matrimonio no es solamente ¨bueno¨ por la relación con el príncipe, las hadas y el comercial de sopas Campbell sino que además es una forma de adquirir montones de derechos como pareja, además de las evidentes obligaciones conyugales que el sentido común debería, al menos, señalar (cuidar, apoyar, respetar, no agarrar a bolillazos…). Respecto a los derechos están, por decir algunos, el derecho a la pensión de mi pareja si esta muere o, en el mismo caso, a poder declarar calamidad doméstica, a que se presuma la paternidad de mi pareja sobre mis hijos, a prestaciones sociales, a afiliarse al seguro o Sisben, a poder migrar al país de residencia de este/a, incluso a que ¨que me pongan los cachos¨ sea ilegal. Es, en suma, una forma de asegurar el futuro en muchos sentidos.

Encarrolizando