Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | diciembre 19, 2012

Editorial de La Edición de Paz del periódico AlDerecho

Los miembros y lectores de AlDerecho pertenecemos a una generación que creció con miedo. Nacimos durante el auge del narcotráfico y dimos nuestros primeros pasos en la época de las bombas. Los más afortunados no tenemos mayores recuerdos de esto, pero otros recordamos por ejemplo que en casa, siempre debía haber una ventana abierta para que las ondas de las bombas cercanas no tumbaran los vidrios, que nunca debíamos decir a un extraño en qué trabajaban nuestros papás o que un tío que fue a la finca tuvo que quedarse allí mucho tiempo, que llegó flaco y taciturno y que, nosotros (la familia) nunca pudimos volver. Crecimos, en fin, oyendo hablar (si no viviendo) la bomba del club el Nogal, la toma del avión de Avianca, “las pescas milagrosas”, el fallido proceso de paz del Caguán, el miedo de ir más allá de la Calera y el pesar de no conocer las carreteras del país, de las que nuestros papás tanto hablaban. Luego, el discurso de seguridad cambió un poco las cosas: lo nuevo era que la guerra la podíamos ganar y nuestros papás nos sacaron a pasear en carro por lugares donde ya se podía pasear.

Pero, en realidad a muchos todavía nos confunde pensar en “Colombia”: esa paradoja geográfica donde se junta gente muy distinta entre si (y tan parecida al mismo tiempo), paisajes bellísimos e infinitamente diversos, donde se juntan el siglo XXI en plena expresión y culturas ancestrales resguardadas en lugares remotos. Ese lugar de sonrisas y olor a tinto fresco y ese mismo lugar donde las más terribles y sanguinarias crueldades se cometen y se olvidan. Ese lugar al que se puede ir a veces y al que otras mejor no, donde hay preguntas que es mejor no hacer y donde hay cosas que es mejor no contar. Colombia es tanto la respuesta a muchos de nuestros llamados como el origen de muchas de nuestras preguntas, preguntas que por ese miedo tan nuestro ya ni siquiera sabemos que deberíamos hacernos.

Una de esas preguntas, que hoy, para nosotros, está más vigente que nunca, gira en torno a la paz. Desde niños, nos ponemos camisetas blancas, marchamos, liberamos palomas y cantamos canciones pidiendo por la paz. Pero son raras las veces que hemos encarado la pregunta e intentado definir qué es paz, qué incluye paz, qué estamos dispuestos a ceder y qué no, si se hace por la guerra, si es contrario a la guerra, si es mejor o peor que la guerra. Quizá, en últimas, lo que soñamos e intuimos como “Paz” no sea otra que no tener más miedo, quizás eso es ser libre.

Aceptamos entonces el reto que Julieta Lemaitre nos propuso en la inspiradora entrevista que nos concedió y, en esta edición, asumimos un riesgo: abordamos el tema de la Paz, ese lugar común donde pocos parecen estar de acuerdo. No tenemos una visión institucional y por eso quisimos dar cabida a sus comentarios, de profesores y estudiantes. Creemos que darles voz, a ustedes, en este tema es una excelente forma de construir una noción de paz que sea nuestra. Creemos también que es una primera pregunta fundamental y básica – si no en términos prácticos, si políticos e ideológicos – para soñar el país que, así suene a cliché, está en nuestras manos. 

Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | diciembre 19, 2012

El agua es vida (¿?)

PARIS. Con la crisis económica, la población indigente a crecido considerablemente en Europa. Las familias de inmigrantes serbios y albanas duermen en la mitad de la calle en sacos de dormir, como si se hubieran ido de campamento. La diferencia es que el están en la mitad de la barrio de la Bastilla, uno de los más “trendies” de la ciudad. Un indigente, pero parisino, mastica la baguette que compró por un euro en cualquier panadería cercano mientras se acomoda en la esquina en la que es posible verlo cuando camino de ida a clase en la mañana y cuando camino de vuelta en la tarde. Como es verano, no pasan frío. La pregunta es qué van a hacer con ellos en invierno. 

Estoy sentada en un café con una amiga y un SDF (las siglas de “sin domicilio fijo”, como les dicen en Francia) se sienta en la mesa de al lado. Nadie lo mira de forma particular – a lo mejor solo yo, delatando que soy extrajera. La mesera se acerca y el señor pide un vaso de agua, se lo traen, se lo bebe, cierra los ojos un instante, se para y se va. La mesera levanta le vaso y espera al siguiente cliente. A lo mejor ser indigente en Paris, en Madrid o en Bogotá tiene mil diferencias – una dimensión temporal, por ejemplo –  pero varias otras semejanzas, sobre las que respectan lo duro que debe ser, pero hay una que me importa en particular: en Paris nunca tienen sed, el agua es gratis y la de la llave es potable.

Personalmente, el agua de Paris no me gusta. Tiene un sabor a tibieza, a piscina, que perdura aún si está fría, que atribuyo a una alta concentración de cloro. No obstante, lleno mi botella de plástico en cuanta fuente pública veo – hay 108 – y me burlo de los extranjeros (oh hipocrecía) que compran todos los días un botellón nuevo mientras yo me ahorro montones de euros. Los parisinos se enorgullecen de su agua potable (tienen incluso una página web al respecto: www.eaudeparis.fr) y no les falta razón, garantizar el agua es algo así como garantizar el aire. Al fin de cuentas el planeta está compuesto, como nosotros,  de un 75% de agua.

 Pero de Paris eso es lo que menos me impresiona, yo Bogotana. Le reconozco sus iglesias, sus parques, el metro pero, eso si, Bogotá, al igual que Paris, no tiene mar pero tiene ciclovía y el agua de la llave es potable. Y la nuestra es más rica.

BOGOTA. Lo primero que hago cuando llego a mi casa en Bogotá es servirme un vaso de agua de la llave mientras siento que tomo agua Evian.

Y sin embargo, resulta que ahora el agua bogotana está en peligro dejar de ser potable en 4 años (que es un período de tiempo mucho más corto de lo que uno se imagina). Nosotros, que estamos rodeados de páramos, rodeados de ríos, rodeados de agua. Paradójicamente (o quizás no), por estar rodeados de agua y de verla fluir siempre tan cristalina olvidamos que otra cara del agua – que no es vida- es la de Río Bogotá, una cara del agua que puede volverse la normal, gracias a las aguas residuales de industrias, hogares, fincas de producción agrícola y de la industria cervecera. Lo curioso es que el agua no “se acaba”. El ciclo del agua hace que el agua que se evapore llueva y por ahí habrá agua. El punto es si esa agua sirve de algo, si contamina las cosechas, si enferma a los niños, si nos la podemos tomar. Lo que se acaba es el agua potable.

Que el agua dejara de ser potable terminaría siendo un problema que, para variar, afectaría a los más vulnerables y a los menos no tanto. En los hogares con capacidad económica comprarían filtros – hay unos zen y todos que tienen piedritas y llenan el agua de buena energía – y en los menos tendrían que ver cómo hacen para hervirla, cómo hacen para lidiar con las lombrices que les van a dar.

Los seres humanos, como el planeta, estamos constituidos en tres terceras partes por agua. Así, no deja de ser importante ponernos a pensar – y tomar las medidas necesarias – de qué tipo de agua queremos que esté hecho este planeta y que estemos hechos los bogotanos. Porque esa agua con residuos agro industriales es la que, a este paso, va a salir de las llaves de nuestras casas en 4 años y esa es la que nos vamos a tomar.

Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | diciembre 19, 2012

Este semestre escribí poco acá, pero escribí en otros lados… cuelgo entonces acá los textos recientes y espero, pronto, dedicarme en una entrada a contar qué ha pasado/que he pensado.

Oruga

Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | octubre 6, 2012

La cruel penalización

Últimamente se habla mucho del aborto. Algo tiene que ver, creo, con la aparentemente inevitable reelección del Procurador Ordóñez (y el hecho de que el Presidente no haya ternado a nadie aún lo convierte en partidario de que esto suceda).

Pues bien, el debate del aborto tiene dos polos principales: el que señala que es un pecado mortal y que la vida empieza desde la fecundación del óvulo y, el otro, que señala que toda mujer en todo momento debe tener el derecho a abortar (a veces, incluso, pareciera plantearlo como una obligación para algunas) y que la vida solo empieza cuando se nace.

El segundo polo, no lo defiende nadie con demasiada fuerza. En general, las posiciones “pro abortistas” (aunque el término pro choice americano es mucho más acertado) defienden un derecho limitado, digamos aplicable solo a un primer momento de formación del feto, y nunca cuando este ya esté casi lo suficientemente desarrollado para ser un bebé independiente.

El otro extremo no admite la posibilidad de un aborto en ningún caso. Supone como valor máximo el respeto a la vida humana y más si esta es inocente y por tanto descalifica cualquier posible razón. Esta segunda posición suele ser representada por la Iglesia Católica y sus más fieles seguidores, como el Procurador (aunque no todos).

Ahora, si me preguntan a qué religión pertenezco diré que a la católica. Pero si me preguntan si soy religiosa diré que no tanto (se saldrá mi hippie interior y diré “más bien soy espiritual”). Pero a veces si me gusta entrar a una Iglesia y “saludar”, me gusta el sonido de una multitud orando y frecuentemente me encuentro dirigiéndome a un Interlocutor infinito y bueno que no todo lo hace (no sé si todo lo puede), pero todo lo entiende.

Dicho esto, me he confesado dos veces en la vida, voy más bien poco a misa, nunca pude aprenderme el credo y no me se la vida de ningún santo. Ah, claro, y soy pro choice, pro libertad sexual y reproductiva, no tengo ningún problema con el divorcio y defiendo el Estado laico, etc. (y le digo padre a un sacerdote y me tiene sin cuidado que haya o no un crucifijo por ahí). A lo mejor, si le preguntan a un católico ferviente él dirá que yo no soy católica (en verdad, no me parezca una pelea que valga la pena dar), pero si me preguntan a mi pues, si creo.

Creo que mi posición frente al aborto no se contradice con los valores religioso-espirituales católico-hippies, aunque no se fundamenta en ellos en absoluto. Probablemente en algún momento mi proceso deductivo esté mal o haya alguna premisa que me salté y me hizo llegar a un lado tan distinto. Al fin de cuentas, desconozco miles de cosas de la religión y de la iglesia. Pero ahí va:

La religión, como el derecho, es un sistema normativo y regulador de relaciones sociales, algo que los seres humanos necesitamos para sobrevivir como especie (el hombre es el animal político, dicen). Lo bonito de la religión católica, creo, es que Jesús era compasivo y enseñó eso (aún si no se es creyente eso se puede aprender). El ordenamiento jurídico nuestro, de manera parecida, consagra la solidaridad como valor fundante.

Por otro lado, quiero tener hijos (más de uno, ojalá). Quiero ir a partidos de fútbol, hacer fiestas de cumpleaños, cantar con ellos en el carro y caminar cogiendo una manito pegajosa por el parque. Quiero que un día, una personita me diga mamá. Y con todo, soy pro choice.

A mi modo de ver, el problema con un juicio absoluto que condene el aborto (o la píldora post day o, incluso, el sexo pre matrimonial) es que es una condena a priori, que no tiene en cuenta las circunstancias del caso concreto. Este tipo de juicio corre el peligro (y lo hace en varios casos) de castigar lo que busca proteger: una vida humana inocente. Es el típico caso de una niña de 11 años que queda embarazada en una violación, una chica de 16 que si sus papás se enteran de que quedó embarazada la van a moler a palos y la van a botar a la calle, condenándolos a ella y a su hijo a una vida mucho más difícil y cruel, pero que en caso contrario podría acabar bachillerato y hacer una carrera. También el caso de una mujer cuya vida corre peligro por tener el niño, o de un bebé inviable, donde el nacimiento del bebé será seguido de su muerte (inmediata o poco después) causándole solo sufrimiento al bebé y a sus papás. Pero también es el caso de una chica que siente en lo más profundo de su ser que no puede tener un hijo en ese momento y, ese sentimiento, le parte el alma.

Una persona compasiva y piadosa no puede exigirle a otra que sufra así, desproporcionadamente. Una institución – el Estado – tampoco. La decisión de abortar no es un capricho. A NADIE le va a parecer divertido que le saquen del útero algo, menos un posible hijo. La compasión así entendida – un poco jurídica, qué le vamos a hacer – implica velar por cierta proporcionalidad entre los hechos, las acciones y la consecuencia de los mismos. Una compasión de “pobre tu, pero chupa”, simplemente me parece hipócrita.

Claro, no se trata tampoco de que sea un derecho absoluto, el derecho al aborto. Creo que un embarazo de 7 meses se escapa de esta posibilidad casi siempre, porque ahí ya hay un bebé, además de 7 meses de tiempo en el que esa mujer decidió seguir con su embarazo.

Pero en el caso del aborto que sostengo la única doliente – de verdad – es la mamá que no fue. A nadie más le importa de verdad, a nadie más le duele de verdad. (Es que nadie más se entera.) Y, como a nadie más le hizo daño, no tiene por qué pagarle nada a la sociedad. La responsabilidad penal y civil (la necesidad de pagar por lo hecho) se fundan en que se hizo algo y/o alguien salió perjudicado. Cuando el perjudicado es uno mismo, nadie más se puede meter con autoridad, mi vida es mía. (Mi cuerpo es mío) – y, como supondrán, no creo que un embrión de una semana sea una persona o que tenga los mismos derechos que una mujer.

Una sociedad compasiva – o solidaria – está ahí para acompañar su decisión, cualquiera que sea. No para convertirla en delincuente.

 Oruga

Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | junio 22, 2012

De máximas, principios y costales

Esta entrada fue escrita para Censura20.com.

Por Beatriz Botero, “Oruga”

La justicia no funciona. Son todos unos paracos/guerrilleros. Los hombres son un desastre. El Congreso es pura basura. Las mujeres son unas arpías. En Twitter/Facebook solo se pierde el tiempo. El calentamiento global nos va a matar. Los gringos son el imperio aplastacionista de esta era. Todo flaco es anoréxico, todo gordo carga escondido en el bolsillo un paquete de m&ms y no tiene fuerza de voluntad. Él nunca me dijo. Siempre haces lo mismo. Nunca me quisiste. Así son las cosas. Punto.

Entonces, por ejemplo, dice una persona justamente indignada que la justicia no funciona y que por eso en Colombia están libres los criminales de la peor calaña y están presos jóvenes entre 18 y 24 años (ojo, mi franja de edad) que cometieron delitos menores. Esa misma persona señala como ejemplo que cualquier proceso hasta el final se demora unos 25 años y que sacar a un arrendador incumplido de un local o apartamento puede tardar unos dos años y medio. Ergo, la justicia no funciona.

Ahora, en derecho (me disculpo de antemano), cuando uno hace una “negación indefinida”, es decir, cuando uno afirma que la persona que se está demandando nunca cumplió (“Yo le di el carro y nunca me lo pagó”) la carga de la prueba se invierte y el que supuestamente incumplió es quien debe probar que sí lo hizo. Entonces el que tiene el carro puede sacar un comprobante de pago y demostrar que pagó la primera cuota. Si lo hace, al que hizo la negación se le cae el proceso porque sí hubo pago, pago parcial, pero pago. Y ahora lo tiene que demandar es por otra cosa, no por que no haya pagado sino porque no pagó todo. La moraleja es que las máximas se caen si hay al menos un indicio de que la máxima no es cierta. Demostrar el cumplimiento parcial no vuelve al incumplido bueno, pero refuta el primer argumento. Es como cuando uno llama a alguien y esta persona contesta y dice tu nunca me llamas. Falso, te estoy llamando. Casi nunca te llamo. Son aclaraciones semánticas, pero que, sostengo, son muy importantes.

¿Por qué? Porque, ojo, la justicia también funciona. Cerca de 3000 tutelas que ya fueron falladas en 10 días hábiles llegan a revisión a la Corte Constitucional cada semana, están los procesos que abrió la Fiscalía recientemente, están los procesos de fijación de alimentos y fijaciones de cuota alimentaria que salen en un año, etc. Asimismo, la chica que es flaquísima puede serlo porque es bailarina y hace UN RESTO de ejercicio. O el chico que es gordo porque debe tomar cortisona todos los días. El mundo no es en blanco y negro.

Pero, a lo mejor, argumentativamente hablar en máximas es una excelente estrategia. Salir y decir que es que en este país nadie nunca ha hecho nada y que los ricos y que los políticos y que los gringos y que por eso estamos como estamos no solo es frecuente y poco original sino bastante plausible. Al fin de cuentas, sí estamos como estamos y sí ha habido ricos así, y políticos así, y gringos así. Pero también ha habido ricos todo bien, y políticos comprometidos y gringos… (bueno, no sé gringos… pero supongo que también). Es como cuando uno le dice al ex chic@ que tu nunca___, a pesar de que estuvieron juntos tanto tiempo y en dados momentos sí fuimos re felices. Lo que pasa es que admitir los grises lo vemos como signo de debilidad, y en esta selva nuestra mostrarse medianamente débil, medianamente dubitativo, medianamente dispuesto a considerar argumentos de lado y lado es signo de ser de la peor calaña. (Pero, por no caer en el error que señalo, aclaro que no siempre es una selva, hay gente muy chévere por ahí y gente que sí ha hecho muchas cosas).

Del mismo modo, así como las cosas no son en blanco y negro, las personas tampoco lo son. El grueso de las personas no es brillante, ni es estúpido. Es capaz. Y hay miles de factores que hacen que de ser capaz uno pase a ser bueno, exitoso, feliz, etc. Entre esos miles de factores está la suerte, las oportunidades, pero, sobre todo, las que podemos controlar, como el trabajo y la perseverancia. Entonces, por ejemplo, la máxima no puede ser: “Como toteaste bachillerato (o superaste algún reto) demostraste que eres inteligentísima y te va a ir súper bien en la Universidad y en la vida”. Porque, como en la negación indefinida, al menor indicio de que no – digamos, un quiz en 0, un parcial en 2.5, el riesgo de perder una materia – se va a caer todo el argumento y entonces el silogismo se transforma: Si yo no soy inteligentísima, porque me voy echando x clase, entonces no me va a ir bien en la Universidad. Ni en la vida. Desastre. Es mejor tener no-máximas, sino principios, algo así: “Como toteaste bachillerato demostraste que eres capaz y que, si te esfuerzas, te va a ir bien…”. El principio es que si te esfuerzas, si trabajas, si pones atención, te va a ir bien a la larga. Entonces: si me hecho un parcial, un quiz, una materia, es que no estudié lo suficiente y ya, para la próxima estudio más. Mi autoestima a salvo. Porque no es fácil, no todo es fácil y llegarán obstáculos que cueste superar. (Y obvio, como hay otros factores, de pronto la suerte, la falta de oportunidades lo refutan, pero el principio no pierde validez).

Y entonces, a diferencia de las máximas, el principio admite excepciones. Una excepción válida es la que, como se dice popularmente, “confirma la regla”. La excepción que confirma la regla no es, como en el ejemplo de “Tu nunca me llamas”, la llamada un vez al año. Ahí la regla describe una situación que no se cumple (te estoy llamando) y el principio no confirma nada de la regla porque, de nuevo, te estoy llamando. La excepción que confirma la regla es la que, a pesar de que es un comportamiento diferente al que se esperaría, confirma los fundamentos de la regla, el principio. Veamos: En nuestro ejemplo, el principio era “Si estudias juiciosa te va a ir bien”. Ahora, digamos que durante todo el semestre he estudiado juiciosa pero el día anterior al parcial algo pasó y no pude estudiar. Llegué, lo hice y, contra todo pronóstico, me fue muy bien. La regla sería: al que estudia para el parcial le va bien. Pero yo no estudié y me fue bien. ¿Regla refutada? No realmente porque, como vieron, lo que pasa es que estudié juiciosamente durante todo el semestre, entonces es una excepción válida (no estudiar para el parcial) que confirma el principio de que estudiar funciona. Lo mismo funcionaría si no estudio durante todo el semestre, estudio para el parcial e igual me va mal. La regla no se cae porque el principio (estudiar en general, no 3 horas antes) no se cumplió.

(Qué ejemplo tan pedagógico el mío…)

A lo que voy es que las máximas intimidan. Las máximas condenan y no construyen. Las máximas, si existen, no admiten matices. A quién le sirve un sistema de justicia que no funciona. Para qué hombres y mujeres si todos son desastres y arpías, para qué ir a estudiar a Harvard si los gringos son malos (¡SIC!), para qué bregarle a una relación o a este país si desde la frase que usamos para describirla/o ya está condenada. No se trata de ser, tampoco, un tibio, que nada condena, nada castiga y todo lo tolera. Hay crímenes atroces que no admiten perdón – por muy pocas oportunidades que haya tenido quien lo comete, hay muchas otras personas en situaciones similares que no salen a matar/violar/etc. como quién sabe quien. Pero partir, de plano, de que no hay solución, de que las cosas son así y punto, tampoco aporta nada. Al contrario, a lo mejor desincentiva a ese juez (ese un juez, pero que vale oro) que sí trabaja y cree en su trabajo, a ese congresista que se da la pela de no defender intereses particulares, a esos gringos que tienen organizaciones de derechos humanos o se inventan formas de trabajar con energía limpia y demás, a esas personas que la embarran una vez pero podrían hacerlo bien una siguiente. A esos grises, que somos todos, en realidad.

Decir es que nadie-nunca-nada (ojalá bien duro, y serio, para sonar más autoritario) viene a ser más fácil que admitir que hay-gente-que-a-veces-algo y que aún así no basta. Que es más difícil, que me concierne también a mí, que se requiere mi pellejo. Porque yo (y usted) estoy súper incluida en ese nadie-nunca-nada, a lo mejor menos en el hay-gente-que-a-veces-algo y, mucho menos en el inexistente todos-siempre-todo. Entonces todos nos metemos al mismo costal, el costal de lo imposible, así son las cosas, nada que hacer. Destruyamos este desastre a ver si uno posterior sale mejor (¿de dónde?). En el camino, robémonos todo, plagiemos todo, el que gana es el que más saca no el que jugó como si era. Como si en el mundo todo fueran recursos renovables. Al fin de cuentas no vale ni el intento de hacer las cosas bien, esto está podrido – ¿por qué será?. Pero, esa tesis es insostenible porque – independientemente de si está podrido o no, no sé – lo nuevo lo haríamos nosotros mismos, los que hicieron la primera que no nos gustaba. Aquí, a lo mejor, no cabe el borrón y cuenta nueva. Como en la Calle 26.

Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | junio 19, 2012

Pura literatura

Pura literatura

– Oruga

Bien, aquí va. La siguiente información, señor lector, es un grandísimo secreto. Y no, no porque lo esté publicando en un blog en internet sin ningún tipo de licencia (aunque tengo planeado ponerle una Creative Commons) es que pretenda que usted pueda ir por ahí diciendo que yo dije y que entonces. Porque lo que voy a decir – escribir – no se dice. Pero ahí va: Estoy cansada de la literatura.

Y entonces empiezo por definir el alcance de mi frase porque, como verá, el espectro de “la literatura” es enorme. Me refiero es a una porción considerable, sobre todo en estos tiempos, de la creación literaria, de grandes y chicos, anónimos (sobretodo) pero de algunos nominados importantísimos también. Esa porción, que me agota y me marea y me obliga dejar libros de lado, me obliga a preferir leer “ciencias sociales” o, mejor aún, grandes novelas rusas o francesas. Llamaré el género que me molesta literatura depresiva.

Es como así: hay un protagonista en una “edad crucial de su vida”, entiéndanse todas. Pero este personaje está o en la adolescencia o en el final de los 20’s o en la mitad de los 30’s o al inicio de los 60’s, o a un cacho de morirse. Está solo, está desubicado, no es feliz, no está satisfecho, siente que el mundo es un lugar despreciable y él, y lo sabe, también lo es.

El personaje tiene una familia corriente y por ello terrible: en el mejor de los casos hay un papá violento o una mamá alcohólica y, siguiendo a Freud, ese fue el origen de todo. Si es mayor, los hijos son jóvenes desagradecidos y mal casados y, si está casado/a su pareja le es infiel. Por supuesto, el personaje también tiene problemas de drogas o alcohol, la comida ha dejado de saberle por lo que no come y, por tanto, está enfermo y no duerme. Si el protagonista es hombre hay una prostituta de quien está secretamente enamorado y, si es mujer, hay un hombre que la maltrata que ella es incapaz de dejar. Por si fuera poco, aparecen frecuentes alusiones a canciones de rock, normalmente, para “ambientar”. Algo que a mi no me molesta pero como recurso literario me parece que solo funciona como adorno porque, primero, no todos oímos la misma música y, segundo, el buen escritor  logra ambientar sus obras usando, irónicamente, palabras, frases, párrafos, no solo títulos de canciones en inglés.

La trama de la obra empieza en una nada insipiente, en la que el protagonista se siente a punto de ahogarse. Sucede algo y, efectivamente se ahoga: se juega la fortuna, lo botan de casa, muere el único amigo que tenía, recibe la primera pensión y ahora está desocupado. Los lectores nadamos junto a él y durante un buen rato en un mar de vida clandestina alcoholizado, solo de noche y de dormir sin soñar durante un rato, descubriendo el pasado del protagonista, el punto en que todo empezó a salir mal – normalmente el punto en el que se da cuenta de que no todo es un cuento de hadas –, descubriendo esa persona que de verdad quiso – oh, un vestigio de esperanza – y, gracias a ese recuerdo, el protagonista nada hacia un estado nuevamente estable que, en el género que me molesta no es propiamente mejor si no, simplemente así: estable. Uno cierra el libro y por mucho sol que haga afuera queda el sabor amargo de haber leído pero de no haber ganado nada con ello: ni una idea, ni una ilusión, ni una reflexión, solo ese amargo sabor a nada.

Me molesta porque, si bien creo que el mundo sí es un lugar difícil y está profundamente lejos de ser totalmente justo y feliz, creo que también hay cosas bonitas y valiosas y felices. Y no, no por reconocer que hay cosas bonitas de pronto vivo en un castillo de Disney. Ser realista va para lado y lado. Por eso creo sobre todo que, así como hay gente que sufre en la vida y en diversas circunstancias, reducir la existencia humana a esa situación de desespero absoluto es casi tan irrespetuoso con la realidad como reducirla a un cuento de hadas. Ni lo uno, ni lo otro. Una persona deprimida o en una circunstancia de verdad difícil también tiene sus risas, y viceversa y se merece que le reconozcan todas las dimensiones de su existencia.

Por otro lado, esos protagonistas tienen casi siempre algo de niño consentido insoportable. Algo de una persona a quien las cosas no le salieron como quería pero que tampoco luchó por salir a flote, por cambiar, por entender, por arreglar, por sobrevivir. Se entregó a la zozobra de la amargura y a autocompadecerse. Eso no lo hacen las personas de verdad, las de verdad tienen responsabilidades y aspiraciones y sueños y trabajan – y muy duro – por superar circunstancias dificilísimas por sacar sus vidas adelante. Si usted, como yo, vive en Colombia móntese en un bus público a hora pico y mire a su alrededor. Me refiero a las personas que van montadas con usted.

Es que siento que esa literatura es una falta de respeto con la gente que luchó, gente que sufrió y rió y que padeció y disfruto esto que sea que es ser humano. ¿Qué pasó con Miguel Strogoff, Anna Frank, Ana Karenina, Don Quijote, los mil José Arcadios, Kafka el de Murakami, etc.? A todos ellos la vida también les dio durísimo y, sin embargo, esa capacidad de reírse un poco, de soñar algo mejor, es mucho más amena de leer… Y entonces prefiero sentarme a leer La Guerra y la Paz, en la que la mitad de los protagonistas se mueren, se quiebran y, en fin, un imperio que era riquísimo y bellísimo de desmorona en miles de pedazos pero, por algún motivo, eso de poder soñar pervive en los personajes. Es que, decía algún filósofo famoso, la imaginación – y la ropa – es lo que nos hace humanos.

A lo mejor estoy totalmente equivocada, a lo mejor el mundo si es una porquería y no hay nada que hacer y la literatura debe dedicarse a reflejar eso. Pero entonces yo me pregunto en qué estaban pensando Wagner y Beethoven y Tolstoi y Shakespeare y Kandinsky y Pina Bausch y todos esos artistas que tuvieron todos vidas dificilísimas – en serio, píllense Wikipedia – y sin embargo vieron en el mundo lo suficiente como para hacer cosas tan bellas, tan inspiradores, tan invitadoras a reflexionar… Y entonces prefiero dejar de leerme esta historia de un chico adolescente muy perdido en la vida -para eso leo el periódico- y leo la historia de un chico huérfano, hambriento, abandonado, ladrón, tapado en hollín, golpeado y siempre soñador, Oliver Twist.

Fe de erratas: Estoy parodiando el género de la literatura depresiva. Hay obras maestras que tienen personajes deprimidos – situación que ojo, muchas veces es un cuadro clínico y requiere atención médica – o neuróticos o tristes, por lo demás, y que no por ello son de repente malas a mi (irrelevante e irrespetuoso) juicio. En estas – porque no pretendo dármelas de crítica literaria y poder decir o no qué es bueno o malo – al final puede que todo siga mal, o todo esté peor, pero algo cambia en el lector. Está El Guardían entre el Centeno, La Vorágine, los cuentos de Rulfo… muchisisísimas. Las que me molestan son las que quedan vacías – como cualquier cuento malo – pero que por hablar de sexo, drogas, somníferos y desolación sienten que, de pronto, se están codeando con quién sabe quién.

Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | mayo 28, 2012

Es el oficio el que soporta el arte. De eso quiero hablarles.

Es el oficio el que soporta el arte. De eso quiero hablarles.

Oruga

Este artículo fue escrito para Censura20.com

En Stumble-Upon (paraíso de la procrastinación) me encontré un artículo de Paul Graham. Léanlo, no está mal. Termina con un mensaje claro: haz cosas. Bien, yo quiero llevar el “Haz cosas” al “coge oficio”.

Pero tranquilos. No me he vuelto mamá. Por algún motivo que desconozco, en los últimos días me he topado en diversas conversaciones sobre “el oficio”. Entendido, creo, como ese saber hacer algo concreto, nada especial, nada del otro mundo. Sin embargo, demanda práctica, trabajo y habilidad. Además, tiene una enorme ventaja: da algo para hacer.

Me refiero al caso del zapatero, o del pintor de retratos o bodegones, o del compositor que hace una misa a la semana. Y, por qué no, al abogado diestro en hacer liquidaciones conyugales, en redactar contratos cotidianos o sentencias de tutela. También al financiero que entrega mensualmente un informe. Todas son actividades frías. Sin brillo. Nadie será recordado por hacer sólo eso. Quizás por esto los jóvenes hoy las despreciamos. Qué desastre nosotros.

Lo curioso del oficio, como surgió en una de las charlas que les comento, es que es algo que le hacía falta a un amigo artista. Me lo decía porque uno no pinta el Guernika, ni La Noche Estrellada, ni compone la Novena Sinfonía un día que se despierta inundado en inspiración. Tampoco redacta la T-760 (tan nombrada en estos días) ni diseña unos zapatos Nike.

Por el contrario, uno se despierta todos los días y hace retratos (muchos), compone fugas y corales (hasta el cansancio), hace zapatos como para calzar a un cien pies y se vuelve un maestro en ello. Luego viene (ojalá) la obra maestra.

Hay estudios que señalan que para ser un maestro en algo, se requieren 10.000 horas de práctica y que, normalmente, los que triunfan en lo que hacen, en lo que les gusta, son gente que tenía 10.000 horas de práctica detrás. Un buen libro sobre esto es Outliers, de Michael Gladwell.

Mi amigo se quejaba de que ser un artista sin ser un buen artesano, un alguien que conoce el oficio, es difícil y, paradójicamente, agotador.

Agotador, porque es terrible querer iluminar al mundo sin saber cómo. Difícil porque, bueno, hay que saber poner el alumbrado para alumbrar. Es también desmoralizante y confuso. De ahí a ser un mediocre (en secreto y con pesar) hay solo un paso. Pero esto no es lo grave, no. Lo grave es no tener qué hacer. “Coger oficio”, como dicen las mamás, no es un castigo, es una bendición. Es no tener que pasar horas y horas agónicas en Facebook entre semana, o emborrachándose desde el jueves porque no sabemos qué hacer en el mundo. Esa sensación a todos nos coge a ratos. La clave es no caer ahí. El antídoto es hacer zapatos, hacer aretes, hacer blogs, hacer algo. Así suene tonto, es mucho.

Hasta ahí lo introvertido del “oficio”. Ahora, el segundo encuentro que tuve con él recientemente, en palabras de una persona que admiro mucho: el oficio, me dijo él, es en realidad lo difícil y, claro, el quiebre del oficio a la obra maestra es un salto gigante.

A ver si me explico: es muy fácil pintar como un niño chiquito. Es muy difícil hacer retratos como un buen artista (que son muchos) que pinte en las calles de una gran ciudad. París, por ejemplo. La probabilidad de ser Picasso es mínima. De pintar retratos buenos, lo suficientemente buenos, que den la mirada, el aire de la personalidad, la perspectiva, que pongan la oreja donde es y la deformidad natural del ojo del retratado tal cual; a pintar un Picasso, hay un paso gigante. Pintar de una como Picasso, por algún motivo, no tiene tanta gracia. Le falta el oficio detrás (Picasso, se los juro, era un gran retratista también). Lograr el buen retrato requiere trabajo, dedicación. Fingir poder hacer un Picasso, de pronto engaña de primeras, pero no va a venderse tan caro.

Es también como escribir con solo comas, estilo Saramago. Si yo me pongo acá y les escribo una entrada sin un solo punto mi editor casi seguro me lo devuelve y me dice: “Ve, Bea, la idea es buena, pero no te queda del todo. Practica primero con puntos”. Y tiene razón, yo estoy segura de que Saramago aprendió a puntuar perfecto antes de arrancar con el despunteo. Por eso le quedó tan bien.

Lo curioso es que, si uno quiere ser bueno en el oficio, le toca dejar la creatividad en remojo. Me explico: la creatividad es excelente para cubrir dificultades. Si uno se las da de creativo sale con algo así como: “claro, el ojo es medio raro porque es mi estilo”, en vez de borrar y borrar hasta que salga. O con un “me inventé esa palabra porque es mi sello personal”. Hay que practicar hasta dominar el idioma para encontrar una entre el montón que existen que refleje lo que uno siente y piensa. Ser oficioso es, también, ser humilde y saber que hay gente que ya supo y ya pensó cómo hacer lo que uno quiere hacer.

Es dedicarle el tiempo a aprender de ellos lo que ellos ya descubrieron. Es posponer el sello personal. Es descubrir y aceptar que ese sello personal no es tan bueno, sin que éste sea un motivo para abandonar nuestro oficio.

La creatividad se alimenta del oficio y, con seguridad, a punta de pintar retratos un día sale la Monalisa. A punta de escribir artículos para El Espectador, un día salió “Crónica de una muerte anunciada”. A punta de practicar, un día se es un maestro y nuestro “sello personal” es valioso de verdad. Pero llegar ahí es difícil. Es más difícil que coger una hoja en blanco, llenarla de palabras inconexas y lanzarla al mundo: vean mi arte, si no lo entienden es que no entienden nada. Seguro, como en El traje del emperador, es que no hay nada que entender.

Se corre el riesgo de no hacer nunca una obra de arte, pero con el paliativo – nada malo, a mi modo de ver – de haber hecho muchas cosas chiquitas. “De haber hecho”. No me parece que esté mal. Se corre la certeza de que, si algún día sale algo, será algo bueno, algo perdurable. La otra opción es que no recuerden y que quede en que no hizo nada. O peor, no haber hecho nunca porque “no me llegó la inspiración”. Decía Picasso: “la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”. Los dejo, tengo que trabajar.

Complemento (surgió de comentarios posteriores)

Los ratos de ocio son ratos de ocio, son importantísimos, por supuesto. En ningún momento pretendí referirme a la totalidad del tiempo si no al tiempo necesario para hacer algo, lo que quieras, pero para hacerlo bien. Me refería a la actitud que creo es importante asumir cuando se trabaja que es, como dicen Marx y Hegel, el tiempo en el que uno cambia el mundo (porque el trabajo es aquello que cambia y moldea el mundo). Entonces aquí nada tiene que ver el ocio.
Lo que yo creo es que, para que los ratos sean “de ocio” tiene que haber una porción del tiempo (mayor, probablemente) en la que uno esté enfrascado en alguna actividad. Entonces, si, como dice Mockinpott no estoy sugiriendo que te vuelvas adicto/a al trabajo y ese, claro, es otro peligro tan peligroso y triste como perderse en no hacer nada. Sigo no-siendo-mamá y creo sagradamente en salir los fines de semana a bailar o tomarse algo. Lo que creo es que, entre semana, lo que uno quiera hacer – y claro, tómate tu tiempo para ver qué es eso – hay que hacerlo con calma y constancia, corrigiendo, haciendo, volviendo a hacer y, muchas veces, sacrificando otros tiempos (de ocio, de sueño, etc.) pero no en vano..

Lo que pasa es que creo, como Picasso, que las ideas no llegan de la nada.

No creo que puedas verdaderamente saber que no quieres ser panadero si nunca has hecho pan, o que no quieres ser científico si nunca has entrado a un laboratorio o que no quieres ser juez, si nunca has ido a un juzgado. Por supuesto, si se tratara de tener que probarlo todo para saber que nos gusa, sería imposible. Uno escoge con base a experiencias previas y preferencias y eso no tiene nada de malo, pero tampoco creo que esas decisiones sean ni definitivas ni infalibles. A lo mejor, de haber tenido la oportunidad yo habría sido una excelente astronauta, no sé. Pero estoy contenta donde estoy, y por ahora eso me basta (pero sigo con los ojos abiertos, viendo si descubro algo mejor). Otra cosa que no creo es que de la introspección absoluta salgan demasiadas conclusiones, creo que hay que balancear ambas: tener experiencias y reflexionar sobre ellas. Practicar sin pensar por qué se cometieron los errores cometidos puede ser incluso peor que no practicar en absoluto (en piano, al menos).

Lo importante es que yo se que puedo cambiar. No soy una oveja del rebaño, pero creo que de él hay algo (mucho) que aprender. Yo sé que puedo enfrascarme en una actividad y que si de verdad no me gusta, si en definitiva no me sale e hice mi mayor esfuerzo, si encuentro una mejor (porque uno haciendo cosas encuentra otras) puedo enfrascarme en otra. También sé que algo que me gustaba, me puede dejar de gustar. No importa, pasa. Prefiero ir mirando mientras voy haciendo, ir corrigiendo, ir aprendiendo.

En el peor de los casos tengo una excelente historia llena de anécdotas y datos curiosos para cuando me siente a charlar en un café con mis amigos, en mis ratos de ocio. Esa gente, que ha hecho y pensado de todo, es siempre con la que más me gusta conversar. En el mejor de los casos encuentro qué me gusta hacer – o, por el momento, estoy haciendo algo que me gusta – y, sin más, lo hago.

Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | mayo 9, 2012

Crímenes de Estado

Crímenes de Estado

 Cuando se pregunta en un salón de clase ¿qué es el Estado?, se dice que se trata del conjunto de instituciones oficiales que tienen presencia en un territorio y a través de las cuales se ejerce el control político del mismo. Así, el Estado no es ni el Presidente, ni el Congreso, ni el alcalde de un pueblo perdido en lo más inhóspito de la selva colombiana; el Estado es el conjunto de todas estas instituciones. Como alguna vez algún profesor de primaria trató de explicármelo “el Estado somos todos”, -algo sospechosamente parecido a Dios- pensé en ese momento. Hasta aquí todo el mundo parece estar de acuerdo. Esa es la ventaja de las definiciones: logran generar acuerdos de significado ampliamente aceptados. Las diferencias surgen, sin embargo, cuando se trata de aplicar estas definiciones a una realidad concreta. Por ejemplo, existen diferencias frente a la naturaleza de las conductas ilegales de actores estatales: algunos ven en ellas auténticos “Crímenes de Estado”, mientras que otros prefieren catalogarlas como casos de corrupción y “manzanas podridas”.

Tal es el caso de los crímenes cometidos por miembros de la Fuerza Pública: asesinato de civiles –mal llamados falsos positivos-, desapariciones, masacres, desplazamientos, y hostigamientos. O los delitos de notarios cómplices de falsa titulación y usurpación de tierras. O la complicidad de actores de las Fuerzas Armadas con grupos paramilitares. O las alianzas de alcaldes, concejales, gobernadores, senadores, representantes a la cámara, con grupos paramilitares y de guerrilla para conquistar y mantener a sangre y fuego sus posiciones políticas. O la red de minería ilegal muchas veces promovida desde el control de las mismas instituciones locales. En fin, los ejemplos son tristemente célebres y tal vez infinitos.

Tomada del Hufftington Post (Ver enlace)

¿Son estas prácticas Crímenes de Estado? Un abogado diría que no. Un abogado diría algo como lo siguiente: los crímenes de Estado son el resultado de políticas oficiales planeadas y coordinadas desde los altos niveles de dirección con el fin de ejecutar actos ilegales, o criminales – el abogado explicaría después porqué estas dos categorías no son lo mismo- de forma sistemática y generalizada. De acuerdo con esto el abogado diría que la usurpación de tierras no es una política oficial del Estado ni de los notarios –agentes privados investidos de funciones públicas-; que el asesinato de civiles no se encuentra permitido dentro del manual de conducta de las Fuerzas Armadas, y que los seguimientos ilegales o chuzadas no hacían parte del manual de funciones del DAS. Ese mismo abogado diría entonces que no se trata de crímenes de Estado, sino de actos ilegales cometidos por agentes y funcionarios corruptos. Se trata entonces de unas cuantas, muchísimas, manzanas podridas dentro del Estado.

No tiene sentido discutir con el ilustre abogado: él es abogado y jurídicamente tiene razón. Pero el Derecho no lo es todo, y mucho menos una verdad incuestionable, aunque a veces pretenda serlo. El Derecho no es sino otro más de los muchos aspectos de la vida en sociedad. Resulta irrelevante que jurídicamente hablando estas conductas no sean crímenes de Estado; lo cierto es que en Colombia el ejercicio de lo público esta indisociablemente unido al ejercicio de lo criminal, de lo oscuro, de lo corrupto. Poco importa que el Presidente de la República no se siente con sus ministros a discutir cómo asesinar a civiles inocentes en la Casa de Nariño. Poco importa que no exista une ley, o un decreto, ni documento oficial que legalice o institucionalice los falsos positivos. De nada sirve que el comandante de las Fuerzas Armadas diga en los medios de comunicación que la fuerza pública está comprometida con los derechos humanos y que el asesinato de civiles no es una política del Estado. Todo esto es inútil.

Lo que es cierto, lo que cuenta, es que los falsos positivos no son cosa aislada de un par de municipios, sino que se extienden por toda la geografía nacional y han sido cometidos por numerosos batallones y brigadas. Lo que cuenta es que la complicidad de notarios para usurpar tierras va desde Putumayo y Cauca hasta Córdoba y Bolívar. Lo que cuenta es que el DAS se encargaba de darle a los paramilitares listas de sindicalistas que debían ser asesinados bajo la administración de Jorge Noguera; que el mismo DAS se encargaba de las chuzadas bajo la administración de María del Pilar Hurtado. Lo cierto es que los paramilitares entraban a la Casa de Nariño y sostenían reuniones con altos funcionarios del Palacio. ¿Se acuerdan de alias Job y su célebre entrada por el sótano? Lo constatable es que los narcotraficantes financiaron la campaña Samper, y mantenían contactos con el luego ministro de Defensa. ¿El proceso 8.000 les dice algo? Lo que se conoce es que desde hace más de dos décadas las fuerzas paramilitares actúan con la ayuda, connivencia, e incluso colaboración del Ejército y otras fuerzas armadas. ¿Les dice algo la masacre de Mapiripán en donde, como muchas otras, el ejército permitió con conocimiento de causa una masacre? ¿Sabía usted, o recuerda, que el Estado colombiano ya ha sido condenado por la CIDH por esta y otras masacres?

Vladdo 2008. Tomado de Semana.com

Es difícil pensar que el Estado colombiano no es criminal cuando para el año 2008, 68 congresistas estaban vinculados a la parapolítica. Ignoro cuál es la cifra para el 2012, pero lo cierto es que cada vez son más los congresistas involucrados. Es difícil creer en la legalidad del Estado colombiano cuando la influencia de paramilitares y guerrillas sobre Alcaldes y Gobernadores se ha hecho presente en 28 de los 32 departamentos de Colombia. Es casi imposible creer en la legalidad del Estado colombiano cuando los congresistas son pagados para aprobar reformas constitucionales, como en el caso de Yidis Medina y Teodolindo Avendaño. Y todo esto sin contar los innumerables escándalos de corrupción que desocupan las arcas del Estado. ¿Han visto en qué estado se encuentran las obras públicas en Bogotá; son conscientes de la malversación de los fondos de las regalías en Casanare, Arauca o Putumayo? Y bueno, ¿qué me dicen del desfalco del Sistema de Salud? ¿De los cobros excesivos de medicamentos? ¿De las negociaciones turbias entre el entonces Ministerio de la Protección Social, en cabeza de Diego Palacio, y compañías farmacéuticas como Roche? ¿Por qué no hablar del desfalco que algunos abogados están haciendo de las pensiones de los maestros, especialmente en Córdoba, a nombre de clientes que nunca en su vida han sido maestros y con la connivencia de jueces de la república que no hacen nada al respecto? ¿O de los colegios fantasma que se inventaron en Buenaventura para robarse los recursos?

¿Manzanas podridas? Hay que ser cínico para creerlo. No existe una sola rama del poder público, ni una sola esquina del territorio que no se encuentre permeada por la ilegalidad y lo criminal. Los ejemplos nunca se acaban, y se producen a diario. Podría seguir, pero no tiene sentido hacerlo. ¿Hasta cuando seguiremos pensando que se trata de manzanas podridas dentro del sistema? ¿Qué se necesita para establecer de una vez por todas que se trata de un Estado criminal? ¿Será necesario que el Presidente salga por las calles, moto sierra en mano, a desmembrar a ciudadanos indefensos? ¿Estamos esperando a que el presidente del Congreso ande por las calles, puñal en mano, porque no le alcanza para la gasolina de sus carros?

Para mi es claro. Las acciones de los agentes estatales son ampliamente ilegales a lo largo y ancho del territorio, con respecto a casi todos los temas de la función pública, e involucran a todas las ramas del poder público. En resumen, los actos ilegales de agentes del Estado son muchísimos, se producen en todas partes, en todos los temas, y son cometidos por agentes de todas las instituciones. Se trata, para mí, de verdaderos crímenes de Estado.  Sería bueno, entonces, que reconociéramos esa realidad y dejásemos de engañarnos creyendo que vivimos en un Estado de Derecho. Solo así, tal vez, con algo de suerte, podamos empezar a construir uno.

Vladdo 2008. Tomado de Semana.com

The MadHatter

Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | abril 16, 2012

Tres puntos en la Orinoquía

Tres puntos en la Orinoquía

 Este artículo fue escrito para Censura20.com. 

Mavecure 429

Por Oruga”

Una de las formas para hacer un mapa (sin GPS), según me explicó esta Semana Santa un geólogo mientras montábamos en voladora por el Río Guaviare, es fijando dos puntos imaginarios en el terreno, que llamaré A y B, midiendo la distancia entre ellos y ubicándolos respecto a la posición de las estrellas en ese momento, creando una especie de triángulo entre la estrella y los dos puntos. A partir de ahí, cualquier otro punto, llamado C, puede ubicarse respecto a los dos primeros con relación al cielo conocido, pues se puede conocer la distancia y el ángulo entre los puntos y él. Es Pitágoras y trigonometría básica llevada al espacio. Así hacían mapas antes de Google Earth.

Trazaré, entonces, tres puntos tocados por una línea gigante: el Orinoco. Con ello dibujaré un poco, a través de su gente, la tierra de la Vorágine y de los Pasos Perdidos y como la vi la semana que pasó.

Punto A. Aterrizaje en Puerto Inírida

Puerto Inírida, capital del departamento del Guainía, tiene cerca de 14’000 habitantes. Tiene colonias considerables de ecuatorianos (que manejan el comercio de chinchorros, ropa y zapatos), costeños, paisas y bogotanos. La población “local” es más bien indígena, pero que vive la vida del “colono”. Son indígenas sikuanis, puinaves y piapocos. Satena tiene un vuelo directo de Bogotá unas cuatro veces a la semana. En él lleva, además de los pasajeros, el periódico. Hay otros vuelos periódicos desde Villavicencio, un avión que lleva los víveres llega los jueves y otras cosas llegan por carretera y por río. De hecho, el transporte en el Guainía es fundamentalmente fluvial. La carretera más larga tiene 14 kilómetros. Llegar desde Bogotá en carro (con algún trecho en ferri) tarda cerca de 9 días, dependiendo del clima.

En Puerto Inírida no hay industria local propiamente. Están las entidades del gobierno, los establecimientos públicos y el comercio que en todo asentamiento humano se desarrolla: almacenes, restaurantes, un par de hoteles, venta de artesanías, etc. De eso viven sus habitantes.

Es un pueblo típico colombiano. Bastante bonito, con una calle principal que lleva del malecón/puerto al parque, donde hay una iglesia y donde venden raspado y salpicón. Al atardecer los frentes de la casa se llenan de adultos en mecedoras que ven jugar a los niños, cada uno con su respectivo helado o colombina.

Punto B. Río abajo, pero hacia el norte: Nacional el Tuparro. (8 horas de lancha)

El tráfico fluvial organizado y rápido es venezolano. Como mi grupo era gigante, la jugada era, entonces, cruzar el Orinoco navegando en una lancha más bien lenta y llegar a Venezuela a uno de los varios puertos que existen (oficiales y clandestinos). Una vez ahí, planeabamos coger lo más parecido que hay a una flota náutica, donde nos prestan chalecos -que sabrá alguien cuando lavaron por última vez- y navegar, río abajo, por esas autopistas increíbles que son los ríos de la Selva de la Orinoquía (Son ríos negros, como Coca Cola, porque tienen una proteína que se llama tinina y porque no cargan sedimentos)

En el Tuparro hay un asentamiento ilegal que se llama Mantequero –donde, por cierto, comimos mantecada de naranja porque, cómo nos aclaró una de las colonas paisas, allá todos tienen horno – que es donde acampamos. Hay televisión, mesa de pool y un camión que pensé que era de decoración (por lo viejo) hasta que fue el que nos acercó al centro de visitantes. No hay colegios, no hay hospital. Los niños corren felizmente y juegan con nosotros. Su noción de dinero es en bolívares y no en pesos colombianos. Uno, al que le dicen“negro”, me pregunta, cuando cae una bola de billar, qué número es ese. Es un 7, como tu edad, le respondo.

El centro de visitantes queda a unas dos horas a pie de Mantequero. Es una casa frente al río y sus playas, donde unas piedras enormes reflejan la luz del sol resistiéndose a dejarse llevar por el río.

Hay dos guardaparques. La chica es algo menor que nosotros, concluimos, aunque a todas luces se ve mayor que yo. Es su primera temporada en el parque y está bastante aburrida. Los guardaparques pasan 45 días en el parque y 15 en casa. Ella está en el día 20. Uno busca trabajo, trabaja y aguanta, nos dice. No tiene libros -a lo mejor no le enseñaron en el colegio lo increíbles que son- y nos mira con algo de sorpresa cuando comentamos lo increíble que es estar allá. Su compañero, algo mayor, vive enamorado de la naturaleza y del parque. Es nativo del amazonas y alguna vez trabajó con un grupo de científicos.

Nos cuentan que tienen un cronograma, una rutina de recorridos periódicos y una plantilla donde registran todas sus observaciones. Lamentan que de Venezuela crucen, a menudo, a cazar o a cautivar animales para su tráfico. Para ellos es casi imposible controlarlo – son, a fin de cuentas, dos jóvenes de 20 años sin mayor herramienta que la autoridad que su camisa azul les da-. También cuentan que la gran mayoría del presupuesto, que no es mucho, se les va en gasolina para dar vueltas y para hacer mercado en Venezuela.

A lo largo del viaje vamos descubriendo que, en esta zona de la Orinoquía, lo que en Colombia es nada, en Venezuela es el Estado de Amazonas, capital Ayacucho. Allá hay carros, tiendas, mercados, estaciones del Ejército Bolivariano, afiches de Capriles, gente que baja al río para hacer wake-board y panaderías donde venden roscones. Lo comprobamos cuando, en nuestro cambio de embarcadero en “Morganito” (así se llama el puerto venezolano), nos coge un aguacero y decidimos ir a escamparlo al pueblo, a 5 minutos de distancia, mientras nos tomamos una gaseosa frente a una plaza que bien podría ser de cualquier pueblo colombiano. De vuelta al puerto vemos que, de nuestro lado del río, sólo hay selva.

Punto C. De vuelta en Puerto Inírida, río arriba, es decir hacia el sur: Mavecure (dos horas de lancha)

Los cerros de Mavecure son los más altos de una cadena de piedras antiquísimas (en términos geológicos) que han ido saliendo a flote en esta zona de la selva. Son tres: Pajarito, El mono, y El diablo.

Siempre que se sale o entra de Puerto Inírida hay que pasar por un control de la policía: cédula, profesión y a qué vienen. Nos dicen que está tranquilo, que hay minería informal, pero que no es de grupos organizados, que no nos alejemos mucho y que vayamos con maña. Pasamos el control y nos montamos en voladoras, esta vez chiquitas. El grupo va dividido y en la nuestra no hay techo. Giovanni y Tomás (Turu, en su nombre en puinave), nuestros guías y acompañantes, se ríen de nuestro pánico al sol y recurrente necesidad de hidratarnos, además de las mazorcas que parecemos por las picaduras. A ellos, nos dicen, la naturaleza les dice cómo protegerse y curarse.

En el rió nos encontramos, un par de veces, brigadas de la Marina, que preguntan quiénes somos y a qué venimos. En uno de los encuentros nos orillamos y visitamos su campamento provisional, cerca de un asentamiento. Había un mico que se llamaba Andrés. Los muchachos –de nuevo, poco mayores que yo, pero no demasiado– van armados hasta los dientes y tienen lanchas camufladas y con armas impresionantes. Vienen de todos los rincones del país y no dicen cuántos son ni para dónde van. Hacemos lo mismo que ustedes, dicen, caminar por ahí a ver qué encontramos. Juegan con los niños del asentamiento y se despiden de nosotros cuando nuestra lancha se aleja.

La llegada a Mavecure es imponente. A sus pies hay una comunidad puinave, donde viven cerca 35 familias, que antiguamente se consideraba hija de la montaña. Ya no. En el centro del asentamiento hay un internado –porque las distancias en el Guainía y Vichada son tales que los colegios funcionan como internados (sí, los públicos)- que está cerrado y donde nos dejan colgar nuestras hamacas.

¿Que por qué está cerrado? Ellos no saben bien. Los profesores iban a llegar en febrero, pero en la comunidad siguen esperando. En el colegio, cuando funciona, hay una especie de sistema de primaria, etnoeducación. Las clases son en lengua nativa y los niños aprenden español allí. Para hacer el bachillerato, los niños se van a Puerto Inírida y allí se quedan casi siempre, en el mundo occidental. Eso está muy bien, nos dicen con orgullo, nuestro jóvenes ya no son analfabetos y salen adelante en el mundo.

Cuando pregunto por sus prácticas, ritos, costumbres, lo que me quieran contar, aclaran que ahora los Puinaves son evangélicos y que por eso mucho de lo que quiero saber se ha perdido. Una señora alemana, de apellido Miller, vino hace unos 70 años e hizo una expedición evangelizadora muy exitosa (todas las comunidades de la zona son evangélicas). Hay, sin , un movimiento joven que busca rescatar las antiguas costumbres. Mi guía, que tiene 25 pero parece de 38 y creyó que yo tenía 14, no hace parte del movimiento y se pierde cuando le pregunto sobre las prácticas ancestrales. Esto nos lo cuenta sin pesar ni con un orgullo particular: es algo que es así y que es parte de la vida, como la ropa occidental que usa (camiseta azul) y que una americana que nos acompaña señala mientras le pregunta por qué no usa sus ropajes. Esta es nuestra ropa, le responde.

Al otro día embarcamos rumbo a Puerto Inírida, mientras en el atracadero ondea una bandera de Colombia roída por el tiempo. Caigo profunda y amanezco en Puerto Inírida. Al otro día volamos de nuevo a Bogotá. Mi vecino de puesto es un ingeniero electrónico que iba a instalar la máquina de rayos X, pero no le llegaron los repuestos. Tendrá que volver, pero le quedó gustando: es tranquilo y bonito. A lo mejor él vuelve y se queda, quien quita.

Posteado por: aliciaenelpaisdelasmascarillas | marzo 25, 2012

Bogotá y su manía de tratar mal a su gente

Este artículo fue escrito para la revista virtual Censurados:Cero. Fue publicado el 25 de marzo del 2012.

Bogotá y su manía de tratar mal a su gente

Transmilenio

Por Beatriz Botero, “Oruga”

En mi artículo pasado, escribí sobre los daños a Transmilenio y sobre lo aventurezca que tiende a ser mi mañana en los buses por la séptima (y la necesidad de cambiar el sistema de transporte público). Terminé con un “aquí nunca se hace nada”.

Pues bien, antes que celebrar las maravillas de Transmilenio –que, como señalé, son más bien pocas– quería defender la intención que hay detrás: la de crear espacios y servicios públicos dignos y respetuosos de los ciudadanos. Mi objetivo hoy es desarrollar esta frase: “la reacción [de los agresores] es más bien cavernícola y nada que ver con esa “dignidad”. Quizás, por ser tan fuerte, fue mal interpretada.

¿Qué es dignidad? No sé, ni pretendo hablar de eso aquí. La entenderé como respeto del ser humano (igual de abstracto) y como antónimo de agresión. Lo que sí se es que, en casos concretos, se puede saber qué no es dignidad. Así, el servicio que ofrece Transmilenio no respeta a sus usuarios, quienes son agredidos a diario.

Ahora, eso pasa en los sistemas de transporte público: en Japón (y demás países desarrollados) hay un señor que empuja a la gente con un palo para que quepa en el metro. La diferencia está en que ese mismo ciudadano tiene, también, otro montón de problemas sociales resueltos: salud, educación, vivienda, recreación, seguridad… Es una persona que, a pesar de pasar dos o tres horas de su vida espichado en un bus/tren, vive bastante bien.

Acá, en cambio, el problema de que las condiciones de Transmilenio (o del transporte en general) sean paupérrimas se inscribe en el gigantesco problema social de Bogotá. No es solo Transmilenio. Es no tener“vivienda digna”, no tener un parque cerca, tener que “echar tranca” a las 6 pm porque salen “los bazuqueros”, tener 16 años y no poder soñar con ser médico o ingeniera, ir a un colegio donde, quizás, alguien te apuñale a la salida. El problema, en el fondo, es que la ciudad – la vida – agrede a la gran mayoría de los bogotanos. Todos los días. En muchos (demasiados) aspectos. No hay tal cosa como un“respeto por la dignidad”. Por eso Transmilenio se vuelve intolerable.

Por eso las políticas que hacen agradables los espacios públicos (andenes amplios, buses bonitos, parques, etc.) son tan importantes: permiten que vidas muy difíciles sean menos agresivas y más dignas. En últimas, es más económico y conveniente procurar, en lo posible, dignificar la vida de los ciudadanos.

¿Por qué dignificar es más económico? Porque la gente que es diariamente irrespetada explota un día y daña estaciones, mata gente y/o monta una guerra. Es la historia nacional y mundial. Hitler encontró apoyo en las masas, no porque los alemanes fueran tontos o malos, sino porque estaban desesperados con la situación económica de la postguerra. Hay miles de ejemplos así. Basta con ver lo que había detrás de la creación de las Naciones Unidas después de la segunda guerra y el apogeo de derechos y organizaciones y ONG’s internacionales. No era un argumento de la dignidad lo que había (lo que hay) detrás. El argumentos es más sencillo: el mundo no puede costearse una guerra. Del mismo modo, Bogotá no puede asumir los costos – ya manifiestos – de desconocer las necesidades sociales de los bogotanos. (Si los bogotanos vivieran felices y contentos, no habría fuerza oscura capaz de “alebrestarlos” fácilmente)

Aquí empiezan a gritar las voces comúnes en nuestro país: no hay plata. Bien, de acuerdo, hay poca. Dirán, también, que los bogotanos son pobres y no aguantan más impuestos. De acuerdo. Pero es que, además, aquí se roban la poca que hay (sin señalar a nadie, lo digo genéricamente) y la administración tiende a ser ineficiente en el manejo de recursos (otro lugar común: necesitamos educación). Pero, y sin pretender decir que gobernar es facilísimo, en el asunto del transporte, por ejemplo, es cuestión de ser creativos: seguro hay algún operador extranjero (¿chino, taiwanés?) interesado en montar un sistema de transporte público y cobrar el tiquete por 50 años –somos casi siete millones, es un mercado impresionante. En el fondo, ¿a nosotros qué? Con tal de que sea respetuoso, funcione y demás (vs la posibilidad de que nosotros no lo montemos nunca)

Construir cosas se demora, me dirán. No es de la noche a la mañana que construimos una ciudad digna, una sociedad respetuosa y un Estado que garantice el mínimo vital a todos los ciudadanos. Tienen razón. Además, yo sí creo que aquí hay gente muy capaz. Pero mientras tanto, necesitamos “tiempo y paciencia”. Por eso, apelo a la dignidad en el sentido en que lo define la RAE, que es una redundancia: “cualidad de ser digno”.

Nos toca (a todos) portarnos bien. Esto incluye trabajar por una sociedad mejor y protestar pacíficamente contra las injusticias. También incluye aguantarse las obras y trancones mientras tanto. Todo lo anterior, a pesar de que el sistema incumple con la obligación correlativa que tiene: no trata los usuarios con la dignidad que merecen. Pero esto matizado, claro. Tampoco se trata de someterse a cualquier injusticia… se trata más bien de negarse a convertirse en lo que no se es, se trata de resistir.

Resistir incluye no ser cómplice, incluye salir a marchar, ser un ciudadano activo y denunciar las injusticias. También incluye negarse a actuar como toda predicción razonable lo vaticina: violentamente.

Ceder no es pecado. Resistir es, a todas luces, una carga excesivamente onerosa, un deber casi imposible de cumplir a cabalidad (yo, de primeras, aclaro que tampoco correspondo). Es difícil mirar a muchas personas a los ojos – de esas que caminan por Bogotá, por Colombia – y pedirles “que se porten bien”, cuando el origen de su desespero es tan claro. (Otros, en cambio, no tienen excusa)

“Nadie está obligado a lo imposible”, dice un gran principio del derecho civil. Pero, así como resistir es pedirlo todo, es también lo único que se puede pedir.

Oruga

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